The Objective
José Rosiñol

La izquierda caviar, la izquierda gulag

«Cuando se asume el lenguaje del totalitarismo —sea por cálculo electoral o cobardía intelectual— se está abriendo una puerta que luego cuesta mucho cerrar»

Opinión
La izquierda caviar, la izquierda gulag

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Todo Estado se funda en la fuerza», advirtió Trotski en Brest-Litovsk. Lenin, más preciso, completó la idea: «La libertad es tan preciosa que debe ser racionada». Y no eran metáforas.

Hay una izquierda que huele a caviar. Es la que da lecciones de justicia social desde áticos en Chamberí, la que defiende la escuela pública mientras matricula a sus hijos en colegios privados, la que teoriza sobre el pueblo desde las moquetas. Es una izquierda de salón, biempensante, estéticamente impecable. Pero si uno rasca un poco bajo el barniz —muy poco—, descubre algo menos presentable: una izquierda gulag. Una izquierda que, bajo el lenguaje redentor, alberga la vieja pulsión de «liberarnos» de nuestros pecados ideológicos, aunque sea con fuerza inquisitorial. Porque, al fin y al cabo, para el que se sabe en posesión de la Verdad, la resistencia del otro no es legítima disidencia: es herejía. Y la herejía, ya se sabe, se purga.

Pedro Sánchez ha reivindicado recientemente el comunismo español como una tradición democrática, distinguiéndolo de esos otros comunismos que —según él— derivaron en meros «autoritarismos». Como si la variante hispana perteneciese a una especie benigna del género. La tesis es tan audaz como falsa. Y lo es por una razón que cualquier estudiante de historia debería conocer: el comunismo español no fue democrático por convicción, sino por impotencia. No ejerció el totalitarismo porque no tuvo ocasión de ejercerlo. Cuando la tuvo, aunque fuese brevemente, actuó exactamente igual que sus homólogos en cualquier otro punto del planeta.

La democracia como escalera

Conviene recordar qué significaba «democracia» en el léxico del Comintern. Las directrices de Moscú —desde las tesis del II Congreso de 1920 hasta las instrucciones del VII Congreso de 1935 sobre los frentes populares— fueron inequívocas: la participación en las instituciones burguesas era un medio táctico, jamás un fin. La democracia parlamentaria servía para acumular fuerza, penetrar el aparato del Estado y, llegado el momento, liquidar el sistema que había permitido el ascenso. No es una interpretación malintencionada: es lo que escribieron, lo que teorizaron y lo que ejecutaron allí donde pudieron.

El patrón se repitió con variaciones de escenografía pero idéntica estructura. En Checoslovaquia, Klement Gottwald ganó las elecciones de 1946 para desmantelar la república en 1948. En Venezuela, Chávez juró sobre una Constitución que procedió a volatilizar. El partido nacionalsocialista llegó al poder por las urnas antes de incendiar el Reichstag y con él cualquier vestigio de legalidad. Siempre la misma operación: se sube por la escalera democrática y se dinamita desde arriba.

De las palabras al gulag: autoritarismo no, totalitarismo

Aquí es donde la distinción que Sánchez ignora —o finge ignorar— resulta capital. No hablamos de autoritarismos —regímenes que restringen la libertad política pero toleran esferas de autonomía privada—. Hablamos de totalitarismos: sistemas que aspiran a reconfigurar no solo el Gobierno, sino la conciencia misma de los ciudadanos. Hannah Arendt lo explicó con una claridad que debería ser de lectura obligatoria en Moncloa: el totalitarismo no se conforma con obediencia, exige adhesión interior. Exactamente lo que hace un inquisidor.

Y el itinerario es conocido. Primero, la estigmatización retórica: se identifica al «enemigo del pueblo», categoría elástica que se expande según conveniencia. Después, la depuración institucional: jueces, periodistas, profesores que no se alinean son señalados, apartados, sustituidos. Luego, el control de la información: no se prohíbe la prensa, se la «regula» para combatir los «bulos». Finalmente, cuando la sociedad ya ha sido atomizada, llegan los campos: reeducación en el mejor de los casos, gulag en el peor. De la Camboya de Pol Pot a la Cuba de Castro, de la Alemania Oriental a la Corea de Kim Il-sung, las etapas se cumplen con fidelidad de catecismo.

