Dos escenarios, dos extremos
«Tenemos una extrema derecha que, aprendiz de Puigdemont o Junqueras en sus exigencias, se considera superior al partido más votado»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un observador extranjero que se atreviera a echar un vistazo sobre la actualidad política nacional podría asombrarse del doble protagonismo que viven en estos momentos las opciones extremistas en España. Una extrema derecha y una extrema izquierda con situaciones electorales casi antagónicas y donde los sondeos apuntan a futuros aún más dispares.
Para empezar, el observador se daría cuenta de que, a la extrema derecha, representada por Vox, todo el mundo la llama, con toda lógica, extrema derecha. Algo que la gente de Santiago Abascal ni rechaza ni cuestiona. Al contrario, lo asumen con naturalidad y, a veces, hasta alardean de ello. Más complicado sería para ese observador extranjero comprender el motivo por el que el Gobierno socialista, con todos sus socios y aliados independentistas, considera que el Partido Popular está asociado siempre en un binomio inseparable con Vox.
Para esa narrativa monclovita, que en estos ocho años ha conseguido imponer muchos de sus planteamientos, solo existiría un coco en la política: la supuesta unidad indisoluble entre la derecha y la extrema derecha. Un juego con la intención manifiesta —de la que Pedro Sánchez nunca se ha bajado— de enterrar cualquier insinuación, intento o propuesta que plantee el entendimiento de los dos grandes partidos nacionales. España no es Alemania y aquí los pactos de Estado entre los dos partidos que han gobernado en estos años de democracia han sido casi siempre vetados desde Ferraz desde que está Pedro Sánchez. Al contrario, ha habido excepciones. Con votos del PP, Patxi López fue lehendakari en el País Vasco. Con votos del PP, el PSC consiguió la alcaldía de Barcelona, aunque, al poco tiempo, los socialistas catalanes les traicionaran y buscaran el apoyo de los independentistas.
Ese PSOE que tanto ha criticado al PP por aliarse con Vox en algunas comunidades autónomas y ayuntamientos es el que lleva años edificando un muro para aislarlos juntos. A Ferraz le ha interesado durante años ese cinturón sanitario con el objetivo soterrado de que Vox creciera a costa de quitarle electorado al PP. Pero se les fue de la mano, decían no hace mucho voces socialistas. Cada vez que Sánchez pagaba un nuevo peaje a los independentistas, más crecía el voto a los de Abascal. El problema se ha disparado en los últimos años con temas como la vivienda, la inmigración, la financiación singular a Cataluña, los pactos con Bildu o los escándalos de corrupción. Ahora el trasvase de votos a Vox no viene solo desde el PP; ahora ya hay trasvase directo desde exvotantes socialistas.
Los últimos resultados en Extremadura y Aragón, y los avances de lo que puede pasar en Castilla y León o Andalucía, son solo un anticipo de lo que pudiera suceder en unas generales. La suma del PP y Vox supera ya el 60% de expectativa de voto en los sondeos de esas elecciones que se avecinan. Para ese observador extranjero podría parecer que la política de cordón sanitario ha sido un fracaso y que esa parte del electorado a la que se le hizo un muro habría triunfado. Pero no es así.
Esa alianza lógica y, a la vez, obligada del PP y Vox ahora se ve sometida al chantaje de… la propia Vox. Abascal está crecido y alardea de someter a los ganadores de las elecciones autonómicas a condiciones máximas. Pareciera que hubiera estudiado con detalle las extorsiones políticas de Carles Puigdemont, Oriol Junqueras o Bildu a Pedro Sánchez.
