The Objective
Ignacio Vidal-Folch

La guerra también es esto

«La exposición ‘Pedagogías de guerra’, en el Museo Thyssen, consiste en cuatro vídeo instalaciones sobre la infiltración de la guerra en la vida cotidiana»

Opinión
La guerra también es esto

Ilustración generada mediante IA.

Algo impactante y sutil y… digamos real, que se puede ver en el Museo Thyssen es la exposición de la pareja de artistas ucranios Roman Khimei y Yarema Malaschuk —trabajan juntos desde hace diez años y son bien conocidos en el circuito internacional del arte—, organizada por la fundación TBA21, y comisariada por Chus Martínez.

Bajo el título de Pedagogías de guerra, consiste en cuatro videoinstalaciones sobre diferentes aspectos de la infiltración de la guerra en la vida cotidiana. Veo parentesco aquí con el estruendo lejano de los cañonazos que suenan como barrera de fondo al viaje ensoñado de Rendez-vous à Bray, cita frustrada por la muerte —que no se cuenta, que solo cabe suponer— del amigo que cursó la invitación al narrador a visitarle. Parentesco nada raro, ya que Julien Gracq, en cuyo Rey Cophetua se basa la película Cita en Bray, combatió en la Segunda Guerra Mundial (en seguida cayó prisionero, con todo su batallón). Adelanto que, como en El rey Cophetua (o sea, como en Cita en Bray), tampoco aquí, en ninguna de las cuatro instalaciones de Pedagogías de la guerra, se muestra el frente de combate, ni muertos, ni sangre.

La más potente y narrativa de las cuatro piezas, de la que quiero hablar ahora, se titula Mundo abierto y fue realizada el año pasado. Lo que cuenta es esto: un chico que al principio de la invasión rusa se exilió en Polonia, probablemente para no ser movilizado, maneja desde su casa en Varsovia un perro robótico de utilidad militar, para que camine, con sus andares mecánicos, y emitiendo sus inquietantes ruidos y jadeos metálicos, como su avatar, como sus ojos y oídos y su monstruosa representación física, por los escenarios de su vida pasada, en su Kiev natal. Así ya se entiende que la obra enlaza experiencias de cercanía emocional y de frialdad tecnológica, domesticidad, extrañamiento y separación, tragedia de fondo y rutina alterada, con los efectos turbadores que pueden imaginarse.

Se proyecta en dos pantallas. En una, el chico —se llama Yaroslav Adamov, Yarik el diminutivo— está en el cuarto que ahora ocupa en Varsovia, con los auriculares en las orejas y pilotando a su avatar a cientos de kilómetros de distancia; en la otra pantalla vemos a este, al robot dotado con cámara, pantalla y altavoz, en sus andanzas por Kiev: entra, taconeando sobre el entarimado —pero no con la gracia de Fred Astaire ni de un bailarín flamenco, sino con redoble siniestro— en la escuela donde Yarik cursó sus estudios y, siguiendo sus instrucciones —«a la izquierda tiene que haber una puerta»—, le envía imágenes de las aulas, ahora destartaladas y abandonadas…

Al anochecer, el perro robot sale a la orilla del río Dniéper, donde se encuentra con una niña que está de paseo con su abuelo.

—¿Habías visto antes a un robot como yo? —le pregunta Yarik.

—Sí, claro —responde ella.

—Yo también había visto niñas antes, así que estamos igual.

La niña corretea a su lado, y cuando él tropieza con un obstáculo y queda patas arriba como el escarabajo al principio de La transformación de Kafka, es tan amable que le ayuda a ponerse otra vez sobre las patas.

Luego el perro se encuentra con unos vecinos bien abrigados, sentados en sillas de playa, ante una fogata, haciendo un picnic: también ellos reciben a la mascota mecánica sin extrañeza (les ha tocado ya ver cosas más extrañas), y conversan con él con naturalidad.

Por fin el perro aparece en casa de la madre de Yarik, Natalia; a través del robot, madre e hijo conversan. Él pide que le muestre a su gato. Ella lo coge en brazos y se lo muestra. En fin, se lo muestra a la cámara del robot. Él pide que acaricie al gato. Ella dice que lo acaricia con frecuencia y, en efecto, se pone a acariciarlo. Él dice que el gato no parece especialmente contento de verle (en la pantalla del robot). Ella le recuerda que los gatos no son animales expresivos, no son como los perros. Él, que en todo momento procura mantener una actitud desenfadada, celebra que la vida de su gato sea tan agradable: todo caricias y afecto.

—¿Me añoras, Yarik? —pregunta su madre.

—Los primeros días sí, pero ahora ya no.

—Ah.

Tras un momento de silencio, aclara Yarik:

—Era una broma, madre. Estaba siendo irónico.

En ese momento suena el timbre de la puerta, el chico se saca los auriculares y sale de escena, y ahora vemos solo el sofá donde hasta hace un momento estaba sentado, mientras se oye en off su conversación con un mensajero que le trae un paquete: «¿No lee la tarjeta?… En monedas tengo solo diez zlotys… Probemos con esta otra tarjeta…»

Natalia se inquieta, ¿por qué no ve ya al chico en la pantalla del perro robot que tiene delante? ¿Es que se ha producido alguna avería, o es que sin avisar ha cortado la comunicación?

Por fin Yarik vuelve a sentarse en el sofá, vuelve a ponerse los auriculares. Viéndole otra vez, Natalia le pregunta: «¿Te habías ido a alguna parte?»

Fin. Las otras tres piezas de Pedagogías de guerra no desmerecen de esta.  

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