The Objective
Pablo de Lora

Vox: su auge y sus augures

«El analista que ‘no se lo explica’ obvia que esa ‘derechización cultural’, ‘franquismo sociológico’ y ‘reacción masculina’ habrán tenido un caldo de cultivo»

Opinión
Vox: su auge y sus augures

Ilustración generada mediante IA.

Una de las maneras —no la única, pero sí útil— de entender el auge de Vox que reflejan las encuestas, su popularidad entre los jóvenes y su general pujanza, es leer a los analistas que no lo entienden, o, mejor dicho, que no quieren entenderlo y menos aún sospechar siquiera que uno de los factores de ese crecimiento sea el de que las políticas, actitudes, modos y decisiones del actual Gobierno y sus muchas terminales hayan producido un comprensible rechazo en buena parte de la ciudadanía. Sí, amigo lector, sé que mi pórtico de hoy, más que captatio benevolentiae, es una invitación a que siga usted navegando hacia otras costas de la red. Concédame algún párrafo más antes de zarpar.

Este espécimen de analista al que me refiero, al que adornan credenciales académicas de postín en la «ciencia social» y está siempre dispuesto a la sincronía con la acción gubernamental de la coalición progresista, vive, como tantos otros tertulianos y opinadores en los medios mainstream, alarmado ante el avance de la ultraderecha, pero a la vez cuenta con capacidad técnica y recursos para intentar entenderlo. Y sin embargo no «se lo explica», y menos todavía cuando echa las cuentas y comprueba que Vox suma entre sus votantes —y en modo creciente— a un número ingente de los que engrosan las «clases populares», lo que antaño fue la clase obrera y ahora denominamos «vulnerables»; ni se lo explica ni lo «puede entender» porque «entenderlo» puede ser entendido como «justificarlo». Y le va, no la vida, pero sí su biografía y reputación en ello; ya saben lo de Savater: ser de izquierdas o de derechas es optativo, pero no parecer de derechas es imperativo. Y si se es especialista en ciencia política con mando en plaza universitaria pública, más todavía. 

 Y claro, como no quiere apuntar a la idiocia, o más bien idiotez, del seguidor de Vox —ya saben aquello de que no hay nada más tonto que «un obrero de derechas»—, tiene que recurrir a fantasmagorías varias. Repasemos algunos de esos expedientes. 

Con harta frecuencia se postula que el PP tendría una contribución causal decisiva cuando defiende o coquetea con propuestas que se asumen como propias de Vox. Concedamos que, como se dice en este sentido, «la gente prefiere el original a la copia» y por eso acaba apoyando o votando a Vox. Más allá de que ese efecto, por lo que reflejan los sondeos, no hace desinflar significativamente al PP —con lo cual, por seguir con la imagen, lo que ocurre es que la gente sigue prefiriendo igual número de copias y más originales—, la implicación es, a fin de cuentas, que el discurso o política originalmente patrimonio de Vox y que ahora el PP adopta o acepta encuentra más simpatizantes; así, la acusación de seguidismo del PP a Vox es también la atribución al PP de un poder taumatúrgico.    

Es lo que, en una línea parecida, conjeturaba recientemente nuestro paradigmático analista-que-no-puede-entender cuándo, descartadas las razones vinculadas a las dificultades que asolan a numerosos españoles, especialmente los jóvenes que tienen colosales barreras para acceder a una vivienda, encuentra en el «rancio nacionalismo español» propagado por Abascal y Vidal Quadras; el «revisionismo histórico» divulgado por Pío Moa y Elvira Roca y una «masculinidad herida» los factores que nos permiten entender el crecimiento de Vox. 

