Nuestro 'superhéroe de la paz'
«Atenazado por la corrupción y el desgobierno, Pedro Sánchez ve en la ofensiva contra Irán el último cartucho para evitar el hundimiento electoral»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Con los años se tiende a empezar los relatos como Sophia Petrillo: «Sicilia, 1912» (brindo por Las chicas de oro). Este mío es de junio de 1993 y no tiene ninguna gracia. Transcurre en el Sarajevo sitiado, en el polvorín de los Balcanes tras la disolución de la Yugoslavia comunista. Ubicados en las colinas circundantes, la artillería y los francotiradores serbios martirizan desde hace un año la ciudad. El Gobierno de Bosnia reclama a la ONU ayuda, o al menos que se levante el embargo de armas para poder defenderse: los serbios están perpetrando una campaña de limpieza étnica por todo su territorio.
El Consejo de Seguridad responde… con una resolución. Otra más. La 824, de mayo de 1993, ordena que seis ciudades bosnias bajo asedio sean consideradas como «zonas seguras» para la población civil: Sarajevo, Tuzla, Žepa, Goražde, Bihać y Srebrenica. Yo llegué a Sarajevo un mes después: los serbios seguían ejercitando impunemente la puntería contra ese «enclave protegido».
Las matanzas se sucedían. Los bombardeos habían dejado Goražde (70.000 habitantes) en una situación límite. Azorados, cinco observadores de las Fuerzas de Protección de la ONU en Bosnia (Unprofor) querían llegar al lugar, pero no tenían permiso porque el jefe militar de los serbios, Ratko Mladić (condenado a cadena perpetua), no se les ponía al teléfono.
Releo la resolución 824 y encuentro párrafos como este: [El Consejo de Seguridad] «declara que en caso de que cualquiera de las partes no cumpla la presente resolución, está dispuesto a considerar inmediatamente la posibilidad de adoptar cualesquiera medidas adicionales que sean necesarias para su plena aplicación»…
Pronto se vio que las «safe zones» (zonas seguras) eran «death zones»: zonas de muerte. Los habitantes de Srebrenica, desesperados, llegaron a retener al jefe de Unprofor, el general francés Philippe Morillon, que les prometió que la ONU los defendería. Dos años después, 8.000 varones (incluidos menores y ancianos) fueron masacrados, y cientos de mujeres violadas, por los paramilitares serbobosnios de Mladić en las narices de 400 cascos azules holandeses. Uno de los jefazos de la misión de la ONU en Yugoslavia, abogado irlandés, esgrimió el derecho internacional: «Las tropas debían limitarse estrictamente al mandato del Consejo de Seguridad, que era la ayuda humanitaria».
«Cuando ha habido que actuar, el Consejo de Seguridad no está ni se le espera»
Más de cincuenta resoluciones dictó la ONU durante la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995. Todas «examinan», «tienen en cuenta», «expresan su honda preocupación» o «acogen con beneplácito», «reafirman», «reiteran», «condenan», «exigen» y «se comprometen a seguir ocupándose activamente de la cuestión»… Y mientras, asistimos al genocidio de Srebrenica, al sitio de Sarajevo (cuatro años, el más largo en la historia de la guerra moderna) y a la muerte de más de 100.000 personas, en su mayoría civiles bosnios musulmanes, en medio de una sucesión de crímenes de lesa humanidad.
Y ahora háblenme del derecho internacional, que me voy a reír un rato.
Ocurrió en los Balcanes. Y en Ruanda, con el genocidio tutsi. Y en Irak, con el genocidio kurdo. Y sucede en China, con el genocidio uigur. Si Bengasi se salvó in extremis de ser destruida por Gadafi, no fue por la ONU, sino por la reacción francobritánica y estadounidense. Cuando ha habido que actuar, el Consejo de Seguridad no está ni se le espera. Como en Kosovo, o en Siria, o en Malí. Eran los marines norteamericanos los que construían letrinas en los campamentos de refugiados kurdos iraquíes, y los que tuvieron que acudir en auxilio de los cascos azules en Somalia.
Ninguna tiranía ni teocracia, recordaba aquí Guadalupe Sánchez, ha caído gracias a procedimientos amparados por el derecho internacional. ¿Pero cómo va la ONU, formada por una mayoría de dictaduras y democracias fallidas, a tener alguna utilidad práctica en la protección de la libertad y los derechos humanos? ¿Qué puede esperarse de un organismo presidido por ese fatuo de António Guterres, que en febrero, con la sangre de 30.000 jóvenes iraníes aún fresca, felicitaba a los ayatolás por el aniversario de la Revolución Islámica?
«La farfolla burocrática de los extremadamente bien pagados funcionarios de la ONU solo ha servido de coartada para los autócratas»
Por supuesto que el derecho internacional ofrece resquicios para la protección de la población civil, pero los vetos y la farfolla burocrática de los extremadamente bien pagados funcionarios de la ONU solo han servido de coartada para los autócratas. Que Miss Albacete llame «a la contención y a la diplomacia» y «a dar una oportunidad a la paz» ante una teocracia terrorista que dura 40 años es comprensible. Que lo haga un oportunista sin principios, como Pedro Sánchez, que hasta hace nada aspiraba a ser secretario general de la OTAN y perseguía a Biden por los pasillos, es indecoroso.
Atenazado por la corrupción y el desgobierno, el presidente ha visto en la ofensiva contra Irán el último cartucho para evitar el hundimiento electoral. Alguno de sus 800 asesores ha parido la feliz idea: revives el «no a la guerra», Irak y las Azores, te envuelves en la bandera de España, sacas del ostracismo a la parienta imputada, te plantas en los Goya y tienes la campaña hecha. Y nuestro «superhéroe de la paz» (la ministra Redondo dixit), que está a merced de independentistas y extrema izquierda y rinde pleitesía a Caracas, China y Marruecos (Pegasus mediante) todavía se permite acusar a la oposición de «servilismo».
Se merece que la jugada le salga mal. Tanta indecencia no puede, no debe, rendirle beneficios. Retomo las palabras de la bravía activista iraní Masih Alinejad en el Congreso de los Diputados: «¿Cómo te atreves, Pedro Sánchez, a usar los cadáveres de 32.000 iraníes como munición contra otros partidos, en tus batallas domésticas? Esto no tiene que ver con tu lucha política, ni con izquierda ni derecha. Tiene que ver con rescatar a la gente que está siendo masacrada. Al ver los cuerpos amontonados en las calles, un político normal, un ser humano normal, muestra compasión con las víctimas. Pero el presidente de España, que decidió guardar silencio ante las matanzas, lamenta ahora que se expulse del poder a los terroristas. Estás del lado de los asesinos. ¿Cómo puedes decir que quieres parar la guerra, sin mencionar la verdadera guerra, la que se libra contra la población iraní?».
En efecto, los iraníes, como los venezolanos, como los cubanos, se preguntan dónde ha estado la legalidad internacional en estas décadas de barbarie. Han estado batiéndose por la democracia, por nuestros valores, que son universales, y no se les puede dejar tirados.