El cisne negro
«Al agitar la bandera del pacifismo, el PSOE podría lograr algo que hoy parece imposible: cohesionar a su base y a sus socios bajo un único paraguas emocional»

Ilustración generada mediante IA.
España es un país pacifista y lo demuestra cada vez que tiene ocasión, un pacifismo que además no es solo una convicción moral estática, sino un resorte de movilización masiva que permanece latente bajo la piel del votante (no solo) de izquierdas.
Con el cisne negro (según Taleb, un evento inesperado, de impacto extremo y difícil de predecir y que altera drásticamente la sociedad) de la guerra en Irán irrumpiendo en el tablero, ese reflejo condicionado, casi pavloviano, podría alterar la inercia política actual con la misma fuerza con la que un terremoto desplaza las placas tectónicas.
Así, lo que hasta la semana pasada parecía a ojos de todos los analistas —servidor incluido— el declive inevitable de un ciclo gubernamental, podría transformarse de la noche a la mañana en una nueva demostración épica de resistencia ante el belicismo, convirtiendo una crisis global en el inesperado motor de rescate para el Gobierno Sánchez. Todo ello aliñado con la música de Novecento de fondo.
Para el PSOE, este escenario podría suponer la oportunidad de recuperar su activo más valioso: el monopolio del relato moral. Ante una escalada bélica, el Gobierno tiene la capacidad de mutar su actual discurso defensivo por uno de liderazgo ético. Al agitar la bandera del pacifismo, el PSOE podría lograr algo que hoy parece imposible: cohesionar a su base y a sus socios de coalición bajo un único paraguas emocional. El «No a la guerra» sería así el pegamento histórico de la izquierda española; un tótem capaz de silenciar las críticas internas y de transformar el miedo al conflicto en una marea de votos de castigo contra todo aquello que huela a intervención o alineamiento ciego con las potencias militares.
Pero la cosa no acaba ahí; la pieza maestra de esta maniobra reside en la externalización de culpas. El relato gubernamental se apresurará a levantar una hidra de tres cabezas —el eje imaginario formado por Donald Trump, Santiago Abascal y Alberto Núñez Feijóo— al que responsabilizar de cada uno de los males venideros. En esta narrativa, la subida del precio de la energía, la inflación desbocada y la parálisis del consumo no serían fallos de gestión doméstica, sino las facturas de un belicismo externo alentado por la derecha internacional y permitido por la complicidad de todas las derechas patrias.
«La sociología electoral nos advierte de que las pasiones colectivas tienen hoy una vida media extremadamente corta»
Mientras tanto, en la otra orilla del río Pecos, el Partido Popular, en lugar de desactivarlo haciendo una declaración inequívoca de patriotismo, prefiere asomarse de nuevo al abismo con una actitud dontancrediana basada en la idea de esperar que el fruto caiga por madurez económica, algo que resulta suicida ante un estallido emocional de este calibre, ya que en España, el silencio ante una crisis de seguridad se interpreta como falta de alma o, peor aún, como vacío de liderazgo.
La gran pregunta es: ¿cuánto oxígeno puede proporcionar esto al gobierno? ¿Cuánto vive un cisne negro? La sociología electoral nos advierte de que las pasiones colectivas tienen hoy una vida media extremadamente corta. El chute de adrenalina que supone el pacifismo y el señalamiento del enemigo externo podría frenar en seco el trasvase de votos hacia la abstención durante unos meses, insuflando incluso una vitalidad inesperada al bloque progresista en las encuestas que puede llevar incluso a igualarse con el PP en intención de voto, pero la resistencia del material tiene un límite.
Los efectos de cualquier resurrección tienden a desvanecerse con el paso del tiempo y con el correr de la agenda, de tal forma que si toda esta potencia política no puede expresarse en las urnas en el corto-medio plazo, es posible que quede reducida a la nada.