The Objective
José Carlos Llop

Goyas

«’Los domingos’ es algo más porque no se ha sumado al discurso oficial que permea nuestra sociedad desde hace décadas: la oficialidad del escéptico, del cínico»

Opinión
Goyas

Ilustración generada mediante IA.

Los Goya de este año parecían un partido Madrid-Barcelona. Que si Los domingos, que si Sirāt, esta era la pelota en juego. Al final ganó Los domingos con cinco premios y los más importantes, mientras que Sirat quedó segundo con seis y una constante presencia televisiva de su director Laxe. A lo mejor esta omnipresencia nacía de un deseo de TVE, como quien dice «esta es nuestra apuesta». La sorpresa estuvo en las declaraciones de una actriz que debe de estar muy puesta en cuestiones religiosas, abominando de las vocaciones y otros pecados. Su preocupación —diría que su indignación— estaba en que los jóvenes acudieran ahora al chiringuito [sic] que tiene montado la Iglesia, erigiéndose ella en espada flamígera y anatema sea. Nada que no haya pasado con anterioridad.

Diré que siento respeto por la vocación religiosa, de origen tan misterioso como la poesía. También lo siento por las monjas que viven en clausura —y rezan por nosotros— y por los monjes que nos enseñaron el ora et labora y la regla de san Benito. O por cosas tan dispares como el ejemplo de san Francisco, la vida de santa Teresa y la voluntad ignaciana. Sin olvidar los versos de fray Luis de León y san Juan de la Cruz. Son la herencia que conforma el humus espiritual donde me hice: desde el Antiguo Testamento y los Evangelios; desde la historia de los Concilios hasta los trabajos del cardenal Ratzinger cuando lo descubrí hace años, por indicación de mi padre.

Por otro lado —disculpen: esto iba de cine—, pertenezco a una generación acostumbrada, en los últimos coletazos de la adolescencia, a los problemas metafísicos de las películas de Bergman y, antes, a conocer el desarrollo de una vocación religiosa a través de películas como El cardenal o Las sandalias del pescador. Y lo digo así porque, ya que estamos, prefiero recordar que La pasión según san Mateo, de Pasolini, fue en su momento impactante para todos nosotros, como lo serían, años después y ya de otra manera, más hollywoodense, La misión, de Roland Joffé, y La pasión, de Mel Gibson. Pero incluso esta última da la impresión —como las demás ahora— de pertenecer a un tiempo ido, a un tiempo que fue, aunque nosotros vengamos de ese tiempo y nos resistamos, de una manera u otra, a perderlo. También nosotros ya somos tiempo ido, o que se está yendo, y no estaría mal que lo dicho fuera parte de nuestra memoria, ya sin tronos, pero tampoco con abominaciones.  

Una película como Los domingos llama la atención por lo inusual y porque su éxito parece —repito: parece— el síntoma de un cambio de ciclo, del mismo modo que lo parece el último disco de Rosalía, sin que una y otro tengan nada que ver. Los domingos es una película esquemática, sencilla y con un lejano eco, ejem, de La vida sale al encuentro, la novela para adolescentes de posguerra de Martín Vigil, o algo así me recordó su atmósfera narrativa. El disco de Rosalía, en cambio, posee una voluntariosa sofisticación apoyada en otros ecos: desde Klaus Nomi a Nina Hagen —sin su radicalidad—, pasando por la música polifónica de carácter religioso en los juegos de voz de la cantante. Nunca hay nada nuevo bajo el sol, más allá de nosotros y por poco tiempo porque nos hacemos mayores enseguida. Aunque no sé ahora, porque lo de hacerse mayor en los jóvenes es lo único que parece ir lento.

«Es una bonita película donde la bondad radica en la vocación de la niña y su contrario en las frustraciones del mundo adulto»

Dicho esto, Los domingos es una bonita película donde la bondad radica precisamente en la vocación de la niña y su contrario en las frustraciones del mundo adulto: desde el fracaso profesional del padre al racionalismo de la tía que deriva hacia el resentimiento, que es otro rostro de la maldad, entendiendo maldad como aquello que daña y afea a quien lo posee.

Pero ha quedado claro que Los domingos es algo más, porque no ha despertado indiferencia, ni se ha sumado al discurso oficial que permea nuestra sociedad desde hace décadas: la oficialidad del escéptico, del descreído, del cínico. El que viene de los hijos y nietos de la llamada Filosofía de la sospecha: la que comienza con Carlos Marx, continúa con la muerte de Dios de Nietzsche y se culmina con Sigmund Freud, adueñándose del discurso público hace mucho tiempo. Los domingos —o mejor: la vocación de la niña— escapa a esa filosofía desde la fe y el misterio, que al mismo tiempo se muestra en el papel de la tía —magníficamente representada por la actriz Patricia López Arnaiz— y su angustiosa deriva final. Y así como encontré al curita un tontín de manual, la madre superiora me pareció impecable.

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