The Objective
José García Domínguez

El modelo español de pobreza

«Los datos duros, los que desnudan la precaria realidad material que se esconde tras el discurso institucional, desmienten el mito de que somos un país de clases medias»

Opinión
El modelo español de pobreza

Ilustración generada mediante IA.

Coincidiendo con la revelación demoscópica de que la extrema derecha ya constituye la preferencia electoral mayoritaria entre los desempleados y los trabajadores con menores ingresos, la prensa acaba de difundir que el 37% de los asalariados cobra nóminas mensuales que, en el mejor de los casos, apenas igualan la cantidad correspondiente al salario mínimo legal. Estamos hablando de que casi el 40% de los trabajadores de nuestro país obtiene rentas regulares propias de personas pobres.

Pero ocurre que al resto tampoco es que le vayan mucho mejor las cosas. Al punto de que un 60% de la fuerza de trabajo por cuenta ajena ingresa cantidades de dinero mensuales asociadas a su actividad laboral que no superan los 2.200 euros netos. Muchos, pues, resultan ser objetivamente pobres en términos de rentas del trabajo, mientras que la mayoría no anda tampoco demasiado lejos de la pobreza en esos mismos términos.

​Más allá de la entusiasta fanfarria triunfalista de los indicadores macroeconómicos oficiales, eso es España hoy. Unos datos estadísticos duros, los que desnudan la precaria realidad material que se esconde tras el discurso institucional, que vienen a desmentir el mito tan extendido de que España constituye un país de clases medias. Con el grueso de la gente cobrando tales nóminas a principio de mes, ¿cómo demonios va a ser esto un país de clases medias?

Esa definitiva leyenda urbana, la célebre clase media, ni está ni se la espera. Y es que casi lo único que resta en pie de ella a estas alturas es el recuerdo, cada vez más vago, de un instante histórico efímero, el que coincidió con la eclosión del desarrollismo franquista en la década de los años sesenta del siglo XX; el mismo que comenzaría a extinguirse a ritmo acelerado tras la adhesión al entonces llamado Mercado Común Europeo.

​Los economistas convencionales, esos que comulgan con la ortodoxia académica dominante, suelen mencionar siempre a Argentina —un país que lo tenía todo y no ha conseguido nada— y a Japón —un país que no tenía nada y lo ha conseguido todo— como los dos grandes misterios por resolver de su especialidad. Pero existe un tercer país en el mundo, España por más señas, cuya trayectoria a lo largo del último medio siglo resulta igual de difícil de entender desde ese mismo prisma teórico. Por ejemplo, ¿cómo es posible que los salarios reales en España, o sea, una vez descontado el efecto sobre ellos de la inflación, hayan permanecido prácticamente congelados desde el año 1994 hasta hoy mismo? Porque solo han subido un muy ridículo 2,76% en los últimos 31 años.

«Entre 1990-2025, los salarios reales de los trabajadores de Polonia crecieron nada menos que un 172%»

¿En qué cabeza medianamente amueblada y estructurada puede caber la evidencia estadística absolutamente verificada y contrastada de que, entre los años 2000 y 2007, el periodo de vino y rosas de la burbuja inmobiliaria, los salarios reales tampoco subieran? Porque, aunque cueste creerlo, lo cierto es que no subieron.

​Convendrá conmigo el lector que ese asunto, el de los salarios en España durante los últimos 50 años, constituye un caso todavía más enigmático que los de Argentina y Japón juntos. Porque resulta que a lo largo del mismo periodo temporal, el intervalo 1990-2025, los salarios reales de los trabajadores de Polonia, un país europeo de desarrollo medio y no demasiado distinto a España, crecieron nada menos que un 172%; insisto, hablamos de salarios reales, no nominales. ¿Cómo es posible que un panadero, un oficinista o un tornero-fresador polaco haya casi multiplicado por dos el poder de compra de su nómina mientras que la de su equivalente español siga igual que en 1990? Alguna explicación tiene que haber para esa asimetría tan extrema.

¿Qué ocurrió en Polonia que no sucediera en España? O mejor, ¿qué ocurrió en España, pero no en Polonia? Pues ocurrió algo muy sencillo de comprender, porque estaba —y sigue estando— a la vista de todo el mundo. Se llama inmigración masiva, la causa efectiva de la parálisis permanente de los salarios.

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