The Objective
Javier Rioyo

Raúl: «No lo cuentes todo»

«Raúl del Pozo, periodista hasta la muerte, pero ni un paso más, terminó sus días entre el cariño y la admiración de veteranos y jóvenes colegas»

El verso suelto
Raúl: «No lo cuentes todo»

El periodista Raúl del Pozo.

«En el arte de escribir y leer no podrás ser maestro antes que discípulo.

Con mucha más razón debe aplicarse esto al arte de vivir»

Marco Aurelio

Para supervivir hay que saber haber vivido, no olvidar y poder contar. Poderlo contar y poderlo ocultar. Yo he supervivido a Raúl. Iré contando e intentaré callar utilizando la verdad de las mentiras, las mentiras de verdad. Intentaré comprender y no juzgar. Tendré que morderme la lengua para no mandar a algunos a donde me gustaría. No participo de esa ficción que algunos construyen en nombre de Raúl del Pozo. Yo estuve allí, en los montes de Cuenca y en las hoces del Júcar. Recorrí su ciudad levítica que conmigo sigue. Navegué en su compañía por este Madrid tan nuestro, tan suyo. Con Raúl bajé a sus secretos, conocí risas y alguna lágrima; compartí mesas y reservados. Algunas veces pinchamos en hueso, salimos por la puerta de atrás. Otras cortamos orejas e incluso compartimos alguna puerta grande. Conocí éxitos y navegué entre sus miserias.

No quiero elevar banalmente sus bondades, ni sus fragilidades, ni sus sombras.  Lo recuerdo para seguir disfrutando del asombro y la felicidad de haber estado muy vivos y rientes. Fuimos pícaros, lectores de Quevedo y de González Ruano. Libres en amores y odios. Fuimos cambiando de amores, renovando odios. 

En la muerte de Raúl lo sigo viendo vivo, superviviente, burlón, burlador, torero de salón, chulo de barra y melancólico de sí mismo. Algunas veces he pensado que si algo soy en esta profesión, este oficio que es una manera de exponernos, de contarnos, se lo debo a su capacidad de saber inventar, inventarse, de inventarnos. Con Raúl del Pozo muerto, se muere una manera canalla de ejercer la ternura. Se detienen esas prisas por escapar; ese permanente deseo de practicar el arte de la fuga. Arte de adornarse con palabras. Conocí de cerca su inseguridad, sus miedos, aquella descreída fe que le permitía una vida toreada, un estilo que buscaba conseguir la emoción con el arte de burlar. Saber burlarnos de la farsa y de nosotros mismos. Cada día salía al ruedo, se iba a los medios, se arrimaba, sí, pero sin dejar nunca de tener controlado el burladero.

Yo fui de su cuadrilla; alguna vez me creí mozo de espadas y el maestro permitía que yo copiara sus artes de birlibirloque. Ni le aplaudí siempre, ni le ovacioné, ni le saqué a hombros, aunque mucho admiré su arte de marear, de saber usar las palabras como banderillas, los adjetivos como espadas y esa manera tan libre de entrar a matar para recibir los aplausos de la afición, alguna ovación y lucir sus trofeos. Podía ser tremendista y popular, como su biografiado Manuel Benítez El Cordobés, para pasar a ser templado, profundo y esencial como Antonio Chenel Antoñete. Dos maneras diferentes de estar en el ruedo ibérico, dos estilos de ser matador, dos figuras que no fueron ajenas al arte de burlar con la enseña de un estilo, una ganadería llamada Raúl del Pozo.

Escribo esto después de que su muerte me pillara entre dos amigos comunes, Chani Pérez Henares y Manuel Soriano, invitados en ilustre taberna muy del gusto de Raúl, por otro chico de pueblo que se vino a triunfar a Madrid: Regino Moranchel, que supo pasar de becado de universidad laboral a ser el Consejero Delegado de Indra; de su pequeño pueblo de Escariche a Wall Street. La noticia de la muerte de Raúl no nos pilló por sorpresa, pero nos jodió sin remedio. Nos dedicamos a la evocación, los recuerdos y, sobre todo, a la libación. En mitad de ese duelo, con más risas que llantos, nos llegó la noticia de la muerte de Alfredo Bryce Echenique. No tuvimos más remedio que seguir y seguir, de Alvar al bar. De la vida burguesa ilustrada de Alfredo a la vida exagerada de Raúl.

«Una forma de ser periodista donde se mezclaban la agitación y la emoción, la imaginación y las metáforas»

Exageraciones de una forma de ser periodista donde se mezclaban la agitación y la emoción, la imaginación y las metáforas, la prosa y la poesía. Un mundo que ahora parece irrecuperable, perdido en las memorias, las batallas del pasado, los pequeños excesos que nos hacían estar vivos, contar y escribir sin la obligación de agradar, ni ser complacientes con tontos ni poderosos. Cuando lo conocí, se estaba quitando del comunismo, dejando el panfletismo y el mundoobrerismo.

Eran los días y las noches de la Transición; habíamos tomado la calle y se estaban construyendo nuevos espacios, buscando convivencias sin losas del pasado, reconociendo la libertad y queriendo saber besarla en la boca, conquistarla, llevarla a la cama y levantarnos con ganas de más. Atrapar la vida para contarla; la redacción era la calle y la barra. Un país que necesitaba más vida, menos miedo. Vivir más para la novela que para el catastro. Fuimos Tintín y el Capitán Haddock, con más sexualidad que el aventurero, reportero y justiciero; con algo de whisky, sin el castillo de Moulinsart y con improperios contra las tribus de mamelucos del capitán. Fueron muchas las aventuras con Raúl; fue una fortuna, una ruleta que me hiciera partícipe de su vida, sus juegos y su manera de estar en el mundo y el periodismo.

Tardes en tertulia en el Café Gijón —artistas, escritores, periodistas, arribistas y otras faunas— unidos en nuestras diferencias, en nuestras maneras de razonar, discrepar y llegar a reivindicar la sinrazón. Los mayores acuerdos eran la imposibilidad de acuerdos, una forma de reivindicar la discrepancia y la vida. Después se cenaba algo en el Gades, en Lucio o en el Comunista, según cómo se hubiera dado la timba o la ruleta. Si Raúl venía con la billetera llena de ese dinero ganado sin sudor, aunque con riesgo, la noche podía ser larga y llena de sorpresas. Se recalaba en el Oliver, en el