Blanquear el fascismo
«Sánchez pretende levantar ‘un muro contra toda la derecha’ mientras apoya construir puentes con personas que han defendido asesinatos en democracia»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Desde hace algún tiempo, la palabra «fascismo» —que se refería a los fasci di combattimento de Mussolini y que define uno de los totalitarismos del siglo XX— ha ido perdiendo su significado por la ligereza con la que se emplea. En España, al franquismo lo hemos definido en muchas ocasiones como «fascista», aunque Franco absorbió a la Falange con el tratado de Unificación de 1937 sin asumir sus ideales, y algunos historiadores califican su régimen como «nacional-catolicismo» o «dictadura conservadora tradicional». En cualquier caso, sorprende que hoy en día haya en nuestro país personas que reivindiquen la figura del dictador que acabó con los fundamentos del liberalismo y del pluralismo político y social.
En 2020 el diputado de Vox en el Congreso Joaquín Robles decía así ante los periodistas: «Eso de condenar un periodo de la Historia o pensar que ese periodo de la Historia supone un paréntesis es inadmisible desde el punto de vista lógico… Condenar el franquismo no tiene ningún sentido». Supongo que con esa argumentación tampoco podríamos condenar el nazismo, el estalinismo o, por poner un ejemplo más reciente, el chavismo. Hace no muchos años era impensable una defensa desacomplejada del dictador.
En las últimas décadas, tan solo algunos historiadores histriónicos como Pío Moa o Fernando de Paz y algunos medios marginales como Intereconomía defendían la dictadura. Hoy no es raro ver a youtubers, políticos y periodistas difundiendo una visión dulcificada del horror y el atraso que supuso el franquismo. La desigualdad económica, la imposibilidad de acceder a una vivienda y la dificultad de obtener un sueldo digno empujan a algunos jóvenes a romantizar sobre la dictadura, argumentando que en aquel periodo era más fácil prosperar.
Recientemente, el diputado de Vox en el Parlament balear Sergio Rodríguez deseó en el hemiciclo un «feliz día de la victoria» en alusión al 1 de abril de 1939, fecha en la que se proclamó oficialmente el fin de la Guerra Civil y el inicio de la dictadura franquista. El 25 de noviembre de 2024, el diputado del mismo partido Manuel Mariscal Zabala llegó más lejos en la defensa de la dictadura franquista. El dirigente nacional-populista afirmó en el Congreso de los Diputados que la dictadura «no fue una oscura etapa», sino «una etapa de reconstrucción y progreso». Todas las encuestas predicen un crecimiento del partido de Santiago Abascal. ¿Cómo hemos llegado a esto?
Al día siguiente de las declaraciones del diputado Mariscal Zabala ensalzando la dictadura, el dirigente de Izquierda Unida Antonio Maíllo se reunía con el líder de Bildu Arnaldo Otegi y publicaba un tuit en el que manifestaba su deseo de cooperar con el partido abertzale y reiteraba su «voluntad de seguir trabajando juntas por ese horizonte común». José Luis López de Lacalle fue uno de los fundadores de Izquierda Unida en el País Vasco en 1986. Como Rafa Simón y otros históricos antifranquistas, López de Lacalle abandonó IU por su connivencia con el mundo abertzale y su ambigüedad frente a ETA. En IU País Vasco quedaron personas como Javier Madrazo y Óscar Matute, que acabaron integrándose en Bildu (no sin antes haber firmado el Pacto de Lizarra con la propia banda terrorista).
«Si la simpatía de Vox por el franquismo no es anecdótica, la de los dirigentes de Podemos hacia el mundo abertzale tampoco es residual»
ETA asesinó a López de Lacalle y al día siguiente Otegi justificó su asesinato en la televisión pública vasca argumentando que algunos periodistas «están planteando una estrategia informativa de manipulación y de guerra en el conflicto». Antonio Maíllo debería saber quién es Otegi. Matute lo sabe perfectamente, pero en un trueque fáustico vendió su alma al diablo para ser aceptado por la tribu abertzale (y seguir cobrando del erario público). Sin ser independentista, Matute se ha convertido en el hombre de Bildu en Madrid. El tonto útil.
Si bien decimos que la simpatía de los dirigentes de Vox por el franquismo no es anecdótica, la de los dirigentes de Podemos hacia diversos populismos —y muy especialmente hacia el mundo abertzale— tampoco es residual. Iglesias Turrión daba charlas en las herriko tabernas elogiando el papel de ETA en la transición. Ha entrevistado en varias ocasiones a Otegi, para el que siempre tiene palabras elogiosas. En octubre de 2025, el exdirigente podemita Carlos Sánchez-Mato agradecía a Mertxe Aizpurúa el papel jugado en Euskadi «construyendo puentes para el diálogo para acercarnos a la paz». Hace no tanto tiempo que Aizpurúa se fotografiaba con los etarras en la portada del Egin, desde el que señalaba potenciales objetivos de la banda. Dos meses después de estos elogios a Aizpurúa, Irene Montero y su compañera de partido Ione Belarra se reunían públicamente con Arnaldo Otegi para impulsar «un proyecto democrático, popular y plurinacional». Esto también es blanquear el fascismo.
