The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

Gadafi, Corea del Norte y los ayatolás

«Si Irán tiene el material, el sistema de detonación y los misiles para cargar una bomba, podrán inventarse lo que quieran, pero están haciendo una bomba nuclear»

Opinión
Gadafi, Corea del Norte y los ayatolás

Cohetes nucleares. | Imagen generada con IA

Esta historia comienza en una oficina cualquiera de Holanda a comienzos de los años setenta. Un joven ingeniero de origen indopakistaní, que había estudiado física en la Universidad de Karachi, fue contratado en 1972 por una empresa de Ámsterdam como especialista en metalurgia. Hasta aquí nada fuera de lo normal, salvo que la empresa en cuestión era subcontratista de Urenco, el consorcio fundado por Reino Unido, Alemania y Holanda para enriquecer uranio y fabricar combustible nuclear.  

Nuestro protagonista se llama Abdul Qadeer Khan y comienza a moverse con mucha soltura en el ecosistema de instalaciones sensibles, como la fábrica de enriquecimiento de uranio de Almelo. No había motivos, a priori, para sospechar del joven Khan. Había salido de Pakistán en 1961 para estudiar en la Universidad Técnica de Berlín y luego en la de Delft. Posteriormente, se doctoró en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y se casó en La Haya con una sudafricana de pasaporte británico. Un perfil cosmopolita, con estudios serios y una vida bastante normal.

Pero en mayo de 1974 sucede algo que lo cambia todo. India realiza su primera prueba nuclear, lo que supone una amenaza existencial para Pakistán. Khan, nacido en la India británica y empujado a emigrar a Pakistán tras la partición y la persecución de los musulmanes, lo vive como una amenaza personal y nacional. En septiembre de 1974 escribe al primer ministro pakistaní ofreciéndose para ayudar a desarrollar una bomba propia. A partir de ese momento, comenzó a robar documentos técnicos, diseños y planos que enviaba a su país.

En Urenco terminaron oliendo el humo y le apartaron de tareas con acceso a documentación sensible, pero era ya tarde. Khan regresa a Pakistán, se pone al frente del programa de enriquecimiento de uranio y, a partir de los diseños originales europeos que había robado, diseña los nuevos modelos de centrifugadoras P1 y P2. Quédense con estos diseños; volveremos sobre ellos más adelante.

Saltamos a principios de los ochenta y conviene aclarar un detalle fundamental. Los servicios secretos holandeses conocían las actividades de Khan cuando estaba en Urenco, pero le dejaron hacer, presuntamente por indicaciones de la CIA, que veía en Pakistán un aliado útil en el tablero de la guerra entre la Unión Soviética y Afganistán. Para entonces, Khan no era simplemente un científico con ambición. Había montado una red clandestina con decenas de empresas a nivel mundial que le suministraban piezas y materiales para su programa. Una cadena de suministro perfectamente engrasada, discreta y eficaz. Y cuando existe una cadena así, siempre hay alguien dispuesto a pagar por usarla.

Empecemos por Corea del Norte. Pakistán detona su primera bomba nuclear en 1998, pero se encuentra con un problema clásico. No contaba con la tecnología necesaria para conseguir integrar una cabeza nuclear en un misil de largo alcance. La solución llega de la mano de los norcoreanos, entonces bajo la mano de hierro de Kim Il-Sung, el abuelo del actual dictador Kim Jong-Un. Khan les vende tecnología nuclear para el desarrollo de su propio programa encubierto y, a cambio, los norcoreanos le ayudan a desarrollar los misiles Ghauri, capaces de portar ojivas nucleares. 

Cambiamos de escenario y nos vamos a octubre de 2003, puerto de Taranto, sur de Italia. Una operación conjunta de la CIA con los servicios secretos británicos, alemanes e italianos intercepta varios contenedores a bordo de un carguero de bandera alemana llamado BBC China. El barco procedía de Dubái y se dirigía a Libia. En el interior de los contenedores aparecen componentes para alrededor de mil centrifugadores de enriquecimiento de uranio, precisamente del diseño P1 de Khan. La inteligencia occidental confirma dos cosas simultáneamente, que Gadafi tiene un programa nuclear oculto y que Q. Khan tiene una red nuclear clandestina que opera a nivel internacional.

Y aquí entra Irán. Más o menos por la misma época, un grupo disidente iraní sacó a la luz información sobre un programa nuclear clandestino con el fin de conseguir cinco cabezas nucleares (nombre en clave del proyecto, Plan Amad). Al régimen de los ayatolás le pillan con el carrito de los helados. Cuando los inspectores de la Agencia Internacional de la Energía Atómica llegan a Teherán, se encuentran con las pruebas de un programa que había comenzado con Jomeini en 1987. Pero encontraron mucho más. Para empezar, casi 2.000 kg de uranio que les habían vendido los chinos en 1991 y centrifugadores de los diseños P1 y P2 de Khan. Además, planos paquistaníes para fabricar una cabeza nuclear. Los mismos que Gadafi había comprado a Khan y la CIA acababa de interceptar en Italia. 

A partir de aquí, la presión internacional se endurece y Pakistán se queda sin escapatoria política. En febrero de 2004, Khan aparece en televisión y confiesa haber transferido tecnología sensible a Irán, Libia y Corea del Norte. Si lo miras con frialdad, lo más inquietante no es el personaje de Khan, sino la lección que deja. Irán no fue un comprador ocasional, sino un alumno aventajado que supo moverse con sigilo en los mercados negros y desarrollar durante años actividades nucleares encubiertas. Hasta que los pillaron.

A pesar de todas las evidencias, todavía hay quien insiste en que Irán no buscaba una bomba. Pero la escena completa indica lo evidente. Tenían existencias de uranio enriquecido a grado militar para fabricar múltiples cabezas nucleares, un reactor nuclear de agua pesada apto para producir plutonio, un programa de misiles con capacidad para portar ojivas nucleares y, según hallazgos de los inspectores, contaban con una instalación secreta donde realizaban pruebas de explosivos semiesféricos, necesarios para una detonación nuclear. Qué quieren que les diga, si tienen el material, el sistema de detonación y los misiles para cargar una bomba, podrán inventarse lo que quieran, pero están haciendo una bomba… y no se hacen para admirarlas en una vitrina.

Publicidad