El voto de Txapote
«El PNV gobierna felizmente en Euskadi, recibiendo pagos por votos, y Bildu prospera y va camino de sustituirle, bajo la bendición del Gobierno de Sánchez»

Ilustración creada con inteligencia artificial.
En el 30 aniversario de las muertes de Fernando Múgica Herzog y de Francisco Tomás y Valiente, asesinados por ETA.
Hace unos tres años, la visible inclinación de Pedro Sánchez hacia Bildu dio lugar a un exabrupto: «¡Que te vote Txapote». Muchos se irritaron, a otros en la derecha les pareció bien y algunos pensamos que era una salida de tono, aunque el viraje de la ley de Memoria Democrática le proporcionara una justificación. Pero todavía el cambio de rumbo no se había consumado, tal y como ha sucedido desde que Sánchez formó su gobierno después del 23-J. En la circunstancia actual, Bildu es el más fiel aliado del presidente y este multiplica los gestos de reconocimiento hacia los antiguos etarras, al mismo tiempo que en su aplicación para Euskadi la ley esa memoria histórica que nos lleva a revivir una y otra vez la tragedia de 1936, lo que tenemos para los años de plomo vascos es el olvido forzoso.
No solo es una cuestión de valoraciones y recuerdos, sino de hechos. La absolución plena de los responsables del terrorismo se está traduciendo en una dinámica de liberación general de los presos de ETA, incluidos los más cargados de crímenes, como el propio Txapote. El ejemplo más reciente es el de Txeroki, para quien 400 años de cárcel se han convertido en una acelerada semilibertad después de ser trasladado de las cárceles francesas. El PNV no necesita siquiera asumir la competencia sobre las cárceles para favorecer a los suyos —perdón, a los etarras presos—, dado que el PSE, el socialismo local, la asume para descargar a los nacionalistas de la acusación de favoritismo. No hace falta, pues, pedir a los amigos de Txapote que voten a Sánchez.
De ser preciso, ya lo hacen como en el 23-J por la cuenta que les tiene. Y el que esté en desacuerdo, y trate de volver la cabeza hacia los años de plomo, es uno de esos fachas a quienes denuncia ese nuevo ángel sanchista de la democracia que es Mertxe Aizpurúa, una mujer que, como dijo Napoleón de la reina María Luisa, «lleva su historia en la cara».
El acceso a la libertad encubierta de Mikel Gerikoitz, Txeroki, jefe de ETA en la primera década del siglo, ha coincidido en el tiempo con dos asesinatos emblemáticos de la banda, que hace 30 años pisaba a fondo el acelerador del crimen para llegar en posición de fuerza a una eventual negociación. El primero fue el del socialista donostiarra Fernando Poto Múgica Herzog, el 6 de febrero de 1996, del tiro en la nuca, en una calle donostiarra junto a su despacho. Fernando era el alter ego del principal socialista guipuzcoano, Enrique Múgica, que fue mi amigo hasta que cayó por la covid. Yo le guardo además otro recuerdo afectuoso: era el presidente «fáctico» de las reuniones de representantes de la oposición en 1976 en la biblioteca de la Diputación de Guipúzcoa; yo iba allí de la mano de José Ramón Recalde.
Ocho días después de la muerte de Múgica, el día 14, caía Francisco Tomás y Valiente, expresidente del Tribunal Constitucional, demócrata también ejemplar, asesinado en su despacho de la Autónoma de Madrid. Fueron los dos aldabonazos que precedieron en un año al crimen abyecto entre los abyectos cometidos por ETA: el secuestro y asesinato del joven concejal popular de Ermua, Miguel Ángel Blanco, el 12 de julio de 1997. El protagonista fue el mismo Txapote que un año antes había asesinado a Poto Múgica. Se tiene bien trabajado el voto.
«Un sincero arrepentimiento hubiese justificado la reducción en el cumplimiento de las penas por los crímenes etarras»
Ante esa cosecha de sangre, vista al cabo de un cuarto de siglo, la elección racional ofrece poco espacio para la duda. Aun cuando hubiera sido muy doloroso ejercer la piedad, sobre el fondo del fin del terrorismo, un sincero arrepentimiento, o autocrítica, si usamos otro vocabulario, personal y política, hubiese justificado la reducción en el cumplimiento de las penas por los crímenes etarras. Sucede, sin embargo, que tal cosa no ha sucedido, ni por parte de los encarcelados, ni de la organización que los representa a ellos y al legado de ETA. Ni siquiera hay uno que haya contribuido a esclarecer los cientos de crímenes aún no elucidados. Y en cuanto a la organización, además hoy en auge, su jefe, Arnaldo Otegi, ha acuñado la jesuítica coartada de que le duele el sufrimiento de las víctimas, de todas, pero de vez en cuando deja al descubierto su verdadera posición.
