The Objective
Juan Luis Cebrián

El arte de la guerra

«Este presidente nuestro no puede enfrentarse a la alianza militar de la que es parte nuestro país con el simple argumento de que la guerra es mala»

Opinión
El arte de la guerra

Ilustración generada mediante IA.

«Asia es la zona del mundo que más probabilidades tiene de convertirse en escenario de una futura guerra entre grandes potencias». Esta fue la conclusión a la que llegó Sir Lawrence Friedman, catedrático emérito de Estudios Bélicos y rector en el Kings College de Londres, y también uno de los expertos en estrategia más acreditados en Occidente. Su advertencia no fue una improvisación, pues la hizo después de redactar un ensayo de más de 500 páginas sobre la guerra futura. Los acontecimientos de la pasada semana amenazan con darle ahora la razón.

Asistimos además a un cambio fundamental y profundo en el Arte de la Guerra que tan bien describiera el famoso libro de Sun Tzu. Descartada definitivamente la teoría de Fukuyama sobre el fin de la historia y el unilateralismo dominante de los Estados Unidos, nos encontramos ante una nueva definición del poder de los imperios y sus zonas de influencia. En esta nueva etapa, el orden liberal de Occidente se ve seriamente amenazado por el protagonismo de los señores del poder, propietarios del control del arma nuclear que permitió un gobierno del mundo basado en la amenaza de la destrucción mutua asegurada.

Este empeño se hizo ya patente con la guerra de ocupación de Irak que Washington y Londres desataron tras los atentados de las Torres Gemelas, con el apoyo formal del Gobierno español presidido por el presidente Aznar. El pretexto para iniciar la invasión fue destruir las eventuales armas de destrucción masiva del país invadido y propiciar un nuevo régimen más acorde con los valores occidentales. Pero al igual que en el caso de Afganistán y a pesar del alto coste en vidas humanas para el ejército americano y sus aliados, no se logró una transformación real del sistema social y político de los países invadidos.

Aquella guerra de Irak fue inicialmente desatada al margen de la legalidad internacional y del mandato de Naciones Unidas, al igual que el bombardeo y destrucción de la antigua Yugoslavia por parte de la OTAN y decisión del presidente Clinton. Todos estos son precedentes indudables del ataque a Irán por parte de Israel en junio del año pasado, en lo que se denominó la guerra de los 12 días, y de la nueva acción bélica emprendida por Trump y Netanyahu, justificada por ambos, entre otras cosas, por la matanza de miles de opositores al régimen de Teherán.

Independientemente de cuál sea el desarrollo futuro de los acontecimientos, no nos encontramos ante un conflicto aislado y ni siquiera ante un motivo único (garantizar la no posesión de armas nucleares por parte iraní), sino ante la delimitación de nuevas esferas de influencia, al igual que en el caso de la guerra de Ucrania, y el establecimiento de regímenes no necesariamente democráticos, pero que rindan vasallaje al invasor. En el actual caso hay, no obstante, novedades específicas. Por un lado, la probable intención de Netanyahu de consolidar un gran Israel de fronteras ampliadas, tras la ocupación de Gaza y las incursiones en Cisjordania. Por otro, la repetición del método trumpista ensayado en Venezuela, que precisa complicidades internas en el régimen del país ocupado virtualmente y que de ninguna manera garantizan el futuro democrático del mismo.

«Trump, que llegó al poder enarbolando una imagen patética de pacificador, ha declarado en apenas un año siete guerras»

A cambio, si la teocracia iraní sale derrotada, la nueva situación podría garantizar el control mundial de las reservas de hidrocarburos, tras la intervención en Venezuela, y de paso un castigo a las necesidades energéticas de China. El precio a pagar por Trump, que llegó al poder enarbolando una imagen patética de pacificador y ha declarado en apenas un año siete guerras, no será alto si se lograra una pronta estabilización interna del país atacado. En ese caso será posible también, y me temo que probable, un blanqueo del régimen al estilo de lo que se viene haciendo con la dictadura de Venezuela, encabezada aún por la gran amiga del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero.

Estas consideraciones son válidas igualmente para el análisis de las nuevas ambiciones territoriales en otras latitudes. Sirva de ejemplo el apetito de la Casa Blanca sobre Groenlandia. En un interesante artículo firmado por el general Bados, director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, se llega a la conclusión de que este es un ejemplo de la actual disposición de las potencias dominantes a consolidar esferas de influencia. Según el autor ya citado, ello «implica una erosión práctica del orden liberal basado en reglas… en la medida en que la primacía del derecho y las instituciones queda subordinada al balance del poder». En semejante escenario, el reclamo del respeto al derecho internacional acabará por ser una jaculatoria vacía de interés. Apenas 20 Estados de los cerca de 200 que componen el supuesto orden internacional son democracias plenas, y casi ninguno de ellos tiene el poder suficiente para obligar al cumplimiento de las leyes que se invocan y ya nadie cumple.