«De otros partidos cuyo apoyo al Gobierno ha sido perfectamente metabolizado tenemos una hoja de servicios antidemocrática reciente»

Más allá de que, por supuesto, prácticamente se obvia que esa «derechización cultural», «franquismo sociológico» y «reacción masculina» habrán tenido un caldo de cultivo, resulta interesante escudriñar la semántica de la descripción misma de qué es Vox, a qué ha podido responder y qué supone el incremento de su apoyo. Analicémoslo en orden inverso y formulemos algunas preguntas. 

En cuanto a lo último —las consecuencias del auge—, se acostumbra a afirmar que el triunfo de Vox pone en riesgo la democracia misma (para muchos, Vox es rectamente un partido fascista, si no nazi). ¿Qué datos o razones permiten afirmar semejante cosa? De otros partidos cuyo apoyo al Gobierno ha sido perfectamente metabolizado, tenemos una hoja de servicios antidemocrática reciente, tanto porque han protagonizado el mayor ataque al sistema constitucional desde el 23-F y siguen diciendo, a quien quiera escuchar, que España y su gobernabilidad les importan «un comino», cuanto porque han heredado el ideario político y no pocos de los militantes o simpatizantes que protagonizaron las andanzas terroristas de ETA. Claro que nuestro analista-que-no-quiere-entender, a la insurrección en Cataluña la denomina «crisis» y al hostigamiento y crímenes que padecieron gentes, precisamente como Santiago Abascal y su familia u otros destacados militantes de Vox, los describe como «conflicto vasco».

En la cortísima experiencia de Gobierno que ha tenido Vox en coalición con el PP en algunas comunidades autónomas, o en su proceder institucional, ¿ha sido Vox un partido más o menos leal con el Estado constitucional que ERC, Bildu, Junts, Sumar, Podemos, el PSC o el propio PSOE si pensamos en su desprecio a no pocas reglas constitucionales o a la ejecución de determinadas sentencias en Cataluña relativas al uso del español como lengua vehicular en la educación pública? 

¿Y qué es finalmente Vox para infundir tanto temor como desconcierto? Se nos dice que se trata de un partido que cuestiona el cambio climático, se opone a los derechos de las minorías, añora el franquismo y, para más inri, niega el «pluralismo político». Es obvio que esta manera de condensar su ideario no parece el resultado del análisis neutral o libre de sesgos que habría de manejar un analista honesto que quiera entender, pero más allá de ello, interesa reparar en la última de las acusaciones, la relativa al pluralismo político contra el que presuntamente está Vox. 

«Cuando uno explica un (prediseñado) adefesio, el resultado puede que no sea más que un adefesio de explicación»

¿Cabe en el pluralismo político de nuestra «no militante» democracia constitucional, cuestionar las políticas económicas y medioambientales relativas al cambio climático que se han venido desplegando; oponerse a cómo se ha legislado en materia de identidad o violencia de género; favorecer muy ampliamente una libertad académica, de expresión, asociación o reunión que no se alinea con las medidas sancionatorias y simbólicas de la legislación memorialista o apostar por endurecer la política migratoria en sintonía con algunos gobiernos en Europa a los que nadie acusaría de «poner en peligro la democracia o el pluralismo político»?

Si no cabe hacerlo, ahí tendrá usted también otra explicación posible a la reacción consistente en votar o apoyar a Vox. Acuérdese de que las políticas de Aznar y luego Rajoy eran «fábricas de independentistas». Hace ya algunos años, en respuesta a uno de sus críticos, Amos Tverski y Daniel Kahneman —padres, entre otros, de la «economía conductual»— afirmaban que era siempre útil recordar que la refutación de una caricatura puede que no sea más que la caricatura de una refutación. Pues bien, mutatis mutandis, cuando uno explica un (prediseñado) adefesio, el resultado puede que no sea más que un adefesio de explicación.

Y, como indicaba en mi críptica introducción —gracias, lector, por acompañarme hasta aquí—, en la reacción de mucha gente a esos adefesios puede que esté también en parte la explicación de la reacción del votante o simpatizante de Vox, por muy reaccionaria que le parezca al activista disfrazado de analista.

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