Sánchez se viste de gala
«El desorden internacional le ha permitido sacar del vestidor de la Moncloa el más hermoso de los atavíos que pudiera imaginar, el hábito de predicador de la paz»

Ilustración generada mediante IA.
Que Sánchez es un personaje al que le gusta figurar no ofrece mayores dudas: siempre aparece para enaltecer su papel y nunca comparece, o se esquina, si la representación le resulta inapropiada al personaje que íntimamente se adjudica. Su innegable capacidad para causar sorpresa, su ligereza para cambiar de papel o de opinión, como a él le gusta decir, deriva de que en él su persona está siempre por encima de cualquier papel, de toda institución.
Sánchez es Sánchez y siempre lo será, solo que esa hiperestesiada fidelidad a su daimon, a su demonio interior, cuadra muy poco con el papel de un gran político y por eso está siempre dando que hablar, lo mismito que su enemigo íntimo, que el pelirrojo Trump. Lo que ocurre con la presidencia norteamericana tiene un innegable paralelismo con la conducta política de Sánchez: olvido de cualquier límite, egotismo exacerbado, autoelogio infinito, moral escurridiza, pero la diferencia está en que el pelirrojo es el presidente de los EEUU y, como tal, un hombre muy poderoso, mientras que Sánchez es un presidente en precario de un país muy venido a menos, pero esa no es una circunstancia que pueda desanimar a nuestro Sánchez.
Pocos como él se han deleitado con las mieles del poder que, aunque inexistente a escala planetaria, le permite caciquear a modo y cuanto quiera sobre la sufrida piel de toro. Las palabras nunca le han faltado a la hora de travestir en gigantes a unos molinos ya fuera de uso y, lo mismo que anuncia pomposo que ha asumido cualquier responsabilidad, como la del último descarrilamiento de trenes, sin que nada haya hecho, es capaz de denominar «fondo soberano», cual si fuésemos unos jeques cualquiera que hacen especulación con las rentas de su imperio de petróleo, a un engendro destinado a disimular la insolvencia en la inversión de los dineros que la UE nos ha ido dando a ver si conseguimos arreglar algo de lo mucho que no funciona.
Pues he aquí que cuando muchos presagiaban un desmayado salir de escena de nuestro figurante, los hados imprevisibles del embravecido desorden internacional le han permitido sacar del vestidor de la Moncloa el más hermoso de los atavíos que pudiera imaginar, el hábito indomable del incesante predicador de la paz, de la más sublime de las palabras. «No a la guerra», ha dicho tras un discurso hábilmente trenzado para llegar a esa cumbre dramática.
El disfraz de pacifista principal ha venido acompañado de palabras de condena para todo bicho viviente, lo que permite disimular, solamente un poco, no exageremos, la inquina feroz hacia el condenado principal, esa mezcla de rechazo visceral y oculta envidia a quien, como Trump, podría hacerle el insigne favor de otorgarle una especie de resurrección política. Si se escucha a sus exégetas televisivos, Sánchez no solo ha tenido un gesto gallardo y admirable, sino que encabeza una especie de reviviscencia de la adormecida conciencia moral de todo el Occidente.
«Los ahorcados por los clérigos chiitas, aunque se cuenten por miles, no han merecido nunca la atención de la grey progresista»
Y, sin embargo, qué lejos quedan esas condenas de cualquier acción que pudiera tomarse como un castigo. Se condena por decir algo, pero no existe la menor relación entre esa sentencia y la realidad porque semejante veredicto es la tapadera de una impotencia absoluta: se condena porque no se puede hacer nada más que eso, porque ese acto verbal no es otra cosa que un vagido animal a la espera de que se levante el coro desfallecido de las almas bellas, de las izquierdas desunidas, de la grey antinorteamericana, la mayor del mundo, superior a la de Francia, y ya es decir, que ahora bien puede acompañarse de una ola antisemita disimulada con esplendidez por las sucias y terribles imágenes que nos sirven las televisiones del régimen, que son muchas más de las que lo parecen.
Luego se puede acusar a otros partidos de usar a los muertos, pero ya se sabe que los muertos son de muchas clases y no es razonable confundirlos. Los ahorcados por los clérigos chiitas, aunque se cuenten por decenas de miles, no han merecido nunca la atención de la grey progresista que sigue enarbolando en exclusiva las pompas fúnebres de su conveniencia, acompañando siempre la imagen con una palabra esclarecedora; así se ha podido ver en la TV de la causa una panorámica de Teherán bajo el sol implacable en el que, al fondo, se veía una humareda oscura y solitaria, pero la voz advertía de que la capital estaba sometida a un bombardeo sistemático e implacable de las fuerzas ajenas al derecho internacional.
Cierta izquierda ha descubierto que una de las pocas salidas vistosas a su empeño está en esa defensa de un derecho que ni es derecho ni tiene poder que lo resguarde y eso, que no acaba de ser coherente, muestra cómo esa izquierda siempre otorga mayor valor a los territorios y los sistemas que a las personas, unas entidades que nada importan si no están bien sometidas y bajo su amparo.
Así se puede defender a los tiranos, a los Castro y a los Ortegas, a los ayatolás y a la corte de Maduro, con el derecho que más interesa a los gobiernos abyectos, asesinos y miserables, tal vez porque siempre pueden destinar unos dólares a que sobrevivan y sigan piando los enemigos del gran Satán americano que pueden gozar de la libertad de discrepar en esos regímenes a los que las Guardias Revolucionarias consideran criminales sin excusa ni remedio.
«Sánchez trata de sortear un destino que se adivinaba incierto y tenebroso asumiendo el papel de líder moral universal»
Sánchez, siempre hábil y secundado por los centenares de asesores que religiosamente le consentimos, trata de sortear un destino que se adivinaba incierto y tenebroso asumiendo el papel de líder moral universal, un empleo que le reconoce Susan Sarandon al tiempo que da fe de su guapura. La vida está llena de situaciones en las que los honores y los premios no se adjudican con justicia ni inteligencia y cada cual es muy libre de admirar y venerar a quien se le ocurra, de manera que no hay nada en especial inquietante en que Pedro Sánchez se adjudique un papel tan ejemplar, brillante y honorable, aunque no muy original porque este tipo de cosas las decían antes los jesuitas, el Vaticano y la Conferencia Episcopal.
El único problema estará en que haya muchos españoles que puedan usar este nuevo disfraz de Sánchez como argumento decisivo para que llegue a estar 12 años en la Moncloa, pero ni siquiera ese sería el mal mayor, porque lo que debiera preocuparnos es que nadie haya hecho nada medianamente en serio para evitar que ese sentir tan fuera de la realidad que nos afecta pueda servir para seguir profundizando en la senda de deterioro económico y social en el que estamos metidos, atemperado siempre, eso sí, por las más bellas palabras.