El boquiabierto de Vox
«El liberalismo conservador primigenio ha sido sustituido por un falangismo tuneado con las formas del nacional-populismo al que llaman ‘patriotismo’»

Ilustración generada mediante IA.
Durante años, los simpatizantes de Vox se pavoneaban por la vida pública. Miraban al resto de españoles con condescendencia. Proferían insultos y amenazas, y alardeaban de no poca superioridad moral, la propia del salvador de patrias y mundos. Creían que estaban al margen de la mecánica celeste de los partidos y de la política, que su organización era poco menos que un ejército de cruzados marchando al frente como abnegados soldados de la verdad. Eran una feligresía ingenua que iba soltando en las redes el hashtag: «Solo queda Vox». Ya no pueden.
El camino ha sido corto. Apenas unos años. En ese tiempo, los creyentes en Vox crucificaron a los que dijimos desde el primer día que solo era un partido, y que como tal caería en lo mismo de todos: oligarquización, purgas, transformación en agencia de colocación y empresa de recaudación de fondos públicos, con estrategas excesivamente bien pagados y cambios de programa muy sospechosos. Lo mismo pasó cuando dijimos que algunos de sus dirigentes eran (y son) unos cantamañanas más dedicados a insultar y conservar su cargo que a trabajar por la nación que representan. Nos volvieron a perseguir cuando afirmamos que Vox era una máquina electoral como cualquier otra, y que su discurso estaba pensado para atraer votantes y mantener la empresa. ¿Y qué decir de lo que nos pasó cuando apuntamos, con razón politológica, que Vox es una formación populista, como Podemos?
Los insultos fueron los habituales: estábamos comprados por el PP, Soros y la Agencia 2030. Incluso valientes anónimos de las redes nos llamaban «derechita cobarde», o afirmaban con rotundidad que no estábamos informados. Luego, los mismos fieles te ponían como ejemplo a ensayistas cercanos a Vox, autoproclamados como «filósofos», que denunciaban la estupidez de los electores de derechas que no votaban a esta formación, y los llamaban «hámsteres». Son cosas que pasan en la ebriedad de la virtud, sin darse cuenta de que la arrogancia casa muy mal con la prudencia.
Ahora están liquidando a Ortega-Smith de mala manera. Hablamos ya de un número significativo de damnificados, como Iván Espinosa de los Monteros, Javier Ortega-Smith, Macarena Olona, Rocío Monasterio, Víctor Sánchez del Real, Rubén Manso, Francisco Contreras, Mazaly Aguilar y Juan Luis Steegmann, entre otros. Digo que esto es relevante porque, según se acerca la posibilidad de llegar verdaderamente al poder, la purga se ha intensificado con más crueldad y desparpajo aún. A este paso, no sé qué pasará el día que lleguen al gobierno, ni quién quedará.
«Vox dice que ama a España, pero repudia a tres cuartas partes de los españoles: a populares, izquierdistas y nacionalistas»
Por supuesto, a todos los purgados les caen encima los sambenitos que ya inventó el estalinismo: traidor a la causa, disidente peligroso, vendido al enemigo, y de paso algún vicio privado que manche su reputación y deslegitime sus decisiones políticas. Se les borra de la foto y punto. Que nadie se escandalice por esto. Es la lógica natural de los partidos. De hecho, la vida interna de una organización partidista no se la deseo nada más que a mis enemigos.
Ante este espectáculo, el simpatizante de Vox que no esté cegado por la fe no puede hacer otra cosa que quedarse con la boca abierta. Tiene motivos. No queda nadie del grupo fundador, salvo Abascal, que fue un cargo bien pagado del PP. No acaba ahí. El liberalismo conservador primigenio ha sido sustituido por un falangismo tuneado, visionario y mesiánico, extendido con las formas del nacional-populismo al que llaman «patriotismo». Es más; Vox comparte objetivo y discurso con el PSOE en sus ataques al PP, a pesar de ser el único partido con el que puede pactar para acabar con el sanchismo. Y por no insistir: Vox dice que ama a España, pero en realidad repudia a tres cuartas partes de los españoles: a populares, izquierdistas y nacionalistas.
No obstante, el fan de Vox no se debe entristecer porque su partido se ha desvelado como una organización idéntica al resto. Puede aferrarse a lo que quiera. Por ejemplo, a que no es el PP (evidente, tampoco es Sumar), a que ellos sí tienen ideología (la que dicte el Círculo), o a que, como diría Sánchez, «ladran, pero cabalgamos» en las encuestas. Ya saben: sarna con gusto, no pica.