Las palabras de Von der Leyen
«Mal que les pese a los socialistas peninsulares, la presidenta de la Comisión expuso las flaquezas de una Europa que ya no ‘puede ser custodia del viejo orden mundial’»

Ilustración de Alejandra Svriz
Esta semana Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha hablado mucho. En público y en privado. Empezaré por lo segundo, cuya privacidad no ha impedido que sus palabras llegaran en parte hasta nosotros a través del corresponsal de El Mundo en Bruselas. Resulta que Von der Leyen se ha quejado más de una vez en su círculo más cercano de los problemas con que se topa a menudo cuando lleva propuestas al Consejo Europeo. Y estos problemas tienen nombre propio: «Viktor Orbán y Pedro Sánchez».
A su juicio, los bloqueos a los que someten sus propuestas obedecen a un mismo motivo: «Obtener un rédito político nacional, un beneficio electoral», lo que en el caso del español debe de contrariarle especialmente, pues hasta no hace mucho Sánchez le había estado bailando el agua. Por otra parte, que la presidenta de la Comisión Europea lo parangone con un euroescéptico como Orbán dice muy poco del presunto europeísmo del inquilino de la Moncloa, por más que este, con sus pronunciamientos, se esfuerce en erigirse en el salvador de las esencias europeas y de la paz en el mundo y que medios como el Financial Times lo presenten como la némesis de Trump en el Viejo Continente.
Y entrando ya en lo público, o sea, en el contenido de la intervención del lunes de Von der Leyen ante los embajadores de la Unión Europea en el exterior, no hay duda de que pasará, si no a la historia, sí a los anales de la política comunitaria. Dejemos a un lado, si les parece, el hecho de que a las pocas horas la propia presidenta suscribiera una suerte de manifiesto en que el carácter terminante de lo afirmado en su intervención ante los embajadores aparecía considerablemente rebajado y que en intervenciones posteriores se reafirmara en «el compromiso inquebrantable [de la UE] con la búsqueda de la paz, con los principios de la Carta de las Naciones Unidas y con el derecho internacional», tal y como le reclamaban desde filas socialistas, y centrémonos en lo dicho en su discurso. Y es que, si bien se mira, nada hay en él que justifique la reacción que ha provocado.
Cuando Von der Leyen sostiene que «Europa ya no puede ser custodia del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá», no está diciendo que haya que renunciar a un marco con normas, como torticeramente se ha querido entender, sino que las normas con las que hoy contamos no son suficientes y no se puede confiar en ellas «como la única forma para defender nuestros intereses». De ahí la necesidad de trabajar para «construir nuestro propio camino europeo». Y en esta tarea, la seguridad y la defensa van a tener, asegura, un papel cardinal: «Para buscar la paz en el mundo actual, Europa debe ser capaz de proyectar poder: para disuadir, para contrarrestar y para aumentar nuestra influencia». Dicho de otro modo, debe actuar como una gran potencia no solo en el campo económico y comercial, sino también en el militar. Y para ello se requiere, a falta de un ejército común, una mayor inversión en Defensa de la que participen todos y cada uno de los Estados miembros.
«De sus palabras se desprende una aprobación tácita del ataque militar conjunto de Israel y Estados Unidos a Irán»
En el discurso de Von der Leyen está presente, sobra precisarlo, la convulsión producida por la guerra de Irán. Es más: de sus palabras se desprende una aprobación tácita del ataque militar conjunto de Israel y Estados Unidos contra el régimen criminal de los ayatolás, por el que, a su entender, «no debe derramarse lágrima alguna». Y aunque eso sería otorgar demasiada importancia a nuestro presidente del Gobierno, tampoco cabe descartar que el pronunciamiento unilateral de Sánchez —ese «problema» con el que la presidenta de la Comisión no tiene más remedio que lidiar— haya intensificado el tono de su intervención.
Con todo, y mal que les pese a los socialistas peninsulares, tan olvidadizos del derecho internacional cuando no les conviene apelar a él —lo recordaba el martes aquí mismo Maite Rico, haciéndolo extensivo a todos los que se rasgan ahora las vestiduras y no lo hicieron en el pasado—, mucho me temo que la razón no está de su lado, sino de quien, dirigiéndose a los embajadores de la UE, no hizo sino exponer, con toda crudeza, las flaquezas de una Europa que ya no «puede ser custodia del viejo orden mundial». Lo cual no impide, claro está, que a nuestro presidente del Gobierno esas flaquezas le traigan al pairo. Él a lo suyo, que mientras se hable de Europa, no se habla de otras cosas.