El pasado mes de diciembre falleció Peixoto, uno de los etarras que participó en 1973 en la tortura y asesinato de tres jóvenes gallegos a los que confundieron con policías. La magnífica novela titulada Una tumba en el aire, del escritor vallisoletano Adolfo García Ortega, relata estos hechos históricos magistralmente. Para despedir al asesino Peixoto, el pasado 15 de diciembre, el líder abertzale Arnaldo Otegi publicó en la red social X el siguiente mensaje: «Gracias, Peixoto, por todo lo que nos enseñaste (y a mí), por tu protección y amor. Por siempre poner la patria por encima de todo. Ha sido un honor conocerte y tener la oportunidad de aprender de ti». Dos semanas después de estas declaraciones de Otegi, el periodista Federico Quevedo afirmó en un programa de TVE que «Bildu, hoy por hoy y a día de hoy, es mucho más democrático que Vox como partido político. Y en lo que hace y en lo que defiende es mucho más democrático que Vox».
Para justificarse ante las críticas, Federico Quevedo escribió un hilo en X donde comparaba al propio Otegi con Mario Onaindía, Teo Uriarte y Juan Mari Bandrés. Olvidaba Quevedo que, mientras estos tres dirigentes de Euzkadiko Ezkerra trabajaron en 1982 para desarmar a ETA (P.M.) —sin contrapartidas políticas— en aquella negociación con el ministro del Interior Juan José Rosón, Arnaldo Otegi abandonaba ETA (P.M.) para integrarse en ETA militar, banda que continuaría asesinando durante tres décadas más. No seré yo quien defienda a un partido como Vox, por cuyo ideario siento aversión, pero decir que Bildu es más democrático —y que, por tanto, es loable pactar con ellos— es una indignidad ante la que no puedo callar.
En un reciente artículo titulado Unidad con minúsculas Santiago Alba Rico afirmaba que, de ser vasco, votaría a Bildu. COVITE advirtió el pasado agosto que Sortu (partido mayoritario dentro de EH Bildu) persiste en organizar actos públicos y homenajes a numerosos asesinos. También ha incluido en numerosas ocasiones a terroristas en sus listas electorales. Esto es lo que vivimos a diario en el País Vasco, y lo que toleran y aplauden los simpatizantes del autodenominado «bloque plurinacional». Me parece llamativo que Sánchez pretenda levantar «un muro contra toda la derecha» y que Iglesias pida «reventar» a la derecha, mientras que, por otro, defiendan construir puentes con personas que han defendido asesinatos en democracia y que han señalado objetivos para que otros apretaran el gatillo.
«Por desgracia, hoy tenemos demasiados sectarios en España. Urge un ‘compromiso histórico’ que deje al margen a los populismos»
A la derecha de Vox vemos también algunos populistas antipolíticos como Alvise o agitadores como Vito Quiles, que en nada contribuyen a la convivencia. Nos indigna, con razón, el blanqueamiento del franquismo. Nos sorprende que muchos jóvenes reivindiquen la dictadura que no vivieron. Y, sin embargo, en medios de comunicación de tendencia progresista se sigue elogiando a oportunistas como Gabriel Rufián, que se quejaba de cómo a sus primos de Jaén les pagaban el comedor escolar. «Y se lo pagamos nosotros», decía. Rufián ha propuesto ir en coalición con los demás partidos separatistas: «Representar a alguien de Algeciras no me hace menos independentista, me hace más útil». Otegi responde que no, que Bildu debe ir con el PNV en un frente nacional vasco. ¿Qué opina de esto el oportunista Óscar Matute? Parece que se ha quedado mudo. ¿Y qué opinan los votantes izquierdistas de toda España de este esperpento? ¿De verdad nos merecemos a Otegi, Matute y Rufián?
Eduardo Serra explicaba que la democracia exige ciertas dosis de relativismo. Es preciso aceptar la posibilidad de que el adversario pueda gobernar. Si el PSOE es capaz de traicionar todos sus principios ideológicos progresistas para gobernar con el apoyo del PNV (que homenajea cada año a Sabino Arana), ERC (que es abiertamente separatista), Junts (que, además, es abiertamente xenófobo) o Bildu (que no solo se caracteriza por todo lo anterior, sino que además se niega a condenar al terrorismo e incluye en sus listas a asesinos); ¿por qué motivo no iba a aceptar el PP el apoyo de un partido también nacionalista y también xenófobo como Vox?
El consenso se ha roto por ambos lados. Por desgracia, hoy tenemos demasiados sectarios en España y pronto habrá más. Urge un «compromiso histórico» que deje al margen a los populismos. No sé qué pensarían hoy Chaves Nogales, Clara Campoamor o Miguel de Unamuno. O qué pensaría Goya. Dudo que la razón esté dormida. Creo que se ha tirado por la ventana.