Recuerdo el episodio de las famosas regatas de San Sebastián, en septiembre de 2024, cuando el portavoz de los vencedores, Urdaibai de Bermeo, dedicó el triunfo a los etarras presos. Otegi elogió de inmediato esa sensibilidad hacia el sentimiento «del pueblo». En este fin de año, ha sido más claro al comentar emocionado la muerte de quien fue al parecer su mentor, Peixoto, protagonista de uno de los más horrorosos actos de barbarie etarras. A Otegi, Peixoto le enseñó a «poner la patria por encima de todo». Sin duda, por encima de una mínima conciencia de humanidad. Y este es «el hombre de paz» a quien Sánchez impulsa para que se haga cargo de Euskadi, conservando en su integridad la herencia doctrinal de ETA respecto de España y su voluntad de control sobre la sociedad vasca.
Asistimos a la paradójica y triste situación, descrita por Rogelio Alonso en el título de su libro La derrota del vencedor. ETA fue vencida, no por el diálogo cantado y falsificado por el cronista oficial de Zapatero, sino por la acción finalmente coordinada de las fuerzas policiales españolas y francesas, respaldada por una pérdida mayoritaria de apoyo social. Ni aquello podía dar más de sí políticamente, cuando ya ni siquiera funcionaba el tándem con Ibarretxe montado desde 2001 —unos matando y el otro aduciendo que con su casi-independencia dejarían de matar—, y la simple supervivencia les era ya muy difícil. Sin embargo, los políticos de ETA no pagaron precio alguno por sus crímenes, gobiernan ya buena parte del espacio vasco y van camino de gobernarlo en su totalidad (más Navarra).
ETA tuvo que declarar en octubre de 2011 suspensión de muertes, pero gracias a la forma y a la circunstancia en que fue permitida su reinserción política, con Bildu, pudo capitalizar de inmediato la hegemonía alcanzada sobre buena parte de la sociedad vasca. Los derrotados en la «lucha armada» se resarcieron en las urnas, con un predominio electoral inédito, al lado del PNV y el constitucionalismo, que había estado a punto de imponerse en 2001, inició el descenso a los infiernos, hasta desaparecer como alternativa política. El PSOE se redujo a servir de complemento del gobierno y el poder monopolizados por el PNV.
«El guipuzcoano Egibar lo explicó: ETA era el adversario, pero España era el enemigo»
En esta gattopardiana metamorfosis, la bien ganada derrota del nacionalismo, en sus dos vertientes, la terrorista y la democrática, su aliada, fue a parar a una hegemonía absoluta suya de ambas. Puestos a buscar responsables, el papel fundamental correspondió al «nacionalismo democrático». Su doblez, puesta en práctica por Arzalluz y denunciada en la conocida fórmula del árbol y las nueces —sea o no histórica como tal—, consistió en mantenerse al margen del ejercicio del terror, sin enfrentarse a él. En todo momento, o llegando a condenar con la punta de los labios sus acciones, para de inmediato volverse contra el Estado y los partidos constitucionales, sin que contara la circunstancia de que hasta fin de siglo estos fueran en la forma sus aliados en el Gobierno vasco, de presidencia PNV.
El guipuzcoano Egibar lo explicó: ETA era el adversario, pero España era el enemigo. Y a continuación, en lo que fue casi tan importante, el cerco social contra las víctimas, sus familiares y sus posibles ciudadanos solidarios, el jeltzale (peneuvista) cerró filas con los patriotas amigos de la muerte. Lo cuenta muy bien Fernando Aramburu en Patria, en la visita del párroco a la viuda. Solo le faltan las siglas, porque esa siniestra dinámica las tenía, y la fundamental no era ETA. Doy fe.
Fue un tema sobre el que disentí cordialmente de Francisco Tomás y Valiente en vísperas de ser asesinado, el 14 de febrero de 1996. Él había publicado semanas antes un artículo en El País, titulado ETA y nosotros, donde postulaba la cohesión entre las fuerzas democráticas para resolver un problema cuyo alcance iba más allá de los tribunales. Por eso condenaba la descalificación del PNV, que debía estar del lado de acá en el enfrentamiento a la violencia. Recuerdo que me permití discrepar de esa opinión en otro artículo en el mismo diario y tuve la suerte de explicárselo, y despedirme sin saberlo de él en la reunión de la Junta de Archivos constituida por la ministra Alborch, muy pocos días antes de su muerte.
