El mundo en mi ombligo
«Un país completamente irrelevante como España no puede permitirse tener una política exterior que es simplemente una proyección de su política interior»

Imagen creada con IA.
A finales de enero, en el Foro de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney dio un discurso que se ha citado ya miles de veces. En él, dijo que «el mundo está en medio de una ruptura, no de una transición» y que el orden liberal basado en normas era una «ficción útil». Unos días antes, tras la aprobación de un acuerdo comercial con China, Carney dijo que el país asiático era mucho más fiable que Estados Unidos: «Aceptamos el mundo tal y como es, no como nos gustaría que fuera». Es algo que ha repetido esta semana como respuesta a los bombardeos estadounidenses e israelíes en Irán, decisión que apoyó con resignación y sin mucho entusiasmo: «Estamos afrontando activamente el mundo tal como es, no esperando de forma pasiva el mundo que quisiéramos que fuera».
La postura de Carney no es aislada. Es un buen ejemplo de un nuevo mundo multipolar en el que las alianzas clásicas ya no tienen tanto sentido: Carney criticó a Estados Unidos mientras negociaba con China, y un par de meses después apoyó la campaña estadounidense contra Irán. Todos los actores de la OTAN están actuando según sus intereses inmediatos. Macron criticó la guerra de Irán, desplegó sus armas nucleares como maniobra disuasoria, se comprometió a defender Chipre y a intervenir en Líbano, donde tiene un pasado colonial. El canciller alemán Merz criticó a Sánchez junto a Trump y apoyó los bombardeos, aunque luego moderó su entusiasmo. Giorgia Meloni se mantuvo en silencio, pero en el fondo sabe que no le conviene una posición muy proestadounidense. Quizá Sánchez esté siendo más cínico, pero su actitud no está siendo radicalmente diferente a la del resto de nuestros socios.
Hoy ser atlantista es algo muy difícil. No está claro en qué consiste. ¿Es intentar al menos cumplir con la legalidad internacional? ¿O es seguir a pies juntillas todo aquello que hace Estados Unidos, como dijo el otro día el secretario de la OTAN Mark Rutte («La OTAN es una plataforma para que Estados Unidos proyecte su poder en la escena mundial»), incluso cuando EEUU se proclama enemiga de la UE y se mete en misiones suicidas? Hace apenas unos meses, Trump amenazó con invadir un país de la OTAN. Y en el documento de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos se hacían durísimas críticas contra Europa (a la que acusaban de estar en un declive civilizacional).
Esta semana, algunos supuestos atlantistas españoles han sugerido que ser pro-OTAN es ser lo segundo y han criticado al presidente Sánchez por no apoyar a un aliado como EEUU en la guerra en Irán. Es una postura pre-Trump, de un mundo que ya no existe. Y en muchas ocasiones es una postura de política interior: en un discurso en el que mezcló a ETA con las hijas de Zapatero e Irán, Isabel Díaz Ayuso sugirió que Sánchez va con los ayatolás y defendió a la oposición iraní.
«Ante la incapacidad de comprender lo que ocurre en el exterior, proyectamos cualquier conflicto global en el interior»
La guerra de Trump no va a ayudar mucho a los iraníes. El carpet bombing israelí (estilo Gaza), la financiación de los kurdos para que tomen el poder, la sugerencia que hizo el presidente Trump a los iraníes de que se levanten contra el régimen, el vacío de poder actual o el objetivo de «rendición incondicional» pueden conducir a una guerra civil o a un estado de anarquía como en Libia tras Gadafi, con sus ramificaciones en materia de terrorismo y crisis de refugiados. Pero eso a Israel no le importa, como afirmó un analista israelí en el Financial Times, resumiendo la posición del gobierno de Netanyahu: «Si propiciamos un golpe de Estado, genial. Si conseguimos que salga la gente a las calles, genial. Si provocamos una guerra civil, genial. A Israel le da completamente igual el futuro… [o] la estabilidad de Irán».
Todos estos matices dan igual en el debate público español, que no da para mucho. El mundo arde y aquí debatimos sobre la pelea entre Vito Quiles y Sarah Santaolalla. Ante la incapacidad de comprender lo que ocurre en el exterior, proyectamos cualquier conflicto global en el interior. Si Sánchez quiere volver al «no a la guerra» para galvanizar a los suyos, a la derecha le viene también genial: ¡vuelven el zapaterismo y el antizapaterismo, el aznarismo y el antiaznarismo! Y así rejuvenecemos. Un país como EEUU puede permitirse (aunque cada vez menos) su provincianismo y ombliguismo; al fin y al cabo, sigue siendo hegemónico y los demás le siguen. Pero un país completamente irrelevante como España no puede permitirse tener una política exterior que es simplemente una proyección de su política interior.