El caviar se agrieta

Un observador atento de la política española reconocerá en este itinerario algo más que un ejercicio de historia comparada. Cuando desde cierta izquierda se propone «reventar a la derecha» —no ganarla en las urnas, sino reventarla—, cuando se reclama una purga de la judicatura para limpiarla de «fachas con toga», cuando se exige capacidad de censura sobre los medios bajo la coartada de combatir la «desinformación», cuando se señala a periodistas concretos sugiriendo que «en una democracia de verdad» estarían en la cárcel, lo que se articula no es un programa de regeneración democrática. Es el viejo guion totalitario, esta vez sin modales de salón: es léxico tabernario.

Ahí es donde el caviar se agrieta y asoma el gulag. Porque cada una de esas propuestas tiene un correlato exacto en la fase previa de los regímenes que acabaron con las libertades que decían defender. La estigmatización del juez es la antesala de la depuración judicial. La censura del medio es el preludio del control informativo. El señalamiento del periodista es la versión contemporánea de la criminalización del disidente. Que se ejecute con un tuit en lugar de con un decreto no cambia la naturaleza de la operación; solo cambia la velocidad, solo cambia la posibilidad, solo se deja entrever el camino.

El precedente español

Pero volvamos a la tesis de Sánchez: el comunismo español, se deduce por sus palabras, siempre fue democrático. Examinemos el único periodo en que tuvo influencia real. En octubre de 1934, cuando la derecha legítimamente elegida accedió al gobierno, el PSOE de Largo Caballero —que competía con el PCE por ver quién era más genuinamente marxista—, junto con anarquistas y comunistas, organizó una insurrección armada. No una protesta: un golpe de Estado con su efímera República Socialista en Asturias. O la república era de izquierdas o no era. La democracia era marxista o no era.

A partir de 1936, cuando la guerra abrió las compuertas, el comunismo español se comportó como cualquier otro. Las checas de Madrid y Barcelona —centros de detención y tortura operados por el PCE y el PSUC bajo supervisión soviética— fueron la versión local del gulag. Andreu Nin, líder del POUM y marxista heterodoxo, fue secuestrado, torturado y asesinado por agentes del NKVD con complicidad comunista española. Los Sucesos de Mayo de 1937 en Barcelona, donde los comunistas aplastaron militarmente a anarquistas y poumistas —sus propios aliados—, demostraron que la lógica totalitaria opera incluso contra los compañeros de trinchera. George Orwell, testigo directo, lo dejó escrito en Homenaje a Cataluña con una lucidez que todavía incomoda.

¿Es este el comunismo democrático que reivindica Sánchez?

A los socialistas de verdad

Queda una cuestión que trasciende la polémica. Hay en el PSOE —tiene que haberla— una tradición socialdemócrata que sabe distinguir entre democracia y comunismo. Que entiende que la democracia no es una escalera que se retira al llegar arriba, sino el suelo sobre el que todos caminamos. Que reconoce que la separación de poderes, la libertad de prensa (por muy incómoda que sea) y los derechos individuales no son obstáculos a sortear, sino conquistas a defender, incluso —sobre todo— contra quienes dicen defenderlas.

A esos socialistas les corresponde trazar la línea. Porque cuando se asume el lenguaje del totalitarismo —aunque sea por cálculo electoral, aunque sea por cobardía intelectual, aunque sea por la ilusión de que se puede cabalgar al tigre sin ser devorado— se está abriendo una puerta que luego cuesta mucho cerrar. La izquierda caviar puede jugar a la izquierda gulag desde la seguridad de sus salones. Pero al final, como enseña la historia con una insistencia que deberíamos dejar de ignorar, quien paga las consecuencias no es quien da las lecciones desde la moqueta: es la convivencia. Y con ella, la democracia misma.

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