El pacifista de la sala vacía
«Pedro Sánchez ha convertido España en el gorrón de la OTAN, el que va a la boda, se lleva el puro del padrino y todavía se queja del menú»

Ilustración de Alejandra Svriz.
A Pedro Sánchez le ha vuelto a salir el viejo vinilo del «No a la guerra». Lo ha soplado, le ha pasado la gamuza moral por encima y lo ha puesto a girar en la Moncloa… sin preguntas, sin periodistas, sin Parlamento. Un concierto íntimo en la sala de prensa con los cortesanos habituales repartidos por las sillas como figurantes de confianza. Y con la misma puesta en escena de siempre: solemnidad de sacristía, épica de cartón piedra y esa mirada de quien cree que la Historia le está haciendo una ola.
Lo significativo es que la historia, cuando de verdad pasa, no se anuncia con declaración institucional. Te atropella. Y, de paso, te pasa factura.
Sánchez ha decidido presentar el pulso con Trump como si fuera una reedición de 2003, con su foto del «trío de las Azores» como estampita para espantar demonios. Lo utiliza como se usa un espantapájaros: no para entender la tormenta, sino para asustar a los suyos con fantasmas viejos. El problema es que esta vez no estamos en un debate de sobremesa sobre Irak, sino en un tablero real donde hay bases, logística, aliados, inteligencia y, sí, vidas.
Y ahí entra el dato que a Sánchez le estropea el relato: en Washington no están jugando a la simbología, sino a la política de verdad. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lo ha dicho con precisión. España «pone en riesgo la vida de estadounidenses» por dificultar el uso de Morón y Rota. Eso, en el idioma del poder, no es una bronca de tertulia. Es una acusación de sangre. Y, además, rematada con el insulto estratégico: España como gorrón de la OTAN, el que va a la boda, se lleva el puro del padrino y todavía se queja del menú.
Sánchez, mientras tanto, se envuelve en la bandera del orgullo. Que si no seremos «cómplices», que si «seguidismo ciego y servil», que si la fortaleza «moral» del país. Moral. Con la misma ligereza con la que antes hablaba de concordia cuando pactó con Bildu y vendió el perdón a los golpistas como si fuera un producto ecológico de proximidad. Ayer la cesión era diálogo; hoy la soledad es pacifismo. El truco es siempre el mismo: cambiarle el rótulo a la botella y esperar que el vino no huela.
«Ha vuelto a convertir a España en una rareza anacrónica. Un país que se cree ‘conciencia del planeta’ mientras se queda solo»
Pero el mundo huele. Y nota.
Porque lo decisivo no es lo que Sánchez proclama, sino quién se le pone al lado cuando lo proclama. Y aquí el paisaje es desolador: no hay coro, no hay parroquia y no hay ningún país occidental sosteniéndole el argumento. Alemania, Francia, Reino Unido… pueden modular, matizar o hasta torcer el gesto. Pero no están en el púlpito de la Moncloa repitiendo el estribillo español. Sánchez se ha fabricado una épica de «nos siguen todos» cuando, en realidad, lo que tenemos es el eco del aplauso propio.
Y esa es la verdadera anomalía. Pedro Sánchez ha vuelto a convertir a España en una rareza anacrónica. Un país que se cree «conciencia del planeta» mientras se queda solo, sin confianza y sin silla en las mesas donde se parte el pan de la seguridad. El presidente habla de ONU y de Carta como si fueran amuletos. Pero en las crisis no se sobrevive con amuletos: se sobrevive con alianzas y con credibilidad. Lo otro es poner velitas con el casco puesto.
La imagen que mejor describe todo esto no la ha dado un general, ni un diplomático, ni un analista. La dio Iván Redondo con su frase de culto al líder: «Un asesor se tira a un barranco por su presidente. Yo me tiraría por él». Pues bien: Sánchez quiere que se tire España. Él no. Él se queda en la Moncloa, con calefacción, atril y manejo del guion. Los que se asoman al precipicio somos nosotros: la economía si sube la energía, la industria si se aprietan suministros, la logística si se encarecen rutas y la seguridad si nos convierten en «no fiables» justo cuando el mundo vuelve a ponerse feo.
Y al final, como siempre, queda la pregunta incómoda: si el presidente insiste en que esta postura es «patriotismo», ¿por qué su patriotismo nos deja más solos? ¿Por qué su dignidad nos reduce a un país que sermonea a los aliados y le da argumentos a los adversarios? ¿Por qué su «no a la guerra» suena tanto a mitin permanente?
Sánchez se junta siempre con lo peor. Esta vez, lo peor no es una persona. Es un hábito: confundir el interés nacional con su interés personal. Y pretender que, si el salto sale mal, al barranco caigamos los demás.