Habitar la memoria (en recuerdo de Gregorio Morán)
«Iba al descubierto, con su peculiar sentido kamikaze, dispuesto a que ninguna mordaza se interpusiera entre los lectores y la dureza implacable de la historia»

Gregorio Morán.
A partir de cierta edad estamos hechos de pérdidas, de ausencias. Somos lo que queda de nosotros. Empiezo así este artículo entrañable (de entraña) eludiendo cuidadosamente la palabra «despedida», ya que en los adioses como tal no creo, pero sí en su capacidad transformadora. Si no, no estaría escribiendo estas líneas atravesada por un rayo.
¿Cómo era Gregorio, más allá de lo obvio? Es decir, más allá de su privilegiada inteligencia, su lucidez sin fisuras, su acidez bien alimentada de sarcasmo, su integridad. Y hay dos cosas que me encandilaron de él desde el primer momento en que una torrencial correspondencia (en papel, algo que tenemos muy a gala quienes pertenecemos más al siglo XIX que al XX) nos fulminó a los dos y asentó las bases para una relación de muchos años: su sentido del humor (que solo se quebraba cuando tenía hambre) y una ternura a prueba de cualquier inclemencia.
Y luego se sumaban detalles: su manera de entender (y practicar) la coherencia con ese punto de sabiduría que tienen los supervivientes de la clandestinidad. Porque era un superviviente de agudo instinto felino. Al entrar a un restaurante, se colocaba mirando a la puerta y sin que nadie pudiera sentarse detrás. Como si se preparara para salir en cualquier momento y le urgiera escrutar a todo el que accediera al recinto. Y en verdad, algo de eso había, aunque el ritual gastronómico, un buen vino y un puro le devolvían a una beatitud que no admitía réplicas.
Entonces se producía una situación singular: su capacidad de hablar conmigo se mantenía intacta mientras seguía lo que se decía (y lo que no) en las mesas vecinas. Era como si desplegara mil antenas y un talento sobrenatural para la observación. «Este de ahí no sabe cómo decirle a su mujer que se va con otra».
Consciente de que sus Sabatinas, especialmente las de La Vanguardia, eran demasiado «intensas» (las de trasfondo político), me decía: «Tengo que rebajar un poco, que es mucha tralla. ¿Se te ocurre algún tema más humano para desinflamar?» Y ahí surgían esos artículos llenos de ternura, de humanidad. Podía ser un personaje, un gesto de alguien anónimo, un libro insólito, una película de esas que no llenan las salas ni salen en portadas deslumbrando con golosos premios.
«Gregorio sabía que existían temas rodeados de alambradas y encendía la mecha de las palabras donde otros intentaban sofocarlas»
Fue el primero en hablar de un caso de bullying (cuando se usaba la más modesta y autóctona expresión para referirse a ello: acoso escolar) que acabó en suicidio. Sobre esa historia se acumularon silencios, porque esa realidad es una acusación tácita de lo que somos como sociedad. Gregorio sabía que existían temas rodeados de alambradas y encendía la mecha de las palabras donde otros intentaban sofocarlas. Iba al descubierto, con su peculiar sentido kamikaze, dispuesto a que ninguna mordaza se interpusiera entre los lectores y la dureza implacable de la historia. Le movía la piedad. Así lo llamaba: piedad. No usaba un término tan new age como empatía ni otro tan rancio como la lástima, abrevadero al que acuden los pusilánimes que hacen de su naturaleza timorata un artefacto multiusos.
Esos mismos pusilánimes —cobardes, sádicos— que lo jaleaban al grito de «¡Venga, Morán, tú puedes!». Y lo armaban de hondas, palos y piedras para divertirse, desde la barrera, con ese David y sus Goliats, para drogarse con el olor de una sangre que no era la suya. No es que necesitara a esos necios para exhibir su naturaleza de verso suelto; pero ese oportunismo de los jaleadores era patente. A él le iba el cuerpo a cuerpo, no hay duda. Pero en caso de que Goliat hiriera a David, los oportunistas desaparecían, envueltos en su satisfacción vicaria. Y David quedaba herido; así lo delatan su muerte social y su ostracismo. Lo hacían actuar como un oso. ¡Él, que amaba la autosuficiencia y el silencio de los caracoles…!
Cargó con las penas, se mimetizaba con ellas, era capaz de emocionarse hasta la médula, hasta la consunción. Tenía una debilidad infinita por los derrotados, que son lo menos parecido a un perdedor. Todo dolor le concernía. Nada le era ajeno, aunque esa faceta suya conviviera con una acidez que le servía de defensa, a veces parapetado tras palabras capaces de hacer incisiones, pequeñas o grandes. En el fondo, era su modo de pedir que jugaras sin cartas ocultas, con transparencia. Aún digo más: era su modo de exigirte que fueras adulto, que te atrevieras a mirar la realidad feroz sin anestesia en los ojos. Sincero y sincericida. Cuando le preguntaban los médicos si era alérgico a alguna cosa, su respuesta era tajante: «Sí. A la estupidez».
Alguna vez habíamos compartido tribuna. Así fue en un evento dedicado a un personaje que adorábamos, el canadiense Norman Bethune. Coincidimos en la mesa redonda, de esas que acaban siendo alargadas, como las sombras, con el fiscal Jiménez Villarejo y alguna persona más que no logro recordar. Lo sorprendente es que a Gregorio lo pusieron… ¡de moderador! ¡Qué gran oxímoron!
Sé que la escritura es de quien la trabaja. Por eso estas líneas no son una semblanza (no pretenden serlo), sino el avance de mi mirada hacia ese paraíso de la memoria. Porque, admitámoslo, lo que nos queda es algo tan delicado y tenaz como la memoria. Memoria aterida, orgánicamente viva y resiliente, que los que la protegemos mientras afuera llueven misiles y flores de almendro prematuras, tenemos que intentar poner a salvo, si no de la desesperanza, al menos de la depredación. Y, tal vez, tal vez… viceversa.