The Objective
Antonio Caño

Trump no es normal... y Sánchez tampoco

«No estamos obligados a elegir entre ambos. Los dos son anomalías que dañan al conservadurismo, a la socialdemocracia y a la convivencia»

Opinión
Trump no es normal… y Sánchez tampoco

Imagen generada con IA.

La última guerra en Oriente Próximo ha sumido a España, como suele ocurrir con todo, en un apasionado debate nacional derecha-izquierda que esta vez obliga a alinearse con Donald Trump o con Pedro Sánchez. Hay muchos elementos en ese conflicto que desbordan, por supuesto, esa restringida limitación ideológica —el más importante, el de los derechos humanos—, pero, como es habitual, el líder socialista vio en la ocasión una oportunidad de levantar nuevos muros entre los españoles y gran parte de la derecha cayó en la trampa.

No es preciso ser equidistante ni moderadito para objetar las razones y los métodos de Trump en esta guerra y, al mismo tiempo, criticar la posición de Sánchez. La mayoría de la izquierda, sin embargo, aplaude la actitud de este último con tanta fuerza como gran parte de la derecha ovaciona al presidente norteamericano. Ambos cometen el error de asumir que tanto Trump como Sánchez son la expresión hoy de sus respectivas corrientes políticas.

No lo comparto. Ni la derecha debería normalizar a Trump como la figura que, después de todo, defiende y representa hoy su pensamiento político, ni la izquierda debería haber dado por bueno que Sánchez es su hombre, pese a la más que dudosa honradez de su conducta y las innumerables ocasiones en las que sus decisiones han sido contrarias a posiciones progresistas. El hecho de que ambos estén ahora en el poder y de que, en el caso de Trump, sea de enorme influencia y relevancia, no puede ser motivo para caer tan dócilmente en sus brazos. Uno y otro son anomalías que causarán un profundo daño al conservadurismo y a la socialdemocracia. Los dos son, esencialmente, populistas, y aunque el populismo se presenta unas veces con el ropaje de la derecha y otras con el de la izquierda, siempre es, por encima de todo, populismo.

La derecha se engaña diciendo que Trump tiene buenas intenciones y que, aunque sus modales y sus palabras a veces nos confundan, en realidad sabe lo que hace y se marca los objetivos correctos. Ha devuelto la democracia a Venezuela —no lo ha hecho—, ha acabado con los ayatolás —no ha acabado— y pronto va a poner fin a la dictadura en Cuba —de momento, tampoco—. Los más ardorosos partidarios incluso lo ponen como ejemplo y aseguran que Trump, con todos sus defectos, ha conseguido más en un año que toda la derecha tradicional europea en décadas. Insisto, el saldo real de éxitos de Trump es más que discutible. Desde luego, Ucrania no está entre ellos, e imagino que para el conservadurismo la derrota de Rusia en suelo europeo debería ser una causa prioritaria, tanto o más que la de Irán. Pero, además, esa derecha tan trumpista debería preocuparse más por el triunfo de Trump que por su fracaso, puesto que su victoria representa también la de Vox, Orbán y el resto de populistas reaccionarios que quieren destruir este orden maltrecho que tanto les molesta, el orden, por cierto, del que forma parte el Partido Popular.

En el otro campo, fuera de nuestras fronteras, la izquierda desconoce a Sánchez. Solo ha visto sus fotos en las que sale muy favorecido, pero ni siquiera han podido escuchar sus discursos porque la mayor parte de los que lo elogian en prestigiosas cabeceras internacionales ni siquiera hablan español. Mucho menos saben de la historia y la política de nuestro país. Excusados quedan por su ignorancia. Pero la izquierda patria sí que sabe quién es Sánchez, y por eso desconcierta más que incluso los más inteligentes entre ellos vengan ahora a decir con motivo de esta guerra: esta vez ha acertado, ahora estamos con él. Es verdad que un reloj averiado da la hora correcta dos veces al día, pero todos conocen en la izquierda las convicciones de Sánchez y su único fin en la política: él mismo. También cuando se enfrenta a Trump y dice «No a la guerra».

Normalizar a Sánchez y asumir que hoy representa a la izquierda es tan peligroso como aceptar que Trump es la única garantía del éxito de la derecha. Ambos son aberraciones que las personas que piensen en su país por encima de sus bandos políticos deberían combatir si queremos tener un futuro en paz.

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