Habrá tiempo para analizar la torpeza natural de María Guardiola en Extremadura. Esa capacidad para decir y desdecir, para desdeñar y luego suplicar, no es la primera vez que se manifiesta. Su soberbia durante la campaña electoral —no solo con los rivales, sino incluso con el electorado, negándose a un debate, o con los medios, rechazando entrevistas presenciales en directo— pone de manifiesto que Alberto Núñez Feijóo tiene un problema a la hora de fijar o encontrar un equilibrio entre candidatos con autonomía y, a la vez, leales y conscientes de la política nacional de Génova. Le ocurrió ya con Mazón en Valencia y con la propia Guardiola en Extremadura, cuando los devaneos, concesiones y parabienes de los líderes autonómicos populares con Vox destrozaron la campaña electoral en las generales del 23. Ganó, pero no consiguió la mayoría, ni con Vox.
Ahora el panorama es muy distinto. Todos los sondeos apuntan a que podrían superar los 200 escaños y con un Vox desbocado en su crecimiento. No parecería razonable, incluso para parte de su electorado —no de sus militantes—, que Abascal juegue a evitar el Gobierno de los vencedores en las elecciones. Para los votantes del otro lado del muro, el único objetivo parecía ser el desalojo socialista del poder. Ejercer chantajes al estilo independentista marcará a Vox. Y si Guardiola, o los futuros líderes del PP en la misma situación, aceptaran los chantajes máximos que exija Vox, estarían también dando la razón a Sánchez cuando juegue al miedo de asimilar al PP con la extrema derecha. Podría, de nuevo, recuperar ante un electorado de izquierdas avergonzado por los escándalos y la corrupción el miedo a un PP «extremaderechizado».
En este escenario de hundimiento electoral socialista, es lógico que Sánchez espere tiempos mejores. Tiene que esperar cualquier cosa, lo que sea. Le da igual presidir un desgobierno, no tener Presupuestos Generales o perder todo lo que se vote en el Congreso. Sabe que cada día la lista de escándalos va a crecer en número y gravedad. Por eso tiene que intentarlo todo: desde convertirse en el líder mundial que lucha contra Trump, contra Musk, contra todas las redes sociales, contra la unanimidad militar de la UE y de la OTAN o, si hace falta, hasta contra Eurovisión.
En este tiempo va a seguir fagocitando todo el electorado a su izquierda. Pierde votantes socialistas a miles, pero los gana abduciendo a los de una extrema izquierda sumida en la mayor de las alucinaciones. Al observador extranjero también le extrañará que a la extrema izquierda no se la llame extrema izquierda. Tiene su cosa que a partidos como Podemos, Sumar, Izquierda Unida e incluso al Partido Comunista de España se les llame la izquierda a la izquierda de la izquierda del PSOE. Como si les diera vergüenza reconocer que muchos son comunistas y algunos hasta añoran tiempos previos al eurocomunismo de Santiago Carrillo. De momento, en estos años han apoyado y tragado con todo, absolutamente con todo, lo que ha propuesto Sánchez en cada momento, con tal de no perder sillones y poder. Se vota y se concede lo que haga falta con tal de mantenerse en el poder.
Esa amalgama de egos revolucionarios, enfrentados entre sí y con componentes territoriales nacionalistas que no son fáciles de encajar en supuestas formaciones solidarias de extrema izquierda. Por tener, tienen hasta un independentista catalán que, tras exigir una financiación singular privilegiada o unas embajadas propias para Cataluña, se considera defensor de los derechos de los trabajadores de Algeciras. Dice que su objetivo es ganar; dice que va a rebañar, provincia a provincia, escaños a Vox mediante el rearme de la izquierda.
Tenemos una extrema derecha que, aprendiz de Puigdemont o Junqueras en sus exigencias, se considera superior al partido más votado y al que aparece como claro ganador en los sondeos. Abascal exige cabezas y programas. Está confirmando su rigidez programática e ideológica y puede rearmar un electorado de izquierdas ahora retirado. Es lo que quiere y desea Pedro Sánchez que, mientras tanto, sigue comiendo en las praderas del electorado de la extrema izquierda en sus decisiones. Lo que retroalimenta, otra vez, al electorado de Vox. Un bucle muy peligroso.