Los juegos florales de AENA
«Que la empresa estatal de aeropuertos haya anunciado a bombo y platillo la creación de un premio de narrativa millonario es una colosal anomalía»

Ilustración generada mediante IA.
Decía Rafael Sánchez Ferlosio, Premio Cervantes, a quien los hijos de la posguerra y el primer tardofranquismo reverenciaron con un entusiasmo similar a la devoción que la generación anterior profesase por Ortega y Gasset, y al que hoy no podrían leer nuestros escolares, y aún menos muchos adultos a los que una frase subordinada —«larga y con final en cola de pescado», como decía el mestre Josep Pla— causa fiebres y sudores fríos, que «toda conmemoración es, por su propia naturaleza, apologética».
Lo cual invalida por completo la posibilidad, incluida hasta la más remota y vaga, de que exista un serio devaneo crítico en la vida cultural oficial, además de comprometer la condición artística de todas las obras que suelen ser agraciadas (término nada inocente; la gracia es una merced, no un mérito) con esa lotería de Babilonia que siempre es un galardón literario.
Decimos lotería a conciencia y sin huir de la interpretación irónica, pues ya se sabe que los sorteos del Estado (y sus asimilados y colonias) reparten un trigo que no es exactamente suyo a cambio de que el ungido con laurel predique alto y con poderoso entusiasmo lo que sea menester predicar. París, ya se sabe, bien merece soportar una misa. Y dos, tres, cuatro y hasta un quinario entero, sin descartar tampoco la posibilidad de una novena.
Que AENA, la empresa estatal de aeropuertos, haya anunciado a bombo y platillo la creación de un premio de narrativa millonario para todas las lenguas españolas (que sea literario está por ver), dotado con un millón de euros para el ganador y 30.000 euros cada uno de los cinco finalistas, parece un hecho prodigioso. Y, en efecto, se trata de una colosal anomalía.
No tanto por la dotación económica —en comparación con cualquier otro galardón internacional—, sino porque encierra una paradoja. En un país en el que un tercio de los españoles tiene una competencia lectora inferior a la media europea y además es tan escasa y frágil que apenas les permite comprender mensajes breves, y donde una parte nada menor de los escolares ni siquiera comprende lo que leen, una empresa con capital público tira la casa por la ventana para «potenciar la lectura y la escritura».
«¿No es más urgente dignificar a los ‘parias’, como dice Enrique Murillo, de la industria editorial?»
Desde luego, es una forma singular de hacerlo: pagando a un escritor y, por extensión, también a un sello editorial privado (la obra debe ser un libro publicado, con su correspondiente ISBN), que va a tener garantizada la compra de miles de ejemplares por valor de otro millón de euros. Un negocio tan redondo como obsceno. ¿No sería mejor hacer cumplir de una vez y para siempre la legislación que obliga a que un organismo independiente certifique la venta real de los libros? ¿No es más urgente dignificar a los parias, como dice Enrique Murillo, de la industria editorial? Se ve que no.
El ejercicio de comparar el galardón de AENA con otros premios —desde los prestigiosos, que son todos extranjeros, a los abiertamente crematísticos, como el Planeta— es un perfecto ejercicio bizantino. No se trata del cuánto. Lo trascendente es el cómo y el porqué. Con relación al método, basta ver la organización de la convocatoria para salir de dudas: la selección previa se le encomienda a una decena de mandarines que elaborarán una lista con cinco finalistas, aunque la decisión final será de los ilustres miembros del jurado, que podrán introducir —y lo harán— a sus candidatos (¿para qué sirve entonces la preselección?) y designar así a los afortunados (autor y editor), a los que se les dará el dinero en una gala en Barcelona 15 días antes de Sant Jordi. Ya es casualidad, oigan.
¿Esperaban ustedes otro lugar distinto siendo el presidente de AENA del PSC? ¿Acaso una urbe (con aeropuerto) de la España interior? ¿Y por qué no en la insularísima Canarias, patria natal de Galdós, o en Baleares? Pas du tout. La hegemonía consiste en no discutir la jerarquía establecida por el derecho de reverencia en la corte oficial de las letras. En relación a las razones, no cabe dar excesivo crédito a la nota oficial de AENA, donde se dice —¡oh, gran maravilla!— que «leer es volar», aunque quizás hubiera sido más acertado proclamar que «leer puede ser como despegar y aterrizar».
Los aviones, por fortuna, vuelan solos, igual que los verdaderos lectores, que no necesitan que nadie les diga a quién tienen que dedicar su atención. Lo que AENA va a organizar —con nuestro dinero— es un certamen similar a los Floralia romanos, los juegos lúbricos y poéticos (sustituidos ahora por la narrativa, que sale más a cuenta) que se celebraban en honor de la diosa Flora, aunque en ese caso la deidad tenga otro nombre (y otro sexo).
«Va a ser un galardón tan políticamente correcto como previsible»
No se alarmen: va a ser un galardón tan políticamente correcto como previsible. Si de verdad AENA quisiera patrocinar la creación, más útil hubiera sido que dedicase su atención al arte más famélico de todos, que es la poesía, como hace la empresa Loewe, aunque sea pagándole a Chus Visor. Si su fin era descubrir nuevos talentos, tenía a mano el modelo de Renfe, que cuenta con un modesto galardón de relatos breves que permite viajar (con pareja) a cualquier destino peninsular (incluido el Campo de Criptana) y dormir en el Parador de Alcalá de Henares, patria de Cervantes.
En España hay más escritores (y amigos del jurado) que lectores. Esto es así. Lo realmente atrevido y vanguardista hubiera sido prescindir de los intermediarios, obviar a los amigos de Lucius Artorius Castus, no recurrir a los heraldos de Tiro y Sidón y darle el millón de euros directamente a un lector, ese animal mitológico. Eso sí que crearía una afición sincera. Pagar por leer o por haber leído. El mismísimo Borges apoyaría esta colosal idea.