The Objective
Antonio Elorza

El voto de Trump

«Lo importante no es que España sea ‘terrible’ para Trump, sino que a partir de ahora no es un aliado fiable para nadie, con mucho de enemigo encubierto»

Opinión
El voto de Trump

Ilustración de Alejandra Svriz

«Miento, luego existo». La autodefinición les vale tanto a Pedro Sánchez como a Donald Trump, y el episodio del ataque del segundo a Irán sirve para probarlo. Aunque a Sánchez la posibilidad de que sea comprobada su vocación de mentir le importa tan poco como la suerte de Irán. Los bombardeos de Teherán, magnicidio incluido, le vienen de perlas para reforzar su resquebrajado muro: Sánchez cultivó desde el principio la justificada impopularidad de Trump entre los españoles y esta iniciativa bélica viene a justificar su actitud. No solo Txapote le vota, también le vota el presidente americano. Es su última oportunidad y la aprovechará a fondo.

Trump ha sido una vez más claro en su papel de Superpinocho. No iba a intervenir en guerra alguna, aspira al Premio Nobel de la Paz y corre con un paso de bersagliere italiano, interviniendo militarmente en un país tras otro y anunciando otra «misión especial» próxima, esta vez sobre Cuba. El hombre es así y, a la hora de dar explicaciones, resulta visible que, siendo racionales o no sus actos, la falsedad es tan de rigor como la seguridad en sí mismo o las amenazas apocalípticas. No le vendría mal copiar de Sánchez a la hora de elaborar engaños y emitir mentiras más creíbles. También sería útil que, en vez de montar para sí mismo ceremonias evangélicas, ejerciendo de Rey David, consultase a sus asesores sobre qué es eso del Islam chií.

Por su parte, Sánchez debía ser consciente de que acaba de recibir la bendición de los dioses, gracias a Trump y a Netanyahu, para conjugar su progresismo con una necesaria elección racional para quien se encuentra en Europa y en Occidente. Podía dar por una vez ejemplo de estadista, comunicando su postura al jefe de la oposición, y distanciarse de Trump con la suficiente mesura como para dejar claro su alineamiento militar en el marco de la UE, más allá de una fragata. Con todos sus riesgos y sin quedar como el último aliado de los ayatolás, al modo como en el pasado su defensa de Gaza le llevó a ser felicitado por Hamás. Pero ha preferido cumplir con el diagnóstico emitido por Daniel Gascón: no tiene política exterior, todo es política interior. Y como Irán viene bien para machacar a Feijóo, y el político gallego se presta a ello con su indefinición, va a fondo persiguiendo ese objetivo. Lo que tal cosa le cueste a España, tanto a corto como a largo plazo, no le importa.

Aunque tal vez para la reacción de Trump a corto plazo eso cuente poco, para tomas de posición políticas ulteriores de quienes son, nos gusten o no, nuestros aliados, no es lo mismo manifestar una disconformidad como aliado, que declararse frontalmente enemigo del campo internacional en que nos encontramos. Para eso están Sumar, Podemos, etc. Si Sánchez piensa así, abandonemos rápidamente la OTAN. Además de ser muestra de una demagogia estúpida, porque el «no a la guerra» tiene tan escaso sentido como el no al cáncer —Arcadi Espada dixit—, gritar eso ahora supone, no una censura a esta guerra, sino a todo lo que Europa está haciendo —eso sí, que España no hace más que arrastrada—, en defensa de nuestro baluarte ucraniano (y subrayo la expresión). No hablemos de preparar la defensa de Europa ante la ausencia del aliado tradicional (y aquí sí que Sánchez se ha retratado miserablemente en la cuestión del escudo nuclear: que los defiendan otros).

No se trata de pacifismo, aunque tantas veces sea elogiada su ostentosa postura actual, dentro y fuera de España: mande o no la fragata para «echar una mano», estamos ante una traición a Europa que nada tiene que ver con la defensa de la paz, salvo que veamos el tema con los anteojos de Yolanda, Belarra, Urtasun o Enrique Santiago.

«Los muertos no resucitan, y no es de recibo pensar que los iraníes aplastados en enero vayan a levantarse para dar la razón a Trump»

Otra cosa sería dejar clara una radical discrepancia acerca de esta guerra , o sobre las condiciones precisas que regulan la utilización de las bases americanas en España, las cuales podemos exigir como país soberano. También examinar los condicionamientos del Derecho Internacional para una intervención militar en Irán como la que sigue en curso. Seré anticuado, pero creo que la exigencia de juridicidad resulta necesaria en el recurso a la guerra, aun cuando también quepan infracciones en circunstancias extraordinarias, como ocurrió con los bombardeos sobre Serbia para cortar un genocidio en Kosovo.

