The Objective
Maite Rico

La intimidad de Zapatero

El expresidente naufraga en el Senado: comenzó con aires de archipámpano y terminó con sofocos

Opinión
La intimidad de Zapatero

Ilustración de Alejandra Svriz

Comenzó con el aplomo de un archipámpano, pero terminó desencajado. La comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero, este lunes, en la comisión del Senado que investiga el caso Koldo no fue el paseíllo que cabía esperar de un consumado histrión. El expresidente ha quedado en evidencia porque sus actividades como lobista apestan. Perdón, como consultor, que lo de lobista le resulta «ofensivo».

Cuando dejó el Gobierno, en 2011, Zapatero iba para «supervisor de nubes», pero algo se torció por el camino y terminó frecuentando compañías poco recomendables. Y eso que ayer se jactó de sus acrisoladas cualidades como asesor: vasto conocimiento, experiencia, viajes, trayectoria… «Me reclaman, mi opinión vale», dijo. Lástima que, en lugar de las Big Four, se lo terminaran rifando del narco régimen de Venezuela, la dictadura china y el dinosáurico Grupo de Puebla.

Ayer Zapatero debía aclarar su papel en el rescate de Plus Ultra, la oscura compañía aérea sin aviones pero con vínculos chavistas, salvada de la quiebra por el Gobierno de Pedro Sánchez con 53 millones del erario. Anticorrupción sospecha de lavado de dinero y ha detenido a tres responsables.

Sucesivas investigaciones periodísticas han ligado a Zapatero con Plus Ultra a través de una extraña empresa, llamada Análisis Relevante, fundada por su socio y amigo Julio Martínez, Julito, uno de los detenidos. Plus Ultra era el único cliente, y Zapatero el único proveedor (junto a sus hijas). Y tras el rescate, Julito recibió de Plus Ultra casi 600.000 euros, y pagó a Zapatero la misma cantidad. ¿El concepto? Trabajos de «consultoría». Esencialmente una quincena de informes hechos a base de corta y pega de documentos de Internet. Según Ábalos y Koldo, el ex presidente anduvo presionando mucho para que el Gobierno de Sánchez aprobara el rescate. Anticorrupción se malicia una operación de tráfico de influencias y cobro de dinero público a través de una sociedad instrumental.  

Ante la comisión de Senado, Zapatero desplegó su arsenal de talante, sonrisas y victimismo. Se presentó como un honrado autónomo que paga encantando los impuestos para que haya sanidad pública. Se permitió dar lecciones sobre democracia y repudió la polarización, con esa autoridad moral que le da haber desenterrado el guerracivilismo, alentado el independentismo y azuzado la tensión, según su famoso susurro a Iñaki Gabilondo.

Las cosas iban razonablemente bien, entre el deslavazado interrogatorio de UPN, el aturullamiento de Vox y el incienso de los aliados del Gobierno. Presidiendo el club de fans, Carla Antonelli, de Más Madrid, que parecía una madre dispuesta a defender al niño de los gamberros del colegio. El de Junts se lamentaba de que a ellos también los maltrataban y les llamaban golpistas, vaya usted a saber por qué. El bildutarra, en modo admirador, amigo, esclavo y siervo, se solidarizaba con el compareciente. El de Esquerra confundió la compañía aérea con un ambientador y dijo que lo de «Air Plus» era una soberana chorrada.

Zapatero se dejaba querer. Se fue esponjando. Evocó el final de ETA y alabó a Bildu, se jactó de su papel humanitario y mediador en Venezuela, sin cobrar, oiga, y del profundo agradecimiento de los nativos («¡Alcahuete, hasta cuándo nos va a estar jodiendo!», le gritaba una vecina en el humilde barrio de Chacao, adonde había acudido a un colegio electoral como avalista del régimen de 2024, y de donde tuvo que salir por patas). 

La cosa se torció en el turno del senador Martínez-Maíllo, del PP, que se había estudiado bien los papeles y lo puso contra las cuerdas con preguntas directas. Zapatero negó la mayoría (algo con consecuencias, si se comprueba que ha faltado a la verdad) y eludió el resto. Sobre todo las referidas a sus relaciones con Huawei, el gigante chino de las telecomunicaciones, vetado por Estados Unidos y la UE en el 5G por su dependencia del Gobierno de Pekín y metido por Pedro Sánchez hasta en la cocina de la seguridad nacional. 

«¿Ha cobrado de Huawei directa o indirectamente?» «No le voy a contestar porque es mi intimidad». Hay que tener cuajo. Como expresidente, Zapatero tiene asignados medios públicos, personal, escolta, pasaporte diplomático… Y sus actividades, lejos de ser privadas, han estado condicionando la política exterior de un Gobierno inane. Durante años, España ha sido principal valedor de la dictadura venezolana en Europa, ha perdido peso en América Latina y se ha convertido en una preocupación, en términos de seguridad, para sus socios. ¿De qué intimidad está hablando?

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