Un respeto a los murcianos
«El problema no es tanto que el nacionalismo catalán sea supremacista, sino que la izquierda haya entregado a partidos de esa ideología la gobernabilidad de España»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
Hace unos días nos dejaba Gregorio Morán, uno de los escritores y articulistas más lúcidos e indómitos de la historia reciente de España. Durante años, sus sabatinas intempestivas en La Vanguardia fueron —junto con las columnas del catedrático de Constitucional Francesc de Carreras— la mejor razón para comprar el diario del Grupo Godó. Su lectura resultaba balsámica.
Con él, algunos jóvenes catalanes hartos de la complicidad de la izquierda catalana —y no catalana— con el nacionalismo catalán descubrimos que se podía ser de izquierdas y no claudicar frente a la hegemonía del nacionalismo. Su oposición frontal al nacionalismo etnolingüístico instaurado por Pujol le granjeó más de un disgusto en forma de censura, pero también la admiración de muchos lectores ávidos de opiniones críticas con la ideología oficial y obligatoria en la Cataluña turnista de nacionalistas y socialistas.
En su último artículo —publicado el 7 de febrero en THE OBJECTIVE— Morán sentenciaba: «Cataluña es la comunidad donde la deriva reaccionaria de la izquierda lleva décadas manifestándose con casi absoluta impunidad». Morán —que en su juventud militó en el PCE— sabía bien de lo que hablaba y acertaba al señalar la deriva reaccionaria de la izquierda catalana, tan indistinguible de los partidos separatistas en su aproximación a la realidad social catalana.
El mismo día que conocíamos la triste noticia del fallecimiento de Morán, la líder de ERC en el Ayuntamiento de Barcelona, Elisenda Alamany, volvía a demostrar el carácter reaccionario del nacionalismo con unas declaraciones que destilan xenofobia y supremacismo. Decía Alamany que el problema de Salvador Illa es que «se cree que está gobernando Murcia y no Cataluña» [sic], como si Murcia fuera una región insignificante y los murcianos un hatajo de sandios y perdularios que no saben hacer la o con un canuto.
Tiene bemoles que los representantes de los partidos que han hundido Cataluña económica, cultural, institucional y moralmente con sus políticas identitarias sigan dando lecciones a diestro y siniestro y despreciando regiones como Murcia y Andalucía que llevan años creciendo en todos los sentidos. La Región de Murcia —a diferencia de Cataluña, por desgracia— crece en lo económico por encima de la media nacional y sigue dando muestras de un dinamismo notable gracias a una mezcla de estabilidad institucional, competitividad fiscal y libertad económica.
«Esa superioridad moral —que en el fondo no es otra cosa que etnicismo— con la que Alamany desprecia a los murcianos viene de lejos»
Se entiende la reacción del presidente murciano, Fernando López Miras, que con sorna respondió a Alamany que, cuando políticos como ella hayan convertido Cataluña en un solar, nuestros hijos —los de los catalanes— vivirán en Murcia. Ojalá hayamos conseguido, antes de que conviertan Cataluña en un solar, revertir la inercia decadente en la que nos han sumido la combinación de políticas de izquierdas y nacionalistas de las últimas décadas, y nuestros hijos puedan seguir viviendo en nuestra tierra, Cataluña.
Esa superioridad moral —que en el fondo no es otra cosa que etnicismo— con la que Alamany desprecia a los murcianos viene de lejos. Figuras siniestras como Pompeu Gener o el diputado de ERC en las Cortes de la II República Pere Màrtir Rossell ya teorizaron sobre la superioridad racial de los catalanes. Delirios que en tiempos más recientes también manifestaron líderes tanto de ERC, Heribert Barrera u Oriol Junqueras, como de la derecha nacionalista, empezando por Pujol, que dijo del andaluz que «es un hombre destruido», como máximo exponente. Su hijo Oriol —condenado a dos años y medio de prisión por tráfico de influencias— también despreció a los murcianos en tiempos de Montilla, a quien acusó despectivamente de querer convertir Cataluña en una «gran Murcia».
Con todo, el problema no es tanto que el nacionalismo catalán sea una ideología supremacista y profundamente hispanófoba. El problema es, sobre todo, que la izquierda, por intereses espurios, ha entregado a los partidos que profesan esta ideología perversa la gobernabilidad de España. Quienes odian y desprecian a los españoles no pueden gobernar España. No parece tan difícil de entender.
Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de los catalanes no compartimos el desprecio de Alamany, Junqueras, Puigdemont y compañía por los murcianos. Todos ellos encarnan el fanatismo y la necedad intelectual y política, la antítesis, por cierto, de la inteligencia política y brillantez intelectual que, en nuestro Siglo de Oro, personificó el murciano Diego de Saavedra Fajardo.
Al contrario, la mayoría de los catalanes sentimos repugnancia y vergüenza ajena ante discursos indignos como el de Alamany, y un profundo cariño y respeto por nuestros compatriotas murcianos. Que lo sepan.