Inmigrantes vs robots: las naciones eligen
«Prosperar es otra cosa: es aumentar el PIB per cápita, la única métrica que define el nivel de vida real. Y ahí, España es un encefalograma plano»

Ilustración generada mediante IA.
Esta semana, el Gobierno vuelve a la carga con la regularización masiva. La venta es doble: se presenta como una decisión «humanitaria» y, sobre todo, como una «necesidad económica». El relato oficial es que, sin inmigración masiva, no hay pensiones ni Estado de bienestar.
Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Elon Musk hace exactamente lo contrario. Esta semana, en la conferencia de resultados del cuarto trimestre de 2025, anunció que Tesla dejará de fabricar el Model S y el Model X, sus vehículos de lujo insignia, para reconvertir la fábrica de Fremont en una planta de producción de robots humanoides. No busca más humanos; busca sustituirlos.
«Es hora de dar de baja honorable a los programas Model S y Model X», dijo Musk. «Nos movemos hacia un futuro basado en la autonomía». La línea de producción que fabricaba 100.000 coches de lujo al año se reconvertirá para producir un millón de robots Optimus anuales. Tesla ya no es una empresa de coches eléctricos. Es una empresa de inteligencia artificial física.
Dos noticias, dos modelos y una sola pregunta: ¿El futuro de las naciones ricas se construye importando población o fabricando robots? La respuesta no es ideológica. Es matemática. Y Europa nos ofrece dos laboratorios en tiempo real: Polonia y España. Uno funciona; el otro se engaña.
Crecer no es lo mismo que engordar
España tiene un problema conceptual grave: confunde crecer con prosperar. Aumentar el PIB total a base de meter gente, turismo masivo y gasto público es fácil. Eso no es crecer; eso es engordar.
Prosperar es otra cosa: es aumentar el PIB per cápita, la única métrica que define el nivel de vida real. Y ahí, España es un encefalograma plano. Lo que vemos en la calle —salarios precarios, vivienda imposible, jóvenes sin futuro— no es una percepción negativa. Es el resultado lógico de una economía que ha renunciado a la productividad.
Polonia, en cambio, ha hecho los deberes. Ha apostado por la industria, la inversión y la disciplina. Y el dato mata cualquier relato: en el año 2000, un polaco era un 46% más pobre que un español. Era otro mundo. Hoy, ese mundo ya no existe.

Polonia, que hace dos décadas era el «pariente pobre», va camino de ser nuestro hermano rico. Esto debería abrir los telediarios. En España, sin embargo, preferimos ignorarlo.
Campeones del paro y de la inmigración: la ecuación imposible
¿Cómo tapa España este fracaso? Con el «récord de empleo». Pero es un truco estadístico. Un país no va bien por tener más gente fichando si los empleos creados son de bajo valor añadido. Un país puede llenarse de camareros, repartidores y trabajos estacionales y, paradójicamente, ser más pobre cada año.
Y aquí está la paradoja que nadie quiere ver: España tiene simultáneamente el paro más alto de la OCDE —un 10,5% general y un 25% de paro juvenil— y, al mismo tiempo, es campeón absoluto de inmigración. Según el INE, la población nacida en el extranjero ya supera el 19% del total: casi 10 millones de personas. Desde 2022, España añade más de un millón de residentes nacidos fuera cada año. Ningún otro país de la UE se acerca.
Ser simultáneamente campeón del paro y campeón de la inmigración es una ecuación que no cuadra. Es como intentar adelgazar mientras te metes un cocido diario.
El gran sistema de sustitución
El modelo español se ha convertido en un sistema de sustitución perverso: exportamos capital humano cualificado e importamos mano de obra barata. Nuestros ingenieros y médicos se van a Alemania, Suiza o incluso a Polonia, donde el esfuerzo paga. A cambio, traemos inmigración masiva para cubrir puestos de baja cualificación.
«No toda inmigración contribuye igual. El idioma y la afinidad cultural son barreras de entrada económicas medibles»
Y aquí entra un hecho políticamente incorrecto pero económicamente vital: no toda inmigración contribuye igual. El idioma y la afinidad cultural son barreras de entrada económicas medibles. Según datos de la Seguridad Social de 2023, solo el 42% de los marroquíes residentes en España cotizaban al sistema. Los latinoamericanos, en cambio, se integran y cotizan mucho más rápido: mismo idioma, cultura laboral compatible, cualificaciones homologables. Venezolanos, por ejemplo, el 68% cotizan.
España tiene un lujo que Alemania no tiene: acceso a 400 millones de hispanohablantes en las Américas. Y, sin embargo, permite que su flujo migratorio se desplace hacia poblaciones africanas con barreras enormes de integración. Es mala gestión económica.
El Banco de España estima que el país necesitará 30 millones de inmigrantes en edad laboral en los próximos 30 años para mantener el ratio trabajadores/jubilados. Eso es más que la población activa actual. ¿De verdad nadie se ha parado a pensar qué pasa si esos trabajos ya no existen?
El robot como solución, no como amenaza
Elon Musk anunció que Tesla dejará de fabricar el Model S y el Model X, los vehículos que convirtieron a Tesla en Tesla, para dedicar esa capacidad industrial a producir robots humanoides. La fábrica de Fremont, California, pasará de producir 100.000 coches de lujo al año a fabricar un millón de robots Optimus anuales.
«Optimus será un robot de propósito general que puede aprender observando comportamiento humano», explicó Musk. «Le demuestras una tarea, se la describes verbalmente o le enseñas un vídeo, y será capaz de hacerla». Precio objetivo: 20.000 dólares —menos que el coste anual de un trabajador a salario mínimo en España (21.600 euros con cotizaciones)— y trabaja las 24 horas del día.
«Los robots no generan guetos, no colapsan la sanidad, no cambian el carácter de los barrios, no exigen adaptación cultural ni generan tensiones religiosas»
Aquí es donde el modelo polaco demuestra su inteligencia. Polonia no rechaza la inmigración por xenofobia; la gestiona con criterio. Acepta a quien aporta —ucranianos cualificados, profesionales del Este— y apuesta por la automatización para cubrir el resto. No necesita importar conflicto social para recoger fresas.
El resultado está a la vista: Polonia tiene una de las tasas de criminalidad más bajas de Europa, cohesión social alta y una economía que crece sin depender de mano de obra subsidiada. Ha entendido algo que España se niega a ver: los robots no generan guetos, no colapsan la sanidad, no cambian el carácter de los barrios, no exigen adaptación cultural ni generan tensiones religiosas.
Un robot Optimus recoge la cosecha, limpia el hotel y reparte los paquetes. Y cuando termina, se apaga. No necesita vivienda social, no trae a su familia extendida, no se radicaliza. Es productividad pura sin coste social.
Dos visiones de país
El socialismo español ha decidido que da igual ser español que marroquí. Que la identidad nacional es un constructo superable. Que las fronteras son una reliquia. Y que cualquier objeción a la inmigración masiva es «fascismo». Esta visión tiene consecuencias: barrios transformados, servicios públicos saturados, tensiones culturales crecientes y una economía que depende cada vez más de mano de obra que no cotiza lo que consume.
Polonia representa lo contrario: un país que ha decidido que su identidad, cultura e idioma importan, que la cohesión social tiene valor económico y que la tecnología, no la demografía importada, es la solución al envejecimiento. Y los números le dan la razón.
España puede seguir engordando a base de población mientras su renta per cápita se estanca. Puede seguir importando a los pensionistas de 2050 para trabajos que no existirán en 2030. Puede seguir llamando «xenófobo» a quien señale los datos. O puede mirar a Polonia, mirar a Musk y entender que el siglo XXI no se gana con más gente, sino con más productividad.
Migrantes o robots. Cada nación elige su futuro.