¿Directivos humanistas?
«El directivo humanista persigue la sabiduría, que conlleva conocimientos, pero también experiencia, sentido común y entendimiento del alma humana»

Ilustración de Alejandra Svriz.
¿Directivos humanistas, dice? ¿De verdad cree que un directivo puede ser culto? Pues sí —le respondo con convicción— claro que sí. Directivos humanistas, que se cultivan, que leen, que se cuestionan por el mundo que les rodea. Haberlos, haylos, y más que los habrá, a tenor de los tiempos por venir. Está claro que ser culto, instruido y polímata no convierte a nadie en un buen directivo por arte de magia, pero lo que sí es cierto es que el directivo humanista ejercerá mejor su liderazgo y alcanzará un mayor desarrollo personal.
¿Cuáles son los principios básicos de un directivo humanista? El primero, la curiosidad. El querer descubrir el porqué de las cosas, el preguntarse por lo que nos rodea, el desear descubrir. La curiosidad es el motor de toda persona cultivada. Sin ella, pronto decae el deseo de aprender, de investigar, de descubrir. Mientras la curiosidad nos anime, somos jóvenes. El día que lo que nos rodea deje de interesarnos, comenzamos a morir.
El engreimiento es la némesis del humanismo, que, por definición, es modesto. El «solo sé que no sé nada» de Sócrates, no por conocido, deja de ser actual y real. La humildad intelectual, reconocer que no se sabe y que se quiere aprender, es claro síntoma de inteligencia, no de estupidez. Por el contrario, el ignorante estúpido es quien se esfuerza por aparentar lo que no sabe, o, peor aún, el que se cree que ya lo sabe todo, que nada le resta por aprender.
Así, el famoso síndrome de Dunning-Kruger, que experimentan aquellas personas limitadas que sobrevaloran sus conocimientos. Los sabios, por el contrario, son conscientes de sus propias limitaciones. Las personas grandes son sencillas, las mediocres, en muchas ocasiones, se protegen con el fútil escudo del engreimiento y la soberbia. El directivo humanista jamás presume de conocimientos, que comparte con naturalidad, siendo consciente de sus limitaciones y estando siempre abierto a cuestionarse y a aprender.
El humanismo no solo conlleva cultura y conocimiento. Sobre todo, implica interés y respeto a la persona. El concepto nace en el Renacimiento, al poner al hombre en el centro, frente al teocentrismo hasta entonces dominante. Mantener una postura humanista hoy no resulta fácil ni cómodo, ya que existen muchos dogmas, ideas, ideologías que tienden a aplastar a la persona.
«El directivo humanista sabe que las personas siguen siendo importantes»
De hecho, los tiempos en general no son humanistas, pues son muchas las corrientes de pensamiento que piensan que la humanidad es algo parecido a un cáncer para el planeta. El hombre, la humanidad, ha dejado de ser el centro, para convertirse en algo malvado. Y ese envoltorio ideológico permea hacia la política, la academia y la empresa. Del Dios bíblico de antaño, o los nuevos ídolos ideológicos de hogaño.
Pero el directivo humanista sabe que las personas siguen siendo importantes. Sus equipos, sus proveedores, sus clientes, su familia, la sociedad que lo acoge. ¿Y qué significa poner a la persona en el centro? Sobre todo, respeto, empatía, comprensión ante sus necesidades y motivaciones. Crecer en conjunto. Pero, también, capacidad de exigencia al servicio del grupo. Una empresa humana debe ser rentable y, viceversa, las empresas rentables suelen mantener equipos motivados y orgullosos de la camiseta que portan.
El humanismo nos remite a sabiduría, que conlleva respeto e interés por el ser humano. Al que no le interesan las personas, jamás llegará a ser sabio, por cuanto de entendimiento del alma humana conlleva. A principio del XXI repetíamos con frecuencia aquello de la sociedad del conocimiento. Y el tiempo nos dio la razón. La digitalización acumuló valor muy por encima de las viejas empresas industriales.
Pero la vida pasa, al modo del río de Heráclito —aquel que decía que no te bañarías nunca dos veces en el mismo río— y ya tenemos a la IA con nosotros, IA que devalúa el conocimiento al convertirlo en una commodity al alcance de cualquiera. El conocimiento, siendo extraordinariamente positivo, ya no es suficiente. Los editores, por ejemplo, hemos experimentado en carne propia esta evolución. La aparición de internet, en las décadas finales del XX, supuso el fin de los diccionarios. Dejamos, prácticamente, de publicarlos al desaparecer sus compradores. El interesado buscaba directamente el significado a través de un buscador digital, por lo que dejó de adquirirlos.
«El directivo humanista sabrá discernir mejor entre las propuestas y alternativas que los sistemas inteligentes proporcionen»
La IA supone otro cambio en el valor percibido. Se demandarán no solo libros de conocimiento, sino, sobre todo, de sabiduría, que aporten una capa de valor —mirada personal, experiencia— sobre el simple conocimiento. Pues algo parecido ocurrirá en el management. La mirada del directivo humanista sabrá discernir mejor entre las propuestas y alternativas que los sistemas inteligentes proporcionen. Carecer de marco transversal de conocimientos significa, de alguna manera, caminar a ciegas.
El directivo humanista dispondrá de más elementos para adoptar la decisión adecuada y, también, para percibir y evitar errores y fallos. Un libro recomendable sobre la materia es el de Si Leonardo da Vinci fuera tu CEO (LID) de Javier Cantera, en el que postula la hibridación de conocimientos, la inquietud creativa, el cuestionamiento a través del pensamiento crítico o el innovar, percibiendo conexiones.
El directivo humanista persigue la sabiduría, por encima del conocimiento. El conocimiento es relativamente fácil de conseguir. Se lee, se asiste a cursos, talleres o conferencias o se ven tutoriales. Cualquier persona de inteligencia media puede adquirir conocimientos con mayor o menor esfuerzo. Pero la sabiduría es otra cosa. Conlleva conocimientos, pero también experiencia, sentido común y, sobre todo, entendimiento del alma humana.
Vamos a asistir a un cambio significativo de los modelos de liderazgo. Pasamos de tiempos y modos de lírica a los de épica. De tomar decisiones, de gestionar una realidad exigente. Y para conseguirlo, ninguna brújula mejor que la de la sabiduría. Afortunadamente, existen directivos humanistas que podríamos poner de ejemplo. Seguro que usted conoce a más de uno. Leen, escriben, toman decisiones, lideran equipos, tienen visión estratégica, crean y comparten cultura de empresa. No se mueven al albur de modas, sino que miran más lejos.
¿Directivos humanistas, me pregunta? Pues sí, le respondo, más necesarios cada día, además.