Los verdaderos fascistas
«La mentira ideológica, en nombre del islam, cubre un sistema de privilegios clericales, riqueza, corrupción, acuerdos mafiosos y perpetuación del poder»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La postura de Pedro Sánchez y su «No a la guerra» genera apoyo mayoritario de manera genuina en la sociedad española, más allá de los aplaudidores sistémicos que expresarían, con fanfarrias, vítores de cualquier postura. Además de la tranquilidad moral que da estar en una causa inapelable en abstracto, permite exudar dos viejos fantasmas: el antiamericanismo de trompeta y el antisemitismo de piel. Nadie en su sano juicio desea un conflicto armado. El problema surge cuando una consigna, que además funciona como coartada electoral, permite esquivar preguntas fundamentales de nuestro tiempo: qué regímenes existen al otro lado del conflicto y por qué su supervivencia no es un asunto baladí.
Del excelente libro Un mar de dudas (Grano de Sal, 2025), de Carlos Bravo Regidor, que reúne conversaciones con 14 pensadores sobre política, historia y filosofía, destaco la entrevista con el académico argentino Federico Finchelstein sobre el fascismo. Para Finchelstein, son cuatro las características comunes y necesarias de todos los regímenes fascistas que ha habido en la historia. La primera, una dictadura. Independientemente de cómo haya llegado al poder el líder fascista —incluso desde la democracia, como Hitler—, solo puede gobernar desde la dictadura, algo muy distinto al populista, que requiere de la democracia para parasitarla y vaciarla de sentido, pero sin cancelarla del todo.
La segunda condición es el odio extremo y la creación de un adversario demonizado al que es legítimo perseguir, encarcelar y, por qué no, exterminar. Los resortes tribales de la xenofobia y el racismo son esenciales. El tercero es la glorificación de la violencia: la violencia como motor de la historia, la violencia como solución a los problemas. El fascismo nace para combatir la revolución comunista con una revolución de signo contrario. Una violencia dirigida desde arriba, brutal e inmisericorde. Esta violencia es primero paramilitar, y una vez en el poder, organizada desde el Estado, militar. La cuarta es la mentira, pero una mentira peligrosa: no la del que sabe que miente, sino la del fanático que se cree sus mentiras o que busca transformar la realidad hasta que encaje en su relato. Pasemos este examen a Irán, Venezuela y Estados Unidos.
El régimen iraní cumple todos esos criterios con precisión. Desde la Revolución de 1979, la República Islámica se ha sustentado en una dictadura teocrática donde el Líder Supremo y la élite clerical controlan el sistema político, el ejército y la justicia sin rendir cuentas a los ciudadanos. El enemigo interno incluye a toda disidencia respecto a la aplicación de la sharía —que, como toda teocracia, es una interpretación humana de supuestos deseos divinos— y especialmente a las mujeres, tratadas como ciudadanas de segunda, encerradas tras el velo y bajo la autoridad permanente de un hombre. El enemigo externo es Israel, al que buscan destruir, como muestran los ataques del 7 de octubre de sus proxies, y Estados Unidos, presentado como el «Gran Satán». La violencia militarizada está organizada a través del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la Milicia Basij, encargados de vigilar y reprimir a la sociedad. La mentira ideológica, en nombre del islam, cubre un sistema de privilegios clericales, riqueza, corrupción, acuerdos mafiosos y perpetuación del poder.
El caso de Venezuela requiere un análisis más detenido, porque permite entender la transición del populismo electoral al fascismo institucionalizado. Hugo Chávez llegó al poder de manera democrática en 1998, apoyándose en elecciones, y mantuvo durante años la apariencia de democracia. Su Gobierno era populismo en estado puro, ya que legitimaba su poder con las urnas, pero con previo cambio a las reglas de juego a medida para garantizar su victoria. El control sobre los medios y los tribunales, pero sobre todo la creación de una Constitución a modo, muestran cómo Chávez fue transformando su régimen populista en una dictadura. La enfermedad le impidió completar su labor destructora, pero el proceso se consolidó con Nicolás Maduro. La erosión del apoyo social, la crisis económica y la presión internacional hicieron evidente que el régimen no podía sostenerse mediante elecciones, ni siquiera amañadas. Para conservar el poder, Maduro impuso la dictadura, apoyada en el ejército y en estructuras de represión sistemática, y tuvo que desconocer el resultado electoral que dio la victoria a Edmundo González. La proeza de María Corina Machado quedará inscrita en la historia de la libertad, más allá de lo que los hados de la fortuna le deparen. Con Maduro, la violencia se convirtió en el eje de su poder, con El Helicoide como símbolo. El relato del «socialismo del siglo XXI», un simple cascarón vacío, era la mentira sistémica, mientras se gobernaba mediante redes criminales y alianzas con el narcotráfico. Así, un régimen populista evolucionó a un sistema que cumple todos los criterios de Finchelstein para ser considerado fascista. El examen aplicado a Cuba arrojaría resultados similares o peores que los de Irán y Venezuela, porque una quinta característica del fascismo es que, una vez completada la tarea mesiánica interna de erradicar el mal, se busca proyectar ese poder al exterior. Y en eso Cuba ha sido una verdadera maestra.
Donald Trump ilustra un caso distinto. Llegó al poder de manera democrática, pero mostró durante su primer y ahora en su segundo mandato pulsiones autoritarias y populistas. El caso extremo fue alentar las protestas contra el resultado electoral en que perdió la presidencia frente a Joe Biden, lo que desembocó en la toma del Capitolio por sus seguidores más fanatizados, así como presionar a su vicepresidente para que violara la legalidad. Eso hubiera significado el fin de casi 250 años de democracia en Estados Unidos. Trump es esa clase de personaje peligroso, pero tiene límites que no puede vencer. Pensemos en su política antiinmigrante, su enemigo interno. Los migrantes tienen derechos, y los tribunales los defienden. La violencia que utiliza se ha contenido ante la presión de la sociedad civil, los gobernadores de los Estados, la prensa y otros contrapesos. Muchos de sus actos están condicionados por las elecciones de noviembre, lo que demuestra que la democracia americana resiste. Las mentiras de Trump, que se cuentan por millares, son desenmascaradas de manera cotidiana por la prensa, sus adversarios políticos y la realidad. No son un relato alternativo que gobierne la vida americana, sino una cortina de humo. Trump es cínico y demagógico, con pulsiones autoritarias, pero enfrenta límites institucionales reales.
En España se llama facha a cualquier persona que se oponga al Gobierno, lo que ha vaciado de sentido la palabra, pese a su ominosa carga histórica. Resulta ridículo que esta etiqueta funcione ahora para desacreditar acciones contra sistemas que cumplen el «examen Finchelstein» de fascismos a la perfección, como Venezuela e Irán. Lo que habría que exigir es que en Venezuela se avance con rapidez hacia una transición real a la democracia, con un rol activo y protagónico de María Corina Machado, y que en Irán se imponga un Gobierno de transición capaz de encauzar a la vieja y orgullosa.