Yo estaba de acuerdo en principio con Tomás y Valiente, pero había un pequeño problema: el PNV debía de estar de este lado de la divisoria, pero en realidad ya no lo estaba, y desde que Arzalluz tomó el mando, nunca lo estuvo en el fondo. Podía condenar un atentado, pero la pelota siempre rebotaba en la pared izquierda contra el campo de las víctimas. Así, ocho días antes del atentado en la UAM, un tiro en la nuca había acabado con la vida de Fernando Múgica Herzog. Su autor fue Txapote, asesino un año más tarde de Miguel Ángel Blanco. El PNV lo condenó, pero de inmediato Xabier Arzalluz se lanzó contra los correligionarios del socialista, que criticaban una posible inhibición de la Ertzainza.
«El PNV nunca pudo soportar la expresión anti-ETA unitaria, como sucedió al nacer ¡Basta ya!»
Un ejemplo. El movimiento pacifista anti-ETA, Manos blancas, surgió en la UAM como respuesta al asesinato de Tomás y Valiente. Recuerdo muy bien cómo en un pequeño camión de la universidad, cargado de manos blancas, acompañé en febrero de 2000 a mi mujer, la vicerrectora Marta Bizcarrondo, para proveer en Vitoria a la manifestación de protesta por el asesinato de Fernando Buesa, exvicepresidente vasco socialista. Aquello fue una obra maestra de desviación xabieriana de la solidaridad. Los manifestantes pacifistas acabaron convertidos en enemigos por los nacionalistas, cortando la manifestación en dos y haciendo volver la primera, la nacionalista, sobre y contra la pacifista. Nuestra irritación llevó al grito: ETA eskua, Arzalluz burua! (ETA la mano, Arzalluz el cerebro), por fortuna pronto sofocado.
El PNV nunca pudo soportar la expresión anti-ETA unitaria, como sucedió al nacer ¡Basta ya!, rápidamente satanizado, o al producirse la explosión del sentimiento social contrario a ETA a la muerte de Miguel Ángel Blanco, al cual respondió poco más tarde aliándose con el sector político de la banda en el pacto de Lizarra. Entre tanto, de atentado en atentado, pueblo a pueblo, el cerco de las víctimas unía a las dos ramas del movimiento «patriótico». Así se consolidaba una hegemonía que pudo transferirse sin dificultad a la sociedad vasca posterrorista.
Resulta perfectamente lógico que, al contar desde muy pronto, con la complicidad con el PSOE, a pesar de ser uno de los dos partidos de víctimas, el PNV pudiera llevar a cabo una estrategia de blanqueo de imagen. Ha tenido a su favor de lógica tendencia de toda sociedad a conjurar un grave trauma reciente por medio del olvido, y también la labor minuciosa de una historiografía oficial positivista, y militante contra cualquier pretensión crítica, dispuesta a fragmentar el relato de cara a la opinión:a) al borrar el papel determinante de la ideología del odio sembrada por el fundador del PNV, Sabino Arana: algo así como reconstruir la anatomía del partido nazi, eludiendo Mein Kampf; b) presentando ETA como una patología transitoria, sin orígenes relevantes, surgida “en el caldo de cultivo del franquismo”, y c) disociando totalmente el «nacionalismo democrático» del «terrorista» -perdón- violento.
En una palabra, una visión de la realidad vasca en que faltan protagonistas como Sabino, Arzálluz… y Txapote. Los tres son tipos diferentes, pero no susceptibles de total separación.
«El Gobierno deja fuera de su memoria histórica las muertes de Fernando Múgica, de Tomás y Valiente y de Fernando Buesa»
Es lo que encarna el Memorial de las Víctimas de Vitoria, donde la atención a ellas es encomiable, incluida la reproducción del zulo de reclusión y tortura de Ortega Lara, pero faltan los verdugos. Está Basta ya, sin la campaña sufrida por iniciativa del inevitable Arzalluz, presidente del PNV. Bien podía estar, pero no está, el asalto a la librería donostiarra Lagun por los jóvenes borrokalaris, en ese año horrible de 1997, que fue confirmado por la respuesta brutal del nacionalismo, del propio lehendakari Ardanza y, cómo no, de Arzalluz, contra un grupo de intelectuales, con Juan Luis Cebrián a la cabeza, que se atrevió a pedir protección para los demócratas. La versión oficial del episodio, en un reciente documental, omite este extremo cuidadosamente.
El resultado es conocido. El PNV gobierna y manda felizmente en Euskadi, recibiendo pagos por votos, y Bildu prospera y va camino de sustituirle, bajo la bendición del Gobierno de Pedro Sánchez, que deja fuera de su memoria histórica las muertes de Fernando Múgica, de Tomás y Valiente, de Fernando Buesa. Es un olvido rentable, para el nacionalismo, claro, cuya deuda tendrá lógicamente que ser pagada más tarde al haber permanecido íntegra la impronta de ETA.