The Objective
Gabriel Tortella

El socialismo del siglo XXI

«En España se ha convertido en un parásito monstruoso cuya razón de ser es extraer la sangre del cuerpo que le alimenta en forma de impuestos y prestaciones»

Opinión
El socialismo del siglo XXI

Ilustración generada por IA

El socialismo del siglo XXI es problemático y peliagudo, y ello por una razón muy sencilla: porque este ideario triunfó en gran parte del mundo en el siglo XX y su partido se quedó sin misión y sin programa y, por lo tanto, sin justificación verdadera, en el siglo XXI. Me perdonarán que me repita un poco, porque esto ya lo he dicho en alguna otra ocasión; lo que ocurre es que lo he dicho en algunos libros (los que precisamente ustedes verán referidos si pinchan mi nombre en este periódico) y, como creo que dijo Manuel Azaña, «si quieres guardar un secreto en España, escríbelo en un libro». El caso es que el socialismo en su mejor versión, la socialdemocrática, está aquejado de las consecuencias de sus éxitos. Una vez conseguidos sus objetivos, un partido político parece haber quedado excedente.

Y no es el primer caso. Algo parecido le ocurrió al liberalismo, especialmente al inglés, que triunfó en el siglo XIX y en el siglo XX casi desapareció, para dejar paso al laborismo, la socialdemocracia inglesa. En todo caso, ese ha sido actualmente el sino del socialismo europeo, que casi ha desaparecido en países donde tuvo mucha fuerza el siglo pasado. El socialismo está también de bajada en el Parlamento Europeo, donde desempeña un papel de sostén del Partido Popular como muro de contención contra los extremismos. En la Europa nórdica, el socialismo se mantiene a la defensiva ante el alza del liberalismo conservador, pero en el sur de Europa, Francia incluida, virtualmente ha desaparecido, sustituido por otros partidos de izquierda.

Solo en la Península Ibérica, dentro de la Europa meridional, se mantiene el socialismo más o menos incólume, aunque en dos versiones muy diferentes; en Portugal, el socialismo es socialdemocrático (aunque esta denominación la haya adoptado allí la derecha moderada). Es el portugués un socialismo racional y sensato, que acaba de obtener un gran triunfo con la victoria de A. J. Seguro, recién elegido presidente de la República. A diferencia de los españoles, por ejemplo, los socialistas portugueses se han mostrado en ocasiones dispuestos a dimitir dignamente ante simples sospechas o acusaciones poco fundadas de corrupción; e incluso, al haber obtenido minorías exiguas, han preferido convocar nuevas elecciones a gobernar en condiciones precarias. Todo lo contrario de lo que hace el socialismo español.

El socialismo en España, por tanto, es harina de otro costal, del peor costal. Tanto en Portugal como en España, la revolución socialdemócrata se retrasó a causa de las respectivas dictaduras, la de Salazar y la de Franco. Pero en 1974 en Portugal, gracias al golpe militar pacífico que se conoció como la Revolución de los Claveles, y en España en 1975, debido a la muerte de Franco y al progreso democrático llevado a cabo bajo la batuta y el impulso del rey Juan Carlos, tuvieron lugar sendas transiciones a la democracia, la de Portugal más turbulenta que la de España. En definitiva, ambos países llevaron a cabo de manera acelerada, en el decenio 1975-85, la revolución socialdemócrata que en el resto de Europa se había desarrollado en una primera fase durante el período de entreguerras (1919-1939) y en una segunda fase durante los «treinta años gloriosos» que siguieron al fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945.

En España, esto es conveniente recordarlo, la revolución socialdemócrata fue llevada a cabo en gran parte por la Unión de Centro Democrático, el partido de Adolfo Suárez, que gobernó desde 1977 hasta 1982. El Partido Socialista, encabezado por Felipe González, después de un rotundo éxito electoral en 1982, gobernó ininterrumpidamente hasta 1996, año en que cedió el poder al Partido Popular de J. M. Aznar. Puede decirse que los socialistas, durante su largo mandato felipista, continuaron la labor que había iniciado UCD y terminaron de establecer el Estado de bienestar que en la mayoría de los países desarrollados coronó la obra de la socialdemocracia.

