En defensa de la Agencia Internacional de la Energía
«El organismo debe recuperar la autonomía y las dosis de realismo que los países miembros le han quitado en los últimos años»

Ilustración de Alejandra Svriz
El 19 de febrero pasado, la administración Trump dio un paso más en su campaña contra las instituciones científicas y técnicas que se dedican a estudiar los riesgos del cambio climático y las maneras de mitigarlos. En esta ocasión le tocó el turno a la Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), que es el think-tank más importante del mundo en asuntos de energía.
La puesta en escena: una rueda de prensa del secretario de Energía de los Estados Unidos, Chris Wright, en la que dijo que los EEUU abandonarían la Agencia si ésta no abandonaba sus ambiciones de liderar la transición verde a nivel global. Su argumento principal era que esta organización (que es parte de la OCDE) se creó en 1974 con el mandato de reforzar la seguridad energética de sus socios tras la primera crisis del petróleo, pero no para promover activamente la transición hacia un mundo sin emisiones.
Mr. Wright fue especialmente crítico con la Agencia por haber diseñado una «hoja de ruta» hacia un 2050 con cero emisiones con el propósito de dar soporte cuantitativo y técnico a los acuerdos de las conferencias sobre cambio climático de la ONU de 2021 y 2023: las famosas COP de Glasgow y de Dubái. La COP de Glasgow consagró el objetivo de cero emisiones para 2050 y la de Dubái la eliminación progresiva de los combustibles fósiles y la apuesta por las energías renovables. El secretario de Energía pidió en la rueda de prensa que la Agencia dejara de referirse en sus informes a esta hoja de ruta porque, según él, «todo el mundo sabe que no se cumplirá nunca».
Para ser justos, la IEA no había hecho más que seguir las instrucciones de sus países miembros, que, en los llamados «Encuentros Ministeriales» de 2022 y 2024, la habían instado a asumir ese liderazgo. El comunicado final de la reunión de 2022 afirmaba que «además de garantizar la seguridad energética mundial, la IEA tiene un nuevo principio rector: apoyar a los países en el esfuerzo global por alcanzar emisiones netas cero en el sector energético para mediados de siglo» (los subrayados son nuestros). Y también decía: «Apoyamos el desarrollo continuo por parte de la IEA de hojas de ruta del sector energético hacia las emisiones netas cero cada vez más detalladas y orientadas a la acción».
El comunicado de la reunión de 2024 (¡en plena guerra de Ucrania!) iba aún más lejos al afirmar que: «En un escenario que alcanza emisiones netas cero a escala mundial en 2050, las caídas de la demanda son lo suficientemente pronunciadas como para que no se requieran nuevos proyectos convencionales de petróleo y gas». Eso hoy no se lo cree nadie.
«La IEA había caído presa, empujada por la mayoría europea de sus miembros, en la ‘orgía de ostentación moral’ de los políticos»
No sorprenderá entonces que la IEA se cubra algo las espaldas cuando afirma que su escenario de emisiones cero en 2050 es «de carácter normativo: parte de un resultado predeterminado [la fecha tope] y trabaja hacia atrás desde ese objetivo». Resultado predeterminado por los gobiernos de sus socios. Claramente, la Agencia Internacional de la Energía había caído presa, empujada por la mayoría europea de sus miembros, en la «orgía de ostentación moral» que llevó a políticos, financieros y empresarios a aprobar en la COP de Glasgow de 2021 el objetivo de emisiones cero para el 2050, «sin prestar ninguna atención a lo imposible de su cumplimiento ni a su coste inasumible», por citar una vez más a Michael Liebreich.
En la rueda de prensa de clausura de los Encuentros Ministeriales de 2026, el director ejecutivo de la IEA, el turco Fatih Birol, no quiso responder a las preguntas de los periodistas sobre si cedería a la presión norteamericana de eliminar cualquier referencia al escenario Net Zero en sus informes futuros. La IEA haría muy bien liberándose de ese resultado «predeterminado» por los gobiernos de sus países miembros, produciendo un nuevo escenario Net Zero by 20xx que reflejara lo mejor de su conocimiento a día de hoy.
Porque apenas tres años después de su última versión, el escenario Net Zero by 2050 presenta numerosos talones de Aquiles que habría que subsanar: la apuesta no creíble por la eficiencia energética; el espejismo del hidrógeno verde; el desconocimiento de los costes sistémicos de un mix eléctrico mayoritariamente renovable; o la debilidad de unas proyecciones que, al imaginar un mundo en el año 2050 esencialmente como era el de 2020, se vienen abajo con la irrupción de la inteligencia artificial.
A pesar de todo ello, la pretensión de los Estados Unidos de que la IEA deje de incorporar en sus análisis los efectos de la transición energética es irrealista e imprudente. Aparte de las guerras que nos rodean (¡el precio del gas natural en Europa subió anteayer casi un 50%!), el objetivo más importante que guía hoy al mundo de la energía es la de la descarbonización progresiva de nuestras economías.
«La transparencia de sus planteamientos y su vocación cuantitativa nos permiten avanzar hacia un futuro descarbonizado»
La Agencia tiene que estar en condiciones de asesorar sobre los mejores caminos para avanzar en esa dirección. Y sin duda recuperar, con su conocimiento detallado de los sectores energéticos, las dosis de realismo que sus países miembros parecen haber olvidado en los últimos años. En los cuarenta meses que este columnista lleva escribiendo bajo esta prestigiosa cabecera, los informes de la IEA me han ayudado mucho a comprender la gran dificultad de alcanzar la neutralidad climática en 2050.
Porque, a pesar de sus carencias, la transparencia de sus planteamientos y su vocación cuantitativa nos permiten discutir y razonar, desapasionadamente y con cifras en la mano, sobre cómo mejor avanzar hacia un futuro descarbonizado. La responsabilidad de los poderes públicos será decidir cómo hacerlo sin malograr nuestras expectativas de un presente y un futuro de oportunidades y de prosperidad.
Esperemos que los Estados Unidos se den cuenta de que en este proceso todos estaremos mejor servidos con números que sin ellos y no abandonen la Agencia Internacional de la Energía. Quizá sea el momento de poner al día el mandato de la Agencia para reforzar su autonomía y servir mejor los intereses de sus miembros.