El acento de María Jesús Montero
«El andalucismo está de moda, pero de labios hacia fuera. Porque de labios hacia dentro, Montero lleva años defendiendo un sanchismo que abandona mi tierra»

Ilustración generada mediante IA.
Desde que María Jesús Montero fue elegida secretaria general del PSOE de Andalucía, viene utilizando lo de ser andaluza con cierto victimismo. Hasta ha convertido hablar como hablamos aquí en una suerte de heroicidad. Por lo visto, cecear es el nuevo correr delante de los grises.
El andalucismo llorón y performativo de buena parte de la izquierda de mi tierra solo sirve para perpetuar agravios. En su defensa de lo que somos, hay enemigos invisibles, instrumentalización de las emociones y un folclore que manosea una y otra vez los mismos poemas, los mismos episodios y los mismos molletes con aceite.
Los partidos políticos intentan capitalizar esa pertenencia andaluza para llenar con el corazón lo que no pueden llenar con sus propuestas. Camisetas de Lorca y vídeos de Lola Flores. Elogio de la cervecita fresquita y del altramuz. Sillas en la calle. Y una persecución, de la que no tenía noticias, por nuestras palabras, por nuestra forma de comunicarnos, los cordobeses, los almerienses o los onubenses. Que también tenemos acento andaluz, sin «illos» y sin «pishas». Ya no vale con vivir en nuestras calles y amar nuestros balcones y nuestros retorcimientos. Hay que ideologizarlo todo. Hay que legislarlo todo. Convertimos la cotidianidad en batallas y las batallas en cotidianidad. Peleamos por lo que ya se ganó y dejamos de pelear por lo que nos están negando.
Lo de la Juani en Médico de familia sigue siendo fundamental en esta mitología. La serie se dejó de emitir en 1999, pero todavía hay quien esgrime su papel en esa ficción como argumento de esta victimización que yo creo hábilmente exagerada. Andalucía ha cambiado. Desde hace muchos años, mujeres y hombres andaluces lideran, presentan informativos, protagonizan películas, ganan premios literarios y disfrutan del éxito sin renunciar a su acento. Glotofobia se llama el desprecio, odio o exclusión motivada por la desvalorización de las formas lingüísticas de una persona. Seguro que muchos de mis lectores ni siquiera habían leído esta palabra antes.
Vivimos tiempos de afectación, de hipérbole y de elevar la anécdota a categoría. Dramatizar el uso del andaluz renta en televisión y en algunos parlamentos, pero la realidad es que, con esta voz y esta lengua, porque yo la llamo así y ya me corregirá quien quiera en los comentarios, he ido por toda España sin recibir nunca un «pero». Y, como yo, cientos de miles. Los que más voces pegan siempre son los que más cachivaches tienen que vender.
«Lo que hace Montero es solo una estrategia de afinidad con su electorado por la vía rápida del sentimentalismo frente a la política útil»
Estoy orgulloso de lo que soy. Tanto como cualquiera. Pero por dignidad y por respeto hacia mi tierra, jamás usaré este carácter y este vocabulario para dividir, o para pescar alguna adhesión, o para tratar de ganarme el aplauso de un puñado de chavales que escriben en «andalûh»; que allá ellos con sus modas. Andalucía es mucho más grande, mucho más plural y mucho más profunda que todo esto.
Como soy malpensado, pienso que lo que hace María Jesús Montero es solo una estrategia de afinidad con su electorado por la vía rápida del sentimentalismo frente a la política útil. Su ley de lenguas andaluzas, o como la termine llamando, es la imposición en agenda de un tema que tapa otros temas. Por ejemplo, la red ferroviaria paralizada en el sur, la diferencia de financiación entre Cataluña y Andalucía, que ella ha impulsado, o la sumisión de su Gobierno al independentismo.
El andalucismo está de moda, pero de labios hacia fuera. Porque de labios hacia dentro, Montero lleva años defendiendo un sanchismo que orilla y abandona mi tierra. En sus mítines, parece que solo ella habla con acento andaluz, como si fuera patrimonio de la izquierda. Ni la bandera nos dejan ya, ni los pegos, ni los fartuscos, ni los averiguaos.
Para mí, orgullo y victimismo son oxímoron. Desconfío de quien pone la forma por encima de los fondos. Yo seguiré paseando mi Córdoba en la lengua allí donde vaya, pero que no conviertan también lo que mamé en ruedo político. Y menos con supuestas persecuciones y golpes en el pecho. Que defiendan mis impuestos, que de la palabra ya nos encargaremos nosotros. Aunque claro, «la verdad no es fotogénica», como escribió Vicente Núñez; andaluz, por cierto.