The Objective
Javier Benegas

Irán y la quiebra del orden occidental

«Importa poco si Donald Trump es un inepto o un visionario, un oportunista o un estadista. Lo verdaderamente decisivo es que el orden occidental está roto»

Opinión
Irán y la quiebra del orden occidental

Ilustración generada mediante IA.

Hubo un tiempo en que Europa, aun con las objeciones diplomáticas inevitables, habría apoyado una ofensiva militar contra Irán tras más de 40 años de intentos frustrados por la vía diplomática. Habría sido un apoyo pragmático, internamente complicado, pero de puertas afuera firme, dirigido contra un régimen fanático, autoritario y violentamente expansionista. Probablemente, como tantas veces, la Francia antiamericana y anacrónicamente grandilocuente habría dado la nota discordante. Pero, incluso con ese irremediable matiz, el respaldo del Europa habría sido abrumadoramente mayoritario.

En ese mundo de ayer, el caso de Irán habría suscitado un apoyo todavía más uniforme. El motivo es evidente: el peligro real de que el régimen de los ayatolás alcance la capacidad nuclear, algo muy distinto de aquellas imaginarias armas de destrucción masiva que sirvieron de pretexto para la segunda invasión de Irak. Una capacidad nuclear, además, con un sentido declaradamente ofensivo. A esto se sumaría otro aspecto moral imposible de ignorar: la brutalidad sistemática del régimen contra su propia población. Los asesinatos masivos de opositores, la represión cotidiana y la persecución institucionalizada de las mujeres habrían proporcionado a la Europa feminista e igualitaria argumentos irresistibles para justificar su apoyo.

Sin embargo, el tiempo no pasa en balde.

La Europa que en su día se involucró en la Operación Libertad Duradera en Afganistán no solo se ha degradado: se ha vuelto peligrosamente dependiente de sus propios adversarios. Ha culminado la externalización de su industria, igual que antes externalizó su defensa. Y ha descubierto con estupor que esa combinación la ha dejado estratégicamente inerme. La invasión rusa de Ucrania no hizo sino revelar con crudeza esa realidad.

Hoy Europa apenas controla algo tan elemental como la producción de bienes básicos, los recursos energéticos o las cadenas de suministro de materias primas estratégicas. Y lo más alarmante es que esa vulnerabilidad no es fruto del azar ni de una derrota militar, sino de decisiones políticas voluntarias tomadas durante décadas de complacencia… o quizá algo peor.

«Europa es hoy un continente debilitado y sitiado por su propia arquitectura regulatoria, económica y demográfica»

Europa es hoy un continente debilitado y sitiado por su propia arquitectura regulatoria, económica y demográfica. Un continente de sociedades envejecidas incapaces de procrear y sostenerse, desbordadas por tensiones migratorias, profundamente endeudadas y sin ejércitos que inspiren respeto. Un territorio que depende de terceros para su energía, para su seguridad y para el funcionamiento de sus cadenas productivas. Un espacio políticamente fragmentado, socialmente nervioso, con una ciudadanía angustiada por el presente y aterrada por el futuro, y extraordinariamente permeable a la influencia exterior.

Es desde esa Europa aturdida y sin aliento, más preocupada por preservar un Estado de bienestar cada vez más difícil de sostener que por comprender los cambios del mundo, desde donde hoy se analiza la ofensiva contra Irán. Y ahí reside el mayor error. La reducción de la historia a unos pocos nombres propios, a la animadversión personalista que impide ver el bosque. Menos Trump como hombre de paja y más realismo geopolítico. Menos el quién y más el qué.

Porque, si se observa con una mínima perspectiva, la situación iraní reproduce muchas de las condiciones que llevaron a Europa a respaldar la intervención en Afganistán. Aquella misión, formalizada años después como Resolute Support bajo paraguas de la OTAN y con el sello político de ese contubernio de la ONU llamado Consejo de Seguridad, no fue sino la continuación formalmente legalista de la Operación Libertad Duradera liderada por Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre. Las resoluciones 1368 y 1373 reconocieron el derecho de legítima defensa, pero la intervención no se ejecutó bajo mandato directo de Naciones Unidas. Era, en el fondo, un paripé jurídico para una realidad inescapable: cuando la legalidad se vuelve impotente, la política internacional recurre a la fuerza. Y es que ninguna guerra, hay que decirlo alto y claro, es legal. No puede serlo. La guerra es, por definición, la suspensión de la legalidad.

Es verdad que el ataque del 11-S fue un golpe simbólico devastador. Pero Irán lleva más de cuatro décadas participando en una cadena continua de violencia internacional que rara vez se recuerda con esa misma intensidad. Todo comenzó con la crisis de los rehenes en Teherán entre 1979 y 1981, cuando 52 estadounidenses permanecieron cautivos durante 444 días tras la toma de la embajada. Aquel episodio inauguró una estrategia esencialmente violenta que se sustanció en el atentado contra la embajada estadounidense en Beirut en 1983, el ataque al cuartel de los marines ese mismo año que dejó 241 militares muertos, el secuestro del vuelo TWA 847 en 1985 o el atentado contra las Torres Khobar en Arabia Saudí en 1996.

