El día de la marmota
«Cuando examinemos los costes de este período comprobaremos que nos han dejado el país como las huestes de Ábalos y Koldo dejaban las suites de los Paradores»

Ilustración generada mediante IA.
Fuera de contexto, podría pensarse que se trata de un atisbo de sensatez. Como si algunos hubiesen recuperado súbitamente la cordura. De repente, hay voces en la izquierda que proponen aflojar la marcha en la mayoría de las iniciativas demenciales que, con el objetivo de lograr la hegemonía cultural, han nutrido su discurso durante las últimas décadas: el feminismo puritano, las políticas de identidad de género (y de todo lo demás), el talibanismo climático, la abolición de las fronteras, el pacifismo cómplice, el populismo fiscal, la demagogia chabacana y el adoctrinamiento educativo. Si así fuera, sería cuestión de felicitar a los recién amanecidos. Pero no es así. Y para hacer de este caso un resumen quizá irrelevante, pero que saldrá mucho más barato a sus usuarios que un análisis relevante, no hay más remedio que retrotraerse a su genealogía.
Durante la Transición, Santiago Carrillo optó por civilizar la lucha de clases mediante la socialdemocracia y propuso la lenta dilución de su Partido Comunista en las siglas del PSOE, siglas que mi generación solo conocía por los libros de historia. De ese modo, el separatismo terrorista y los extremismos de izquierdas se quedaron, como los de derechas, fuera del ámbito de la representación política, reducidos a la delincuencia común o a una retórica radical para puristas desorientados, profesores chiflados, estudiantes románticos y estrellas del sector artístico-cultural. Con esas excepciones, recalcitrantes pero minoritarias, España se sumó al proyecto de bienestar político, social y en alguna medida también económico —el Estado democrático y social de derecho— por el que habían apostado las democracias liberales de Europa occidental después de la Segunda Guerra Mundial.
Fue a principios de este siglo, con un presidente del Gobierno cuya amplia descendencia y gran afición a la mazmorra venezolana, el mole poblano, la bandera dominicana y el arroz tres delicias hemos conocido después en toda su extensión, cuando se inició la importación del populismo latinoamericano a nuestros pagos. Con los primeros síntomas de la crisis de la deuda, el malestar económico —totalmente justificado entre quienes estaban perdiendo sus empleos o sus viviendas— se convirtió en las acampadas del 15-M en descontento político hacia los partidos nacionales y sistémicos que habían articulado la democracia de 1978, y por tanto en virtual indignación contra la democracia liberal, ahora considerada políticamente insuficiente: «¡No nos representan!», gritaron los manifestantes, dando un paso hacia aquellos a quienes he señalado anteriormente como no-representados en el pacto constitucional. Y así empezó el día de la marmota en el que hoy nos despertamos políticamente cada mañana.
Como con la crisis empezó a proliferar el malestar, aquellas posiciones marginales volvieron a sentir bienestar, del mismo modo que habían estado en su elemento (aunque fuera un elemento abominable) durante el franquismo. Pues al ser este último una perpetuación atenuada de la Guerra Civil, mantuvo viva la ilusión de que el comunismo era un parapeto contra el fascismo (y viceversa), ilusión que en el resto de los países de nuestro entorno se había desvanecido tiempo atrás, ante las innegables evidencias de que ambos eran exactamente la misma cosa. En cualquier caso, y desde el principio, el malestar no se contempló como un problema que hubiese que resolver o mitigar, sino como una oportunidad para el surgimiento de formaciones políticas capaces de «capitalizarlo» electoralmente. Ellas son, mucho más que aquellas dos criaturas góticas que se fotografiaron con Obama en la Casa Blanca, las hijas políticas de Rodríguez Zapatero. Y la más handsome de todas se apellida Sánchez.
