¿Quién va a pedir perdón ahora al rey Juan Carlos?
«La gente decente de nuestra España, los ciudadanos que tanto debemos a su figura histórica, reclamamos su vuelta a casa de inmediato y nos hacemos esa pregunta»

Ilustración de Alejandra Svriz
Los oportunamente desclasificados documentos del 23-F han cumplido un doble papel. El pretendido por Pedro Sánchez de desviar la atención pública hacia el pasado lejano para evitar que se concentre en el desgraciado presente político que tanto perturba su ego, y el inesperado efecto colateral de descubrir que esa desviación ha redirigido el interés de los no enterados hacia el gran Rey del que disfrutamos los españoles entre 1975, año de su proclamación, y 2014, año de su generosa abdicación.
El Rey que defendió, uniformado, con la auctoritas imprescindible a la recién nacida democracia española frente a un ejército (parcialmente) sublevado que, armas en la mano y tanques en la calle, apoyó desde la III Región Militar (Valencia) el tejerazo: la toma del Congreso de los Diputados a tiros, y esto no es una figura retórica, con el Gobierno de la nación dentro, desactivando el golpe y permitiendo el inicio de los mejores años del Reino de España asentados en los cimientos de la Monarquía Parlamentaria que es representada, protegida y alentada por la Corona.
El Rey, definido por los golpistas como «un objetivo a batir y anular».
El Rey que paseó la nueva imagen de España por las Américas desde los Estados Unidos a la Argentina, desde la Tierra del Fuego chilena hasta la Baja California mejicana, desde la costa peruana del océano Pacífico hasta las orillas venezolanas del océano Atlántico, ovacionado y entusiásticamente recibido por esos mismos países desde los que hoy se denigra a nuestra nación exigiendo a los descendientes de quienes les dejaron el idioma que hablan, la religión que practican, la cultura que les enorgullece, el barroco que les une, las catedrales, hospitales, escuelas, 33 ciudades hoy Patrimonio de la Humanidad (Unesco), y los topónimos que inundan América del Norte de costa a costa, exigiendo una arrodillada disculpa por un inventado e inexistente genocidio (no tienen, quienes así vociferan, más que mirarse al espejo y comprenderán que el genocidio es un malévolo invento adoptado sin rechistar por lo peor de cada casa).
El Rey que acompañó el crecimiento económico del Reino (sí, lectores, Reino de España, denominación oficial de nuestro país, como Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, República Francesa, Estados Unidos Mexicanos, República Argentina, República Popular China o ese reciente y desgraciado invento chavista de la República Bolivariana de Venezuela) por todo el mundo, facilitando contratos, allanando el camino, convenciendo a mandatarios de la bondad del emprendimiento español.
«El Rey que facilitó la alternancia democrática entre distintos partidos políticos»
El Rey que fue ovacionado en el Congreso de los Estados Unidos poniendo a nuestra recién nacida democracia en el mapa de las potencias occidentales.
El Rey que soportó a pie firme los embates de terrorismo asesino de ETA, que sufrió como propio el dolor de las víctimas, a quien, en entrevista televisada para la televisión francesa, sólo se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos al recordar ese sufrimiento de sus compatriotas durante los largos años de plomo.
El Rey que acompañó al deporte español en todos sus numerosos logros desde los Juegos Olímpicos de Barcelona con el mejor resultado para España de la historia, automovilismo, tenis, golf, fútbol, baloncesto, deportes náuticos, y que los practicó y los sigue practicando como la vela, su gran pasión, en que ha conquistado para España cuatro títulos mundiales en la clase 6 Metros.
El Rey que facilitó la alternancia democrática entre distintos partidos políticos, demostrando que la convivencia del pueblo español, bajo el liderazgo de la Corona y con distintas opciones políticas, era posible y deseable.
El Rey, que un infame 15 de marzo de 2020 se sometió al indigno mensaje de la vicepresidenta Carmen Calvo en nombre del Gobierno presidido por Pedro Sánchez, exigiendo que saliera de su casa porque no podría volver a España mientras gobernara el PSOE, mensaje que le fue comunicado personalmente por el entonces Jefe de la Casa del Rey. Y que aceptó por amor a España y obligado por su sentido del deber y su voluntad de no entorpecer la labor de su hijo, el Rey don Felipe VI.
El Rey, a quien, a pesar de los ímprobos esfuerzos del Gobierno e instituciones anexas por desacreditarle frente a su pueblo, no tiene ningún procedimiento judicial abierto, todos los intentos archivados, no tiene ninguna reclamación de la Hacienda española, pero a quien se sigue criticando por residir fuera de España por los mismos que aplaudieron su expulsión.
El Rey, a quien no se le ha permitido ni se le permite aún pasar una sola noche en los últimos seis años en su casa, el Palacio de la Zarzuela, donde tiene ropa, libros, recuerdos, familia y 60 años de su vida.
El Rey, que sufre desde Abu Dabi los desprecios y desplantes de quienes no reclaman ni permiten su presencia en actos conmemorativos de momentos cruciales de nuestra historia en los que él fue protagonista.
La gente decente de nuestra España, los ciudadanos que tanto debemos a su figura histórica, reclamamos su vuelta a casa, a su casa, de inmediato, y nos hacemos una pregunta:
A Su Majestad don Juan Carlos I, ¿quién le va a pedir perdón ahora?