«Irán ha demostrado una capacidad persistente y una voluntad recalcitrante para proyectar violencia más allá de sus fronteras»

La acción iraní, sin embargo, no se ha limitado a objetivos estadounidenses. El régimen de los ayatolás ha operado mediante una extensa red de milicias y organizaciones afines que extienden su influencia por todo Oriente Próximo. Hezbolá en Líbano, Hamás y la Yihad Islámica en Gaza, diversas milicias chiíes en Irak y Siria o los hutíes en Yemen forman parte de una arquitectura de poder diseñada para hostigar permanentemente a sus adversarios y desestabilizar el orden regional.

Más aún. La proyección del régimen no se limita a una parte del mundo. Incluso a miles de kilómetros de distancia, como ocurrió con el atentado contra la AMIA en Buenos Aires en 1994, el más grave de la historia argentina, Irán ha dejado su huella sangrienta. Tampoco Europa ha quedado al margen. Recientemente, los servicios de inteligencia europeos han señalado la implicación iraní en operaciones de intimidación y violencia contra disidentes, periodistas y opositores en la diáspora. En países como Suecia, Bélgica o España se han documentado ataques e intentos de atentado mediante el uso de bandas criminales locales, como las redes conocidas como Foxtrot o Rumba, utilizadas para lanzar granadas contra embajadas o preparar ataques contra objetivos israelíes y opositores al régimen.

Irán ha demostrado una capacidad persistente y una voluntad recalcitrante para proyectar violencia mucho más allá de sus fronteras, combinando diplomacia, inteligencia, terrorismo y guerra mediante proxies. Y todo ello con la anuencia, cuando no el apoyo, de esos dos grandes referentes de la virtud universal: Rusia y China.

Si Afganistán fue considerado en su momento un casus belli suficiente para movilizar a Occidente, el caso iraní reúne argumentos incluso más contundentes. Pero el problema es que Occidente ya no es el mismo.

«Los occidentales creemos haber aprendido de Afganistán que intervenir no sirve de nada»

Los occidentales creemos haber aprendido de Afganistán que intervenir no sirve de nada. Que 20 años de guerra solo sirvieron para devolver el poder a los talibanes poniendo pies en polvorosa. Esa conclusión se repite hoy con cínica frivolidad, como si la historia de 20 años de intervención se redujera al cierre contable de la retirada. Una conclusión con la que se impone una elipsis engañosa.

Durante las dos décadas de presencia internacional en Afganistán, la sociedad afgana experimentó una transformación enorme. Millones de niñas accedieron por primera vez a la educación, casi diez millones de niños estaban escolarizados poco antes de la retirada y el 40% eran mujeres. La esperanza de vida aumentó, la mortalidad materna se había desplomado y surgió una generación de profesionales, en medicina, ingeniería, periodismo y derecho, que jamás habría existido bajo el primer régimen talibán. Se instauraron instituciones políticas donde las mujeres estaban presentes y floreció una sociedad con medios independientes y organizaciones civiles. Nada de eso era irreversible, pero tampoco fue inútil; mucho menos inexistente.

El problema es que la causa de la libertad exige asumir un desgaste permanente. Construir es siempre mucho más difícil que destruir. En Afganistán, para conectar provincias aisladas por carretera y liberar a los afganos del abuso de las shuras locales, hicieron falta años, miles de trabajadores, maquinaria pesada y recursos inmensos. Para inutilizarlas bastaban unos pocos explosivos colocados en cualquier punto del trazado. Esa es la pendiente inclinada sobre la que siempre combaten la civilización y la barbarie, los constructores y los destructores.

La intervención en Afganistán cambió la vida de millones de personas. Que todo ese esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas pudiera deshacerse tras la retirada no demuestra su inutilidad, sino algo mucho más molesto para un Occidente acobardado: que la libertad no se conquista de una vez y para siempre. Es una tarea que exige vigilancia constante, sacrificio y voluntad.

Por eso, en última instancia, importa poco si Donald Trump es un inepto o un visionario, un oportunista o un estadista. O si la guerra es por el petróleo, como si nuestra vida no dependiera, literalmente, del oro negro. Incluso en términos estrictamente geopolíticos, ganar o perder en Irán no sería necesariamente decisivo. Lo verdaderamente decisivo es otra cosa. Que el orden occidental está roto. Lo estamos viendo con nuestros propios ojos. Y muchos lo celebran, aunque prefieran disimular su entusiasmo con cínicas apelaciones al Derecho Internacional, que en la práctica casi nadie respeta —las dictaduras, las primeras—, y el engañoso «no a la guerra».

Publicidad