The Objective
Jorge Mestre

El PP no encuentra la tecla

«Cuando el debate se plantea como ‘guerra sí o guerra no’, la derecha española siempre juega en campo contrario»

Opinión
El PP no encuentra la tecla

Ilustración generada mediante IA.

La política española tiene una peculiaridad: algunos debates nunca se van. Se quedan flotando como una canción del verano que reaparece cada temporada aunque nadie recuerde quién la cantaba.

En el caso del Partido Popular, esa canción se titula Irak.

Han pasado más de 20 años desde aquella guerra. Dos décadas. Tres presidentes del Gobierno, una crisis financiera, una pandemia, una guerra en Europa y ahora otra escalada en Oriente Próximo con Irán en el centro del tablero. El mundo ha cambiado varias veces de piel.

Pero cada vez que aparece un conflicto internacional serio, en el PP ocurre lo mismo, se ponen nerviosos. El motivo tiene nombre propio, que no es otro que el fantasma del «No a la guerra».

Es como si en Génova existiera un detector de humo político que se activa cada vez que alguien pronuncia esas cuatro palabras. Entonces llegan las frases prudentes, las declaraciones insulsas, el silencio estratégico o el intento de cambiar de conversación antes de que alguien saque la famosa foto de las Azores.

El problema es bastante simple, la política no premia al que se esconde detrás del sofá.

Pedro Sánchez lo sabe perfectamente. La izquierda española lleva más de 20 años explotando el mismo mecanismo. Cada vez que aparece un debate serio sobre seguridad internacional, lo convierte en un examen moral.

Nadie está a favor de la guerra del mismo modo que nadie está a favor de los incendios; la cuestión es qué se hace cuando alguien prende la cerilla.

Unos representan la paz. Los otros, sospechosamente, la guerra.

Es un truco viejo, pero eficaz.

El «No a la guerra» funciona como un botón emocional. Se pulsa y el debate se simplifica al máximo. Da igual si se habla de Irán, de la OTAN o de las rutas energéticas del Golfo. Todo queda reducido a la misma escena: pancartas, consignas y una confortable superioridad moral.

En ese terreno la izquierda juega en casa. Lo sorprendente es que el PP siga aceptando ese marco de juego.

Mientras el PP sigue discutiendo con los fantasmas de Irak, la izquierda vuelve a imponer el marco del «no a la guerra».

Mientras en España seguimos discutiendo con los fantasmas de 2003, en otras democracias occidentales el debate se plantea de manera bastante más adulta.

En el Reino Unido, por ejemplo, los conservadores no se pasan el día justificando si están «a favor» o «en contra» de la guerra como concepto abstracto. Entre otras cosas, porque la pregunta es absurda.

Nadie está a favor de la guerra del mismo modo que nadie está a favor de los incendios. La cuestión no es si uno desea el fuego, sino qué hace cuando alguien prende la cerilla.

Los conservadores británicos han planteado la crisis con Irán en términos muy simples: la disuasión existe, la política exterior no se gestiona con pancartas y Europa no vive en una burbuja moral.

En España, en cambio, seguimos atrapados en un bucle sentimental que huele a 2003. Y el PP parece caminar alrededor del tema como quien pisa un campo de minas histórico.

El problema es que cuando el debate se formula como «guerra sí o guerra no», la derecha siempre parte en desventaja. No porque quiera más guerras, lo cual es absurdo, sino porque la pregunta está diseñada para provocar una respuesta emocional.

La salida es sencilla: cambiar la pregunta.

En lugar de entrar en el bucle de Irak, el PP podría decir algo muy simple: «Nadie quiere la guerra, pero alguien tendrá que explicar cómo se protege la seguridad de España cuando el mundo se vuelve más peligroso».

Y ahí empiezan las incomodidades del Gobierno.

Porque España participa en misiones militares internacionales, forma parte de la OTAN y respalda sanciones y operaciones de disuasión. Es decir, España ya está dentro del sistema de seguridad occidental, aunque el discurso político doméstico intente disimularlo.

Sánchez practica un curioso ejercicio de contorsionismo político: aliado para la OTAN, pacifista declamatorio en el Congreso.

Fuera se gobierna con realismo. Dentro se habla como si España fuera una especie de Suiza mediterránea con pancarta permanente. Ahí está la contradicción.

Y, sin embargo, el PP parece incapaz de explotarla con claridad. Como si cada crisis internacional viniera acompañada de un recordatorio que obliga a bajar la voz.

La política tiene una regla bastante elemental. Quien acepta el marco del adversario acaba jugando siempre en desventaja. Y eso es exactamente lo que le ocurre hoy al Partido Popular.

Mientras siga reaccionando como si cada conflicto internacional fuera una reedición automática de Irak, seguirá moviéndose en el terreno emocional que más conviene a la izquierda.

En política pasa como con el piano. Hay momentos en los que todo depende de encontrar la tecla correcta. El problema del PP es que lleva años tocando con miedo. Y así, inevitablemente, la melodía siempre la elige el vecino de enfrente.

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