The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

El átomo, suicidio del régimen de Irán

«¿Creen ustedes que Israel iba a consentir que un régimen que predica su aniquilación alcanzara el desarrollo de una bomba nuclear?»

Opinión
El átomo, suicidio del régimen de Irán

Ilustración generada por IA.

Hay regímenes que negocian para resolver conflictos y otros que negocian para ganar tiempo. Irán llevaba demasiado tiempo demostrando que pertenecía al segundo grupo. Y toda paciencia tiene un límite. El ayatolá Jamenei construyó su legitimidad sobre la hostilidad, la coacción, la represión y el terror. Años predicando la destrucción de Israel y de Estados Unidos. Años financiando a Hamás, a Hezbollah y a una constelación de proxies que han convertido Oriente Próximo en un tablero de sangre. Años jugando a la ambigüedad estratégica con un Estado que, además, ha sido señalado y atribuido en múltiples episodios de terrorismo internacional y que ha mostrado una irresponsabilidad letal, incluso cuando el daño lo sufrían civiles de terceros países.

Sangrientos atentados en Berlín, contra la Embajada de Israel en Buenos Aires, las Torres Khobar en Arabia Saudí, el atentado en Bulgaria o el derribo del avión ucraniano justo después de despegar de Teherán en 2020. Con ese currículo, pretendían convencernos de que el programa nuclear iraní era un mero expediente técnico. La comunidad internacional había tenido, como digo, mucha paciencia. Demasiada. Desde que se destapara en 2002el programa nuclear clandestino de Irán, hemos tenido 203 informes de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) diciendo que Irán no estaba cumpliendo con sus obligaciones legales. Tuvimos también 20 resoluciones de la misma agencia y 8 resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Irán estaba tratando de hacer una bomba atómica. No hay ninguna duda.

Y aun así se seguía negociando. Esta misma semana habían estado sentados en la mesa en Ginebra. La diplomacia seguía abierta. Hubo mediación, rondas, avances parciales, reuniones largas y serias. Pero el núcleo estaba podrido. Irán quería mantener su derecho a enriquecer. Se negaba a sacar del país su uranio enriquecido. Exigía levantar sanciones. Y no aceptaba que el acuerdo tocara su programa de misiles. Estados Unidos incluso se ofreció a pagarle a Irán diez años de suministro de combustible nuclear para sus reactores si dejaba de enriquecer uranio. Se negaron. ¿Alguien de verdad creía que se podían aceptar sus condiciones? ¿Creen ustedes que Israel iba a consentir que un régimen que predica su aniquilación alcanzara el desarrollo de una bomba nuclear? La opción militar fue la única salida posible.

Irán no es un interlocutor de fiar. Nunca lo ha sido. Ha incumplido, ocultado y boicoteado lo acordado de forma recurrente. Esto no es una opinión, es una rutina documentada por el propio sistema de verificación de la IAEA. Si uno quisiera hacer una lista exhaustiva de los escenarios donde se repite el patrón, bastaría con recitar los nombres de todas las instalaciones donde han llevado a cabo actividades ilícitas: Natanz, Fordow, Isfahán, Arak, Parchin, Turquzabad, Varamin, Marivan, Lavisan-Shian, Kalaye. Cada nombre remite a un tipo de problema que se repite con variaciones: instalaciones declaradas tarde, actividades no declaradas, trazas de uranio enriquecido que no deberían estar allí, preguntas cuyas respuestas se eternizan, accesos que se impiden, información que no envían. La lista es infinita.

Esa enumeración, por sí sola, ya dice algo esencial. No hace falta entrar en disquisiciones técnicas para captar la idea. Un país que realmente quiere colaborar no convierte su programa nuclear en un juego del escondite.
La problemática con el enriquecimiento es el ejemplo paradigmático de esto que comento. Cuando la IAEA descubrió que Irán había comenzado a enriquecer uranio con centrifugadores que no debería tener, se le recordó que no podía hacerlo. En aquel entonces tenían uranio enriquecido al 3,67%. Juraron y perjuraron que era uranio para sus reactores y que no enriquecerían por encima de ese porcentaje. Luego les pillaron con uranio al 19%. Dijeron que era para su reactor de investigación de agua pesada (óptimo para producir plutonio). Juraron y perjuraron que nunca enriquecerían más allá del 20% (límite por encima del cual el uranio se considera potencial militar). Después les pillaron con uranio al 60% y, recientemente, con uranio al 83,7%, muy cercano al grado necesario para hacer una bomba nuclear.

«La tragedia es que el mundo ha pasado años tratando esto como un problema de gestión, cuando era un problema de supervivencia y de confianza rota»

La tecnología nuclear es muy compleja, no se improvisa. O la desarrollas, o la compras, o la traficas. La IAEA demostró los vínculos de Irán con las redes del mercado negro asociadas a Pakistán. El padre de la bomba atómica de ese país, A. Q. Khan, estableció una densa red internacional clandestina que vendió tecnología nuclear a la Libia de Gadafi, a la Corea del Norte de Kim Jong-il y al Irán de Jomeini. Cuando un país anda metido en estas cosas, el derecho a que le crean se evapora.

Lo de Irán no era un desacuerdo sobre cláusulas en un contrato, era un colapso de credibilidad. No era una negociación, era una cuenta atrás. ¿Inevitable, entonces? Sí, en el sentido político. Cuando mezclas en la misma coctelera una retórica de exterminio, la financiación del terror, una escalada de enriquecimiento de uranio, un enorme historial de engaños y una negociación donde se piden imposibles, el desenlace no es sorprendente. Es, de hecho, bastante coherente.

La tragedia es que el mundo ha pasado años tratando esto como un problema de gestión, cuando era un problema de supervivencia y de confianza rota. El primer aviso fue en junio del año pasado, cuando Israel bombardeó los activos nucleares iraníes. Desafortunadamente, la confianza rota no se repara con otra ronda de promesas incumplidas en Ginebra. Se repara con hechos. O no se repara. Este fin de semana hemos visto las consecuencias.

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