Bryce Echenique: gastar la vida en vivir
«Su literatura tiene un alto valor por su ligereza, por su fluidez, por su manera proustiana de enroscarse muy saltarinamente, provocando emociones y risas»

Alfredo Marcelo Bryce Echenique. | El Comercio (Zuma Press)
Alfredo Bryce Echenique fue mi escritor favorito desde la adolescencia hasta bien entrada la juventud. La vida exagerada de Martín Romaña es el libro que más he recomendado y regalado, aunque hace ya mucho de la última vez. También hace mucho que lo leí. ¡Más de 40 años! Pero me vienen tantas cosas: el sillón Voltaire (mi primer sillón literario, antes que el de orejas), la bizquerita de Inés («luz de donde el sol la toma»), la hondonada en la cama, los muchachos del hotel sin baños, la novela sobre los sindicatos pesqueros, la manifestación de Mayo del 68, el vía crucis rectal, Pigalle, Perugia, Ribeyro (que parecía un personaje, como Bioy de Borges), los escritores disfrazados de Hemingway, la crisis positiva, «detesto molestar»…
La manera de crear complicidad de esa novela era portentosa. Y daba tanta felicidad, te lo pasabas tan bien, que hay una genealogía agradecida de las recomendaciones. Nunca olvidaré al profesor del instituto que nos contagió a unos cuantos el entusiasmo, ni me olvidarán quienes la leyeron por el mío. Antes de mi pasión brasileñista, «lo peruano» era mi ideal vital. Formaban parte el taciturno Julio Ramón Ribeyro y esa máquina de funcionar que era Mario Vargas Llosa, pero el centro estaba en la mezcla de humor y melancolía de Bryce Echenique, que combinaba los éxtasis y los desastres. «Especie de Woody Allen peruano», lo calificaban en la solapa de Tantas veces Pedro, la novela que antecedió a Martín Romaña.
Fue muy expresivo que, para contestar al título que el impetuoso Varguitas le había puesto a su recopilación de artículos, Contra viento y marea, Bryce titulara la suya A trancas y barrancas. El sino del Perú lo ejemplificó con una gracia que nos hacía partirnos de risa una tarde de finales del verano de 1985 en el Ateneo de Málaga. Contó la única batalla que, en la guerra contra Ecuador, ganó Perú. La aviación peruana hizo una incursión en territorio ecuatoriano y bombardeó la primera casa que vio. En esa casa vivía un peruano. (La historia es perfecta, pero lo he mirado ahora y aquella guerra la ganó Perú: Bryce estaba haciendo un esbozo de su literatura).
En la Semana de Autor que se le dedicó en Madrid en 1987 hubo una discusión muy divertida: Agustín García Calvo se enfadó con Bryce Echenique por lo poco en serio que este se tomaba Mayo del 68 y, sobre todo, porque el personaje de los mocasines del Martín Romaña era una parodia de García Calvo, como entonces supieron los asistentes. Esta falta de seriedad revolucionaria propició que lo dejara su amor parisino. Del cual, por cierto, tuve noticia azarosa tiempo después, ya que conocí al hijo afrancesado que ella había tenido con el hombre por el que lo dejó: uno de los socialistas más poderosos (y prósperos) del equipo de Felipe González.
«Los estudiosos han destacado siempre su oralidad, que es un prodigio»
La literatura de Alfredo Bryce Echenique tiene un alto valor por su ligereza, por su fluidez, por su manera proustiana de enroscarse muy saltarinamente, provocando emociones y risas. Los estudiosos han destacado siempre su oralidad, que es un prodigio. Sus obras maestras son para mí Un mundo para Julius, el cuento (largo) Baby Schiaffino y el Martín Romaña. Me aseguran que también sus memorias, cuyo primer tomo se titula muy oportunamente Permiso para vivir: el que Bryce se tomó a lo grande, obteniendo algunos triunfos y millones de fracasos, que se convertían en nuevos triunfos cuando los narraba.
Su retiro peruano de los últimos años, inactivo, contemplativo, deshecho, fue ejemplar a su modo: se trataba de entregarle a la muerte un cuerpo gastado. Gastado en vivir.