«En Europa prácticamente todos los países son socialdemócratas en tanto que son democracias con un Estado asistencial»

Como ocurre frecuentemente cuando un partido prolonga su estancia en el poder, los últimos años del socialismo felipista fueron los menos armoniosos; fueron más bien todo lo contrario: surgieron numerosos escándalos de corrupción y se dieron casos de rivalidad, disensión y tirantez tanto en el Gobierno como en el partido. Al mismo compás, los votos fueron mermando y de las mayorías absolutas se fue pasando a mayorías relativas y Gobiernos débiles. A esto puso fin una exigua victoria electoral del PP de Aznar en 1996 y con ello se cerró la mejor etapa de la larga historia del PSOE. A partir de entonces, aunque haya gobernado durante 15 de los 22 años transcurridos desde su sorpresivo triunfo electoral en 2004, el socialismo español no ha hecho más que decaer y degenerarse, de modo que hoy puede decirse que su lema es mentira, porque no es ni socialista, ni obrero, ni, propiamente hablando, español.

No es verdaderamente «socialista» porque, como ya hemos visto, el socialismo en los países desarrollados ya ha alcanzado sus fines últimos: en Europa prácticamente todos los países son socialdemócratas en tanto que son democracias con un Estado asistencial. Esta realidad ha colocado a los partidos socialistas europeos ante una difícil disyuntiva: o bien convertirse en partidos literalmente conservadores, es decir, dedicados a conservar y perfeccionar el sistema asistencial y democrático que ellos mismos preconizaron durante más de un siglo;o abandonar el socialismo y adoptar un nuevo tipo de izquierdismo que en Estados Unidos adquirió el nombre de woke, esto es, un izquierdismo populista, irracional y asistemático, con muchos rasgos demagógicos y reaccionarios (como el abandono del igualitarismo y la asunción de principios identitarios, racistas, o sexistas) y carencia casi total de apoyo teórico, ya que el marxismo quedó desprestigiado por su fracaso en Rusia y Europa oriental e incluso en China y parte de Asia, y no se le ha encontrado sustituto.

La adopción del izquierdismo woke obedece al hecho innegable de que en muchos países el socialismo conservador haya ido perdiendo atractivo electoral. Ya hemos visto que esto ha ocurrido precisamente en el sur de Europa, con la sola excepción de los países ibéricos. Quizá la mejor explicación para comprender el relativo éxito del socialismo ibérico sea el hecho de que tanto España como Portugal hayan padecido dos largas dictaduras de extrema derecha, en el caso español, además, teniendo la dictadura franquista su origen en una cruenta guerra civil. En ambos países, el recuerdo de la dictadura está vivo y ello causa un sentimiento de rechazo que induce a sus pueblos a ser mucho más pacientes y comprensivos con los partidos de izquierda que con los de derecha.

Sin embargo, hemos visto que el fin del felipismo dejó al socialismo español en una situación de confusión y desamparo, especialmente frente al éxito del aznarismo, que se revalidó brillantemente en las elecciones generales de 2000. Fue sin duda esta inseguridad la que empujó al PSOE en la dirección woke, apelando además a dos recursos característicamente españoles: el recuerdo de la guerra civil y la búsqueda del apoyo de los separatistas, tanto los pacíficos como los violentos.

«Para un sector considerable de la militancia del PSOE la actividad política representa la mejor escala de ascenso social y económico»

Tampoco es propiamente «obrero» el PSOE, porque hoy predominan entre sus militantes más los oficinistas y los jubilados que los trabajadores manuales. A ello hay que añadir que el nivel educativo de los afiliados es relativamente bajo, lo cual constituye una mezcla explosiva, porque para un sector considerable de su militancia la actividad política representa la mejor escala de ascenso social y económico, lo cual convierte a este partido más bien en una partida de luchadores aguerridos al grito de «Colócanos a tóos» (como los seguidores del liberal Natalio Rivas) y que se aferran fieramente al puesto como hace su no precisamente liberal «puto amo». Nunca mejor dicho.

Y en cuanto a «español», un partido que prefiere ponerse a merced de los separatistas antes que intentar pactar con el PP, que ganó las elecciones y que, con todos sus defectos, es plenamente constitucional, no sé si realmente merece el apelativo de español; además, a un partido y a un Gobierno que están dispuestos a regalar la nacionalidad española a un millón de inmigrantes ilegales sin necesidad de que prueben su arraigo, ni incluso su conocimiento del idioma español, para utilizarlos como instrumento de un pucherazo semilegal porque saben que con electores genuinamente españoles pierden indefectiblemente las elecciones, más que «españoles» habría que llamarles «apátridas». O quizá alguna cosa peor.

El socialismo del siglo XXI en España se ha convertido en una especie de parásito monstruoso cuya única razón de ser es adherirse al cuerpo que le alimenta para seguir extrayendo su sangre en forma de impuestos y prestaciones de todo tipo. Y esto lo dice un socialdemócrata de toda la vida; pero un socialdemócrata que es más amigo de la verdad que de la ideología.

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