Pese a los benevolentes argumentos esgrimidos por los atacantes de Irán para justificar su acción, esta es desde luego incompatible con el ensueño de un orden jurídico internacional. Aunque sus pretendidas razones resultan un poco más civilizadas que las consignas teocráticas y de guerra santa que han llevado al régimen iraní a financiar el terrorismo de Hamás y Hezbolá, organización presente incluso en la Venezuela de Maduro. Pero no dejan de vulnerar los valores morales y legales de la democracia.

Dicho esto, el buenismo de nuestro Gobierno, apelando a la diplomacia mientras rugen los cañones de uno y otro lado, y su interdicción al uso de las bases americanas en nuestro país son nuevas muestras de cómo utilizar el dolor y la desgracia ajena en beneficio propio. Es lógico denunciar el incumplimiento del derecho internacional, por otra parte vulnerado en su día por el propio Sánchez en ocasión del reconocimiento de Sáhara como territorio marroquí. Pero su condena de los asesinatos del Gobierno de Teherán llega tarde y no es comparable al activismo desplegado en ocasión del genocidio en Gaza.

«Disentir de Francia, Alemania y el Reino Unido, también atacados, sin explicación ni proyecto alguno, es un acto insolidario»

Condenar la guerra es una obviedad para cualquier persona de bien, pero reclamar a secas la diplomacia mientras suenan los cohetes y muere gente, sin atender a su protección y defensa, o es una ingenuidad o un embeleco propagandístico. El mayor atentado terrorista sufrido por nuestro país fue fruto de la acción de la yihad islámica, que al igual que los seguidores de Jomeini, o los terroristas de cualquier ralea, incluidos los etarras ahora liberados, utiliza el asesinato como método de construir su futuro político. Da lo mismo que se haga en nombre de Dios, como Jomeini y Jamenei, que en el de los nacionalismos lingüísticos, responsables en gran medida de las dos guerras mundiales y de otras muchas locales en Europa.

La responsabilidad de nuestro Gobierno no es pedir una paz que no puede imponer, y a cuya contribución apenas puede contribuir en solitario, sino garantizar la seguridad de los ciudadanos a los que sirve, o debe servir al menos. Este presidente nuestro, que después de ser derrotado aparatosamente en las elecciones ahora gobierna sin el Parlamento, al igual que Trump, sin ruedas de prensa ni diálogo con la oposición, y solo buscando su permanencia en el poder, no puede enfrentarse a la alianza militar de la que es parte nuestro país con el simple argumento de que la guerra es mala. Para hablar de diplomacia es preciso tener un plan, un proyecto viable y una capacidad de contribuir a él. Disentir de Francia, Alemania y el Reino Unido, también atacados, sin explicación ni proyecto alguno, es un acto insolidario que pone en peligro el futuro de la propia alianza y la defensa solidaria contra eventuales reclamos sobre nuestros territorios autónomos en el continente africano.

Impedir el uso de las bases americanas, sin otra explicación que el ordeno y mando, constituye un acto inamistoso respecto a la todavía primera potencia mundial. Que se produzca, además, en vísperas de la celebración de su independencia, a la que contribuyó largamente la actividad de la armada y el ejército español, constituye una torpeza que ni siquiera es fruto de la ideología, sino de la ignorancia.

Se sabe cómo comienzan las guerras, pero nunca cuándo acaban. Este conflicto aparentemente local, que el Gobierno de Teherán ha internacionalizado ya con sus ataques a los países del Golfo, amenaza con prolongarse. El existente entre Pakistán y Afganistán es otro motivo de seria preocupación. Y hay una contienda mayor en el corazón de Europa de la que se cumplieron precisamente ayer cuatro años y contabiliza cientos de miles de víctimas. Como conclusión de este cúmulo de reflexiones, cabría recordar al capitán de este país, y a su incompetente ayudante en los asuntos del exterior, dos consejos extraídos del ya mentado Arte de la Guerra: «Hay que reflexionar y deliberar antes de tomar cualquier decisión». Y, sobre todo, «no permitas que el ego te guíe en la batalla». En ninguna batalla, tampoco en política.

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