Y así fue como, en 2016 (el año del referéndum del Brexit y del primer triunfo electoral de Trump, cuando Otegi salió de la cárcel y Puigdemont fue elegido presidente de la Generalitat), la nueva izquierda populista-posmoderna-líquida, bajo el lema Podemos —el partido del malestar político por excelencia—, obtuvo (con sus marcas anejas) 71 escaños en el Congreso y solo 14 diputados menos que el PSOE. Es decir, que había conseguido rentabilizar y poner a cotizar a su favor en las urnas el malestar. Se trataba de la izquierda que conservaba el aroma anticapitalista, es decir, la no socialdemócrata, la que aspiraba a algo más que una simple democracia liberal y que hasta entonces había tenido que conformarse con el frente «cultural» (o sea, artístico, mediático y universitario).
«Los populismos no aspiran a sustituir el bipartidismo por el pluripartidismo, sino por el partido único»
Se dirá que, en poco tiempo, el síndrome del tripartidismo autodestructivo que había provocado a Ciudadanos el espejismo del sorpasso contagió también a Podemos, aquella formación antisistémica que nació para liquidar el bipartidismo, pero a la que el «sistema» empezó a parecerle mucho mejor cuando acarició la posibilidad de sustituir a uno de los dos partidos sistémicos. Pero no nos engañemos: el hecho de que el voto a Podemos se redujese en poco tiempo a dimensiones ridículas no significa que su competición con el PSOE se haya resuelto a favor de este último, sino todo lo contrario: fue el PSOE en cuanto partido sistémico, el que desapareció. Lo hizo desde el momento en que consideró que la socialdemocracia ya no era suficientemente rentable en términos de votos y optó por devorar a sus hijas como Saturno o como los mamíferos que practican la placentofagia, engullendo de un bocado el popurrí populista (incluido el irenista y pablista «no a la guerra» que hoy sigue vigente para hacer temblar al imperialismo yanqui).
Y así fue sustituyendo las políticas de redistribución fiscal y lucha contra la desigualdad por el festival de las identidades y las diferencias, ya sean palestinas o catalanas, unos fuegos fatuos especialmente aptos para épocas de crisis, porque el precio que se paga por ellos sólo se hace evidente a largo plazo. En los años en los que la izquierda ha cabalgado a lomos de ese potro disparatado no ha logrado la hegemonía para su revolución cultural, pero sí la declaración del estado de guerra ideológica sin cuartel contra todos los posibles votantes de la derecha, a quienes considera cultural y moralmente inferiores y políticamente deslegitimados para representar una alternativa. Los populismos no aspiran a sustituir el bipartidismo por el pluripartidismo, sino por el partido único.
¿Recuerda el lector aquellas campañas electorales con el eslogan «¡Hay que echarlos!»? Al PP y al PSOE, se entiende; el PSOE ya se ha echado a sí mismo (a perder), del mismo modo que el PNV está desapareciendo por el contagio de Bildu y las viejas Convergencia y ERC se están desvaneciendo ante Orriols. Son los partidos del no. Del no a todo y del malestar con todo… lo que no sean ellos mismos. Que el malestar de los insatisfechos con la democracia sigue siendo un negocio en el que todo el que invierte gana (gana votos para los partidos del no y de la indignación) lo prueba el hecho de que lo mismo que impulsó a Podemos hace diez años se ha adueñado hoy de Vox, nuevamente bajo el hechizo del sorpasso. Sin duda, no cabe comparar la hoja de servicios de Vox con los siniestros antecedentes penales de los aliados, camaradas y conmilitones de Sánchez; pero tampoco puede olvidarse que de vez en cuando se trasluce un hilo que lleva desde Abascal a Orbán, desde Orbán a Putin y desde Putin a Irán y volverán a Galapagar.
O sea que, como era previsible, algunos de esos votantes a quienes repetidamente se reprochaba su inferioridad moral y mental se han desplazado al extremo y han adoptado un estilo tan agresivo como el modelo Thunberg and lightning e igualmente despectivo, intransigente y orgulloso de su superioridad moral y cultural. Mientras este procedimiento daba escaños a la izquierda, no le vieron inconveniente alguno, sino todo lo contrario. Pero ahora hemos llegado al punto en el que, por este camino, quienes en otro tiempo lideraron la indignación «joven» y «auténtica» se van quedando sin simpatizantes. Una parte de ellos se ha conformado con recuperar la hegemonía en los sectores artísticos, mediáticos y universitarios dependientes del erario público, en donde el anticapitalismo está mejor pagado que en ningún otro lugar y se puede tener un canal de televisión para defender a los ayatolás y promover el burka (que eso sí que es revolucionario) alojado en la mismísima Telefónica de España. Como decía Boris Vian:
«Ahora que he comprendido de qué va la vida,
recorro las calles de París en Cadillac.
Tengo un chalecito, tres criadas y un chófer,
y los polis me saludan como a uno de los suyos»
La otra parte, que no está dispuesta a trabajar ni siquiera en los periódicos o en las Facultades de Políticas y de Filosofía, acaba de comprender que en las próximas generales no la va a votar ni Perry. Así que ha ido a pescar votantes en el único caladero en el que hoy crece esa especie: la extrema derecha. «Yo quiero ganar a Vox», dijo el otro día Rufián en Madrid. Es decir, que (del mismo modo que Marine Le Pen en Francia ha absorbido la clientela del Partido Comunista), la izquierda recalcitrante ya solo compite con Vox, pesca en su mismo caladero. Y si para no volver de vacío hay que ponerse un poco machista, un poco españolista y antiinmigrantes o un poco belicista, pues se cabalgan contradicciones, como decía Pablo Iglesias cuando cobraba de Irán por defender el feminismo.
Y no es que no sean de sentido común el retorno al feminismo verosímil, el reconocimiento de los problemas que comporta la inmigración masiva o la conciencia de que el pacifismo puede ser una coartada para apuntalar regímenes políticos criminales. Es que lo que ha llevado a dejar de considerar válidas esas posiciones extravagantes no es la convicción intelectual ni la solvencia moral, sino únicamente la necesidad de conseguir votos a cualquier precio. Exactamente igual que fue la necesidad de conservar sus escaños lo que llevó a los mismos a asumir el pack completo del ideario woke o las reivindicaciones de los secesionistas a base de indultos, excarcelaciones, memoria democrática, adenda a la Carta Magna con fe de etarras (hoy convertidos en presos políticos por Susantidad Sarandon), ley de amnistía y soberanía fiscal, avivando con ello el encanallamiento social de la mayoría del electorado humillada por esas políticas que, entre otras cosas, estaban diseñadas precisamente para eso.
Dicho de otro modo: podría uno creerse que la izquierda, al verse en peligro de extinción, ha recuperado el norte y está abandonando de buena fe la senda del disparate, si no fuera porque fue precisamente al verse en peligro de extinción cuando abandonó la moderación y tomó la senda del despropósito. Lo siento, amigos. Si algún día alguien quiere refundar la izquierda, va a tener que currárselo un poquito más. Ahora es tarde para disfrazarse de obrero decimonónico y resucitar la lucha de clases en el palacete de verano sin que parezca el número de los payasos con el que se acaba la función del circo.
Y es que, aunque las políticas de malestar (las de la lucha por la identidad) salgan aparentemente más baratas que las de bienestar (las de la lucha contra la desigualdad, que requieren importantes inversiones presupuestarias), a la larga son muchísimo más costosas. Si alguna vez tenemos ocasión de examinar los costes reales de este período de despilfarro de energías, comprobaremos que el equipo saliente, que no ha conseguido «superar» el Estado de derecho pero sí patearlo, nos ha dejado el país, más o menos, como las huestes de Ábalos y Koldo dejaban las suites de los Paradores. Y los contribuyentes seremos las kellys encargadas de limpiarlo. Hasta que llegue ese día, la política española seguirá siendo el día de la marmota.