The Objective
Francesc de Carreras

Las consecuencias del giro antifederal del PSOE

«Hemos perdido 25 años que los enemigos de la Constitución han ganado. Hemos creado un problema que no existía, un problema que tuvo sus inicios en el PSC»

Opinión
Las consecuencias del giro antifederal del PSOE

Imagen creada con inteligencia artificial.

En el mundo hay dos modelos de organización territorial del Estado: el centralizado y el federal. Cada uno con matices distintos según cada país. Pero no hay más.

El modelo centralizado implica que hay un solo ordenamiento jurídico y las instituciones políticas (el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial) son únicas: el Estado central detenta y ejerce todas las competencias públicas.

En cambio, en el modelo federal hay un reparto previo de las competencias en la misma constitución, estableciendo que unas pertenecen a las instituciones centrales y otras a las de los territorios federados (o autónomos).

Este reparto no implica, sin embargo, que exista una total separación entre ambas esferas de poder, entre la esfera federal y las territoriales, sino que deben existir relaciones de colaboración, cooperación y coordinación entre ambas para una mayor eficacia del Estado en su conjunto. Todo ello exige lealtad entre las instituciones de ambas esferas porque la finalidad es común y única. Si esa lealtad falta, el sistema no puede funcionar de forma adecuada a las exigencias constitucionales de libertad y de igualdad.

En nuestra Constitución están claramente expuestos, aunque en general de forma escueta, los principios de un Estado federal: esta fue, pues, la voluntad del constituyente y había que concretarlos en leyes. Se hizo todo razonablemente bien y rápido. En los primeros 25 años, por acuerdo entre los dos grandes partidos (primero, UCD y PSOE, después, PSOE y PP), estos principios se fueron desarrollando conforme al espíritu federal, recogiendo lo establecido en la Constitución: establecer un mapa autonómico, aprobar los estatutos de cada territorio, igualar en 1992 las competencias de todos (a excepción de ciertas peculiaridades justificadas) y establecer, finalmente, en 2001 un sistema de financiación con criterios federales.

«A partir del 2000 hubo otro incentivo para los socialistas catalanes: alcanzar la presidencia de la Generalitat»

Sin embargo, a partir de este año, al PSOE le empezaron muchas dudas y vacilaciones sobre el camino federal emprendido. Una parte del mismo, el PSC catalán, muy influyente sobre todo por los votos que aportaba, ya estaba contagiado desde el principio de la Transición por el nacionalismo identitario: ellos representaban el catalanismo progresista y la Convergencia de Jordi Pujol el catalanismo conservador, decía siempre su entonces líder Raimon Obiols.

Pero a partir del 2000 hubo otro incentivo para los socialistas catalanes: alcanzar la presidencia de la Generalitat, su asignatura pendiente. Así, alegando como justificación que debía establecerse un pacto entre «las izquierdas catalanas», tras quedar en segundo lugar en las elecciones autonómicas de 2003 (que ganó CiU), pactaron con ERC e IC (estos últimos herederos del antiguo PSUC, pero ya reconvertido en lo que hoy es, más o menos, Sumar y los Comunes, y tan desorientados como estos). Era en cierta manera la prefiguración del pacto que el PSOE de Pedro Sánchez ha establecido también con «las izquierdas» en los últimos ocho años.

En estos años de principios del siglo actual, se presentaron dos proyectos de Estatuto al Congreso. Primero, el vasco, conocido como Plan Ibarretxe, flagrantemente inconstitucional desde el artículo primero y que no fue admitido a trámite por el Congreso, por supuesto rechazado por el PP, pero también de forma clara por el PSOE. Y algo más tarde, un nuevo Estatuto de Cataluña, la prenda a pagar por el PSC a ERC, que bien sabía lo que quería: crear una crisis en Cataluña que condujera hacia la independencia. En Madrid gobernaba o, mejor dicho, daba bandazos, el desorientado Zapatero, que aceptó las propuestas del PSC y esta vez, contrariamente al Plan Ibarretxe, le dio vía libre en el Congreso.

La propuesta catalana de nuevo estatuto era manifiestamente inconstitucional, además de innecesaria y escasamente apoyada por los ciudadanos catalanes, pero tiró adelante y fue aprobada con los votos de socialistas e independentistas. Curiosamente, se apeó en el último momento ERC por un motivo ridículo (querían la competencia en aeropuertos), pero el lío ya lo había armado; por tanto, el objetivo logrado, la finalidad conseguida. Todo ello tendría consecuencias en los siguientes 20 años, exactamente hasta hoy.

«El giro del PSOE, a instancias del PSC, en aquellos tiempos, nos ha conducido a la caótica situación actual»

Fíjense, por tanto, en la importancia de todo ello: de estos polvos vinieron estos lodos. El giro del PSOE, a instancias del PSC, en aquellos tiempos, nos ha conducido a la caótica situación actual. La interrupción del desarrollo del Estado autonómico para que culminara en Estado federal —en el año 2000 faltaba muy poco— que debía hacerse, como en los 20 años anteriores, de acuerdo con el otro gran partido español, continuando así el consenso constitucional, se frustró porque los socialistas catalanes querían obtener la presidencia de la Generalitat (y tener más poder para repartirse más cargos, naturalmente) y el PSOE del débil Zapatero aceptó mansamente sin saber ver las graves consecuencias que comportaba tal paso.

Hemos perdido 25 años que los enemigos de la Constitución y del llamado «régimen del 78» han ganado. Además, hemos creado un problema que no existía, un problema que tuvo sus inicios en el PSC catalán, incapaz de ganar por sí solo a Jordi Pujol y necesitado de aliarse con el independentismo de ERC y con la confusión mental del IC para lograr la Presidencia de la Generalitat.

Total, un problema de poder, no de ideas. Mejor dicho, una renuncia a las ideas para obtener el poder: una inmoralidad política, para decirlo claro. Quizás también, para ser benévolos, a la ignorancia política, más peligrosa que la corrupción. Sánchez ha repetido el trayecto de forma similar y así estamos. Pero quien lo inició fue el PSC y la responsabilidad carga sobre sus espaldas y debe pesar en la conciencia de sus dirigentes. Por ese motivo, algunos amigos pensamos en 2004 que era posible crear un nuevo partido en Cataluña que pronto se llamó Ciudadanos.

Para terminar, el próximo miércoles día 18 de marzo se presenta en Madrid el libro de Luis Fajardo, un profesor de derecho administrativo y viejo dirigente del PSOE, que desempeñó altos cargos en los gobiernos de Felipe González, bajo el título Los socialistas y el Estado autonómico. Ahí se explica con gran detalle toda esta malhadada evolución socialista, esta deriva hacia el llamado «federalismo asimétrico», que no es más que aquel que está más fundado en el nacionalismo de identidad y no en el valor socialista de la igualdad. El libro lleva un prólogo de Josep Borrell y será presentado por Javier Fernández, el legendario líder socialista asturiano, referente de una gran parte del socialismo español.

Publicidad