Ahora la circunstancia se habría repetido, de resultar posible cortar mediante bombardeos las masacres de los días 8 y 9 de enero. Hubieran estado justificados, sin autorización alguna. Pero los muertos no resucitan, y por ello no es de recibo pensar ahora que los iraníes aplastados de hace dos meses van a levantarse para dar la razón a Trump. Otra cosa es que muchos deseen la caída de esa siniestra teocracia.

Una vulneración de las reglas internacionales de la entidad de la llevada a cabo por Trump y Netanyahu, magnicidio/malicidio incluido, es injustificable, y además corre el riesgo, en la estela de la llevada a cabo por George Bush Jr. en Irak, de acabar en una u otra variante de catástrofe. Para desgracia de los Estados Unidos, desde la intervención en Irán de 1953, a la guerra de Vietnam y a la invasión de Irak —Afganistán salió mal por otros motivos— se han repetido los espectaculares fracasos. Una y otra vez por no contar con apoyos consistentes en el país invadido y por carecer de solución política de recambio. Ambas cosas van unidas y en Irán, con el doble dominio de clero chií y de Guardianes de la Revolución sólidamente instalado y disfrutando de extensos privilegios económicos, más una abrumadora capacidad de represión, según vimos en enero. La llamada al hijo del último Sah o el armamento de las minorías kurdas valen francamente poco. Pueden tener un efecto bumerán.

Y está la capacidad de resistencia, ya visible y amparada por las dimensiones del país, tanto desde el ejército como desde el sistema de poder religioso (con los criminales basidgis de coraza). El sentimiento religioso más profundo, lo que Zubiri llamaba la religación, tiene como base casi mágica en el chiísmo iraní la adhesión a los imames descendientes de Alí, el yerno del Profeta, mártires casi todos, asesinados uno tras otro. Para quienes les interese el tema, vean la celebración de la Ashura, la fiesta del dolor por el asesinato de Hussein, hijo de Alí, en el espléndido reportaje de Thierry Michel sobre Irán en YouTube, Irán bajo el velo de las apariencias.

«El ‘No a la guerra’ de Sánchez abre de modo inconsciente una nueva etapa en nuestras relaciones con Marruecos»

De mártir en mártir, los chiíes establecieron la creencia en un último imán desaparecido, el imán oculto, que reaparecerá un día para salvar a la comunidad de creyentes. Ahora las circunstancias de la muerte de Jamenei, su conversión en mártir, favorecen la presentación de su actual sucesor bajo la cobertura del mito. Y puede ser un importante factor de cohesión religiosa y política, aunque eso importe poco a Trump. Estamos ya ante una guerra sagrada. Una razón más para que el pronóstico sobre la intervención en curso sea negativo.

Como debe serlo el relativo a las consecuencias de la aventura seudoquijotesca de Pedro Sánchez para España, habida cuenta de la forma provocativa adoptada. (Aunque también es capaz de haber pactado por debajo un uso de las bases mientras utiliza su no para ganar votos). Lo importante no es que España sea «terrible» para Trump, sino que a partir de ahora no es un aliado fiable para nadie, con mucho de enemigo encubierto, y además vocinglero. Porque Trump e Israel sí disponen de un auténtico aliado que cuenta con ellos discretamente para afirmar en un futuro sus intereses y las reivindicaciones irredentistas, de las cuales no puede su Rey prescindir para el mantenimiento de su popularidad.

Recordemos la Marcha Verde. El «No a la guerra» de Sánchez abre de modo inconsciente una nueva etapa en nuestras relaciones con Marruecos, gran beneficiario de la exhibición de Sánchez de cara a la galería. En noviembre, Israel ha instalado una fábrica de drones de ataque cerca de Casablanca. ¿Qué importan Ceuta y Melilla? Todo sea por ganar unos votos y parar la sangría electoral.

Resumiendo. Jamenei en enero cometió un crimen contra su pueblo. Tal como ha ejecutado su acción militar, Trump, algo más grave: un trágico error. En cuanto a Pedro Sánchez, protagoniza otro episodio de entrega de los intereses del país, para él rentable. Beneficiario: Putin.

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