Viva Tejero y viva Yolanda Díaz
«Los dos tenían en común la voluntad de acabar con ‘el régimen del 78’, o sea, la democracia monárquica y constitucional. Nadie los va a echar en falta»

Ilustración generada mediante IA.
En un mismo día, he sufrido dos disgustos: la muerte, en el olvido, del teniente coronel Tejero, y el anuncio de Yolanda Díaz de que se retira de la primera línea de fuego de la política, que no ha hecho derramar ni una lágrima a nadie.
Los dos me caían muy bien. Y a los dos les unía la repulsa por lo que suele llamarse «el régimen del 78», o sea, la democracia «que todos nos hemos dado» votando a favor de la Constitución.
Cada uno desde un extremo del espectro político, el teniente coronel Tejero y la política comunista Yolanda Díaz hicieron lo que pudieron por destruir ese régimen. Probablemente a ninguno de los dos los va a echar nadie en falta. La diferencia sustancial es que la señora gallega se retira cobrando un buen sueldo, y probablemente seguirá activa en el escenario de una u otra forma, y el teniente coronel, en cambio, pasó muchos años en la cárcel y se volvió invisible. Sin escribir ningún libro quejándose de su destino. Lo que, por cierto, le dignifica. Ya que no hay nada más digno que el silencio, en este gallinero que es la vida pública.
Y lo digo yo, que no paro de hablar, que no me aplico el cuento. En fin. Los dos tenían —en fin, la señora Díaz aún tiene, pues su retirada no se hará firme hasta el año próximo— una apariencia singular y vistosa, bastante fuera de la norma, del gusto común. El bigotazo de Tejero —y el tricornio, cuando lo lució en el asalto al Congreso— ha sido objeto de befa y desprecio, mientras que en cambio los atuendos blancos de Yolanda Díaz (pongo el nombre y el apellido, porque si pongo solo el nombre o la llamo solo «Yoli» o «la raposeira», como algunos la llaman en Galicia, corro el terrible peligro de ser acusado de machista; y si solo pongo el apellido, «Díaz», nadie sabrá de quién hablo) están generalmente aceptados y hasta celebrados como marca elegante y más o menos como signo de distinción. Pero bigote y tricornio, y vestidos blancos, tenían en común una calidad disruptiva; eran una declaración de que ni el uno ni la otra eran contemporáneos, ni siquiera realmente de este perro mundo.
Los dos, Tejero y Yolanda Díaz, tenían en común, como he dicho, la voluntad de acabar con «el régimen del 78», o sea, la democracia monárquica y constitucional.
«La toma del Congreso por el teniente coronel, con bigote y tricornio, tuvo algo de astracanada feroz»
Tejero, sobrado de masculinidad y hombría, o sea de testosterona, tiró por la calle de en medio y se plantó en el Congreso pistolón en mano, haciendo con su irrupción que todos los padres de la patria se encogieran en sus butacas. «¡Quieto todo el mundo!». Le respaldaba, al lanzar esta orden a sus señorías, la autoridad incontestable de la pistola.
Yolanda, en cambio, usaba (y seguirá todavía usando, como hemos dicho) muy femeninamente el arma devastadora de su sonrisa, acompañada de ocurrencias un poco disparatadas si se quiere, como que el Estado pague un sueldo a todos los estudiantes de oposiciones, para que los que proceden de familias humildes puedan prepararlas en las mismas condiciones que los que proceden de familias acaudaladas, que pueden sostenerles durante los meses o años de estudio. Cito solo esta bienintencionada ocurrencia, pero es que cada vez que abría la boca emitía una ideaca sensacional, de nivel parecido. Estas extravagancias le hicieron perder poco a poco el respaldo no ya de la población, sino también de los suyos.
Tampoco el estamento militar quedó precisamente muy orgulloso al ver en la tele a Tejero con la Star en la mano y gritando «¡Se sienten, coño!» El gran esfuerzo nacional que se estaba haciendo para dar una idea renovada, limpia, cordial, democrática, de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, se fue en un momento al garete, porque la toma del Congreso por el teniente coronel, con bigote y tricornio, tuvo algo de astracanada feroz, que felizmente acabó sin víctimas mortales.
Veo en Tejero y Yolanda a dos idealistas, carentes, si acaso de complejidad, de matices. Ambos con ideas muy claras. Ideas equivocadas, vale, pero en cierto sentido parecidas en su anhelo común de pureza: el uno quería devolvernos, por la fuerza de las armas, a un régimen autoritario, al rigor y a la disciplina. Veía en sus ensueños de futuro inmediato una España decente, honesta.
«Ni a uno le sirvió la pistola reglamentaria, ni a la otra la respaldan los votos. Ambos han sido arrumbados al basurero de la Historia»
La otra quería conducirnos a un Estado comunista, donde todos fuésemos iguales y felices, y ello no por la fuerza de las armas, sino por el arma de las sonrisas y los votos, que no es menos letal. Ni a uno le sirvió la pistola reglamentaria, ni a la otra la respaldan los votos. Ambos han sido arrumbados al basurero de la Historia.
Que otros comentaristas digan que son dos personajes ridículos, incluso grotescos. «¡Ese tricornio!» «¡Esa blancura y esa sonrisa delirante!». Yo sostengo que la soledad en la que han acabado —el uno físicamente, la otra políticamente—, sí, la soledad, e incluso la rechifla general, les otorgan a los dos un plus de dignidad, incluso de elegancia. Elegancia en el silencio carcelario del teniente coronel. Elegancia en el anuncio de retirada de la política gallega al ver que sus ocurrencias no concitan el quórum necesario para imponerlas.
Los dos nos han hecho daño, pero no se lo reprocho: al fin y al cabo, ¿quién no hace daño? Prefiero recordar su torcida elegancia, con o sin bigote. Me encanta el brazo en alto, alargado, estilizado por la pistola, de Tejero en la tribuna del Congreso, con su charolado sombrero, y secretamente angustiado, gritando «¡Que se sienten, coño!» Y adoro los vestidos blancos y la sonrisa desquiciada de Yolanda Díaz.
Ambos se arriesgaron al ridículo, incluso incurrieron groseramente en él. ¿Y qué? Todas las cartas de amor, para ser verdaderamente de amor, han de ser ridículas. Viva Tejero y viva Yolanda Díaz.