Rufián y Abascal, leyendas de pasión
«Rufián no puede acabar con Vox porque lo alimenta y Vox jamás acabará con la extrema izquierda, porque la necesita para construir sus improvisados ideales»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
Escribía Arnold van Gennep en su ensayo Los ritos de paso (Alianza Editorial, 2013) que las flagelaciones son reivindicaciones de pureza. Que, espantando en público a los íntimos demonios, uno podía acceder al siguiente estadio dentro de su tribu. Limpio. Renacido. Sin culpas.
Gabriel Rufián, en el escenario de la Galileo Galilei, se atizó un poquito en su ancha espalda progresista, entonando un suavísimo mea culpa, antes de hacer un llamamiento a la unidad, a la batalla y a las trincheras, emocionales, de su espectro político. Espectro en sentido lato.
«Quiero centrar el debate. Ojalá se hable del cómo. Ni del qué ni del quién. Todos compartimos diagnóstico. Cómo ganamos escaños. Lo demás, de verdad, es filosofar», dijo el eterno quién, que lleva ya diez años en Madrid, haciendo cosas de político.
Me gusta la idea de filosofar como algo negativo. Son las ideas las que generan el movimiento. Pero Rufián siempre fue de los que piensan que el movimiento irá generando las ideas. Ya lo hemos visto en este aquelarre rojete y vespertino celebrado el miércoles pasado.
Más allá de lo de la botella de agua, que dio bastante lache, la única idea nítida fue: o cazamos juntos u otro se llevará la presa. Si las hienas hicieran asamblea, se expresarían en términos parecidos. La política española empieza a tener algo de sábana.
«De vocero secesionista y agitador parlamentario a líder y argamasa de la izquierda huérfana y tótem antivox»
El antropólogo Van Gennep fijó en su ensayo el concepto de liminaridad, como un umbral entre dos mundos. «Es el hecho mismo de vivir el que necesita los pasos sucesivos de una sociedad especial a otra y de una situación social a otra. Y a cada uno de ellos se vinculan ceremonias cuya finalidad es idéntica: hacer que el individuo pase de una situación a otra».
Rufián quiso, frente a 500 personas, encarnizar ese paso. De vocero secesionista y agitador parlamentario a líder y argamasa de la izquierda huérfana y tótem anti-Vox. Hasta iba con un jersey blanco, de redentor e iluminado. No sé ustedes, pero yo no me he puesto nunca un jersey blanco en público. Nada es menos favorecedor.
Olvida Rufián que la amenaza, Vox, es consecuencia y no causa. Que la frustración de la ciudadanía puede elegir caminos desconcertantes —como ya vimos con Podemos, tan totalitarios los de morado como los de verde—. Que llamar facha a todo aquel que opine diferente a ti ha terminado, ¡oh, bondad graciosa!, desacralizando a la propia palabra facha. Y que el independentismo, del que él viene, la demagogia, que él lleva en la sangre, y la incapacidad del Gobierno de Pedro Sánchez, que partidos como el suyo sustentan, han generado un rechazo que Vox está capitalizando.
Jano es una deidad liminal de la mitología romana. Un dios con dos caras. Una que mira a los principios y otra que observa los finales. Un ser bifronte, donde se une lo que acaba con lo que empieza. Rufián y Vox son dos rostros del mismo cuerpo. Comparten estómago. Se alimentan de las mismas ideas, del mismo rencor y del mismo miedo. Gabriel en la despedida, Santiago en la bienvenida. Acabó el tiempo del primero, empieza el tiempo del segundo.
«Ambos son partidos a la contra. Que se nutren del enemigo. De sus movimientos, de sus errores, de sus excesos»
Rufián no puede acabar con Vox porque lo alimenta y siempre lo ha alimentado. Y Vox jamás acabará con la extrema izquierda, porque la necesita para seguir construyendo sus improvisados ideales. Ambos son partidos a la contra. Que se nutren del enemigo. De sus movimientos, de sus errores, de sus excesos. En Galileo Galilei ganó Abascal, igual que Rufián ganó cuando Vox congregó a más de 100.000 personas en la Plaza de Colón. Abascal y Rufián tienen un millón de seguidores en X. Ahí creían que estaba su campo de batalla, pero la calle lleva varias elecciones tomando ya partido. Ahí van, cabalgando juntos como en Leyendas de pasión.
«Ciencia, método y orden», dijo Gabriel Rufián. Lo que no tiene orden no es serio. Lo que no tiene método, no es riguroso. Y solo lo que es serio y riguroso merece llamarse ciencia. Su intervención apenas tenía una intención: usar las banderas de la derecha e intentar darles una capa de pintura progresista. Seguridad, inmigración, libertad… Ciencia, método y orden. Ya habitamos el marco que Vox ha impuesto. Pablo Iglesias también dijo que Madrid iba a ser la tumba del fascismo y acabó poniendo un bar.
Rufián habla de método porque piensa en votos, habla de votos porque piensa en escaños y habla de escaños porque piensa en ocuparlos. Lo que esta nueva izquierda quiere es perpetuarse en las instituciones. Ha perdido a los jóvenes, su maná, y Pedro Sánchez, audaz en esto, les ha quitado sus propias banderas. Solo Antonio Maíllo, perro viejo, tiene un plan. El resto bailan en la cubierta mientras el barco se hunde.
Disputar el presente para ganar el futuro era su lema el otro día. Es paradójico, viendo que la izquierda de nuestro país lleva toda la vida disputando el pasado para ganar el presente.