The Objective
César Calderón

'Bullying' político

«Para Vox, Feijóo no es el líder de la alternativa, sino un gestor en apuros al que hay que someter a una humillación pública constante»

Opinión
‘Bullying’ político

Ilustración generada mediante IA.

Hubo un espejismo en la dehesa, un instante fugaz en el que pareció que la política española recuperaba un átomo de dignidad frente a las constantes humillaciones, provocaciones e insultos de la extrema derecha. Fue el momento en que María Guardiola, con una firmeza que hoy huele a melancolía, se plantó ante el espejo de la extrema derecha y dijo: «No». No a quienes niegan la violencia machista, no a quienes deshumanizan al migrante, no a quienes confunden la gestión pública con el activismo.

Pero en la política de los grandes partidos, la ética suele ser el primer plato que se sacrifica ante la posibilidad de lograr gobiernos.

Lo que estamos viendo en Extremadura no es la negociación de un pacto de gobierno. Es un ejercicio de taxidermia política. Vox no buscaba simplemente consejerías o sillones; buscaba el trofeo de caza mayor: la credibilidad de una baronesa que se había atrevido a desafiar el guion de la rendición. La humillación de Guardiola no ha sido un accidente en la negociación; ha sido el objetivo estratégico de un Abascal que sabe que su única forma de prosperar políticamente es convertir al PP en su rehén. Y además hacer que todo el mundo lo vea.

En Aragón, la historia se repite con distintos matices pero idéntico aroma a claudicación. Allí, donde la centralidad suele ser el refugio de los que ganan, el PP ha aceptado bailar al son de un Vox que no negocia políticas, sino que impone marcos mentales. El maltrato no es solo institucional; es moral. Se trata de obligar al socio mayoritario a pedir perdón por haber sido moderado, a purgar sus pecados de tibieza.

Vox ha entendido perfectamente la debilidad de este PP: el miedo al vacío. Saben que el PP prefiere ser humillado antes que arriesgarse a una repetición electoral donde los principios se pongan a prueba de nuevo. Y así, la humillación se convierte en el pegamento de la coalición.

«Hoy, María Guardiola y Jorge Azcón miran al suelo mientras Vox sonríe desde el estrado»

La pregunta que queda flotando es qué tipo de alternativa pretende ofrecer el PP a España. Si para llegar a la Moncloa el camino pasa por devorar a sus propios cuadros cuando estos intentan defender un espacio de decencia liberal, el banquete les va a resultar indigesto.

La política no es solo el arte de sumar escaños; es, sobre todo, el arte de mantener la autoridad moral para mirar a los ciudadanos a los ojos. Hoy, María Guardiola y Jorge Azcón miran al suelo mientras Vox sonríe desde el estrado. Y en ese gesto, el PP puede haber ganado dos gobiernos regionales, pero ha perdido el control de su propio futuro.

Pero el sadismo político de Vox no se detiene en las fronteras de la dehesa extremeña o en los valles aragoneses. El último acto de este drama, el desplante de Santiago Abascal a la oferta de negociación global de Feijóo, ha cruzado la frontera del disenso estratégico para entrar directamente en el territorio del bullying político.

Feijóo, en un intento mal calculado por proyectar una imagen de orden y mando centralizado, lanzó un guante de seda: un acuerdo marco, una negociación de adultos en Madrid que evitara el espectáculo de los mercadillos autonómicos. La respuesta de Abascal no ha sido una contraoferta, sino un portazo en las narices del líder gallego, ejecutado con la frialdad de quien se sabe dueño de la llave de la Moncloa y disfruta haciendo girar el llavero frente a un rehén.

«El desprecio a la oferta global es una estocada a la autoridad de Feijóo: si no puedes controlar tus pactos, no puedes controlar tu partido»

Y es que lo de Abascal no es una negociación; es un ajuste de cuentas. Es el matón del patio de colegio que no solo quiere el bocadillo del compañero, sino que necesita que este le pida permiso para sentarse en el banco.

Al ignorar la mano tendida de Génova, Vox ha enviado un mensaje meridiano: no aceptan la jerarquía del PP. Para ellos, Feijóo no es el líder de la alternativa, sino un gestor en apuros al que hay que someter a una humillación pública constante para que el electorado entienda quién lleva los pantalones en esta relación. El desprecio a la oferta global es una estocada a la autoridad de Feijóo: si no puedes controlar tus pactos, no puedes controlar tu partido; y si no controlas tu partido, difícilmente podrás controlar un país que te observa con una mezcla de sorpresa y estupor.

Estamos asistiendo a la domesticación de la derecha tradicional a base de golpes de realidad y desplantes televisados. El PP ha pasado de la «mayoría suficiente» a la «servidumbre voluntaria». Y lo peor para Feijóo no es que Abascal le haya dicho que no; lo peor es que le ha hecho parecer un líder irrelevante antes incluso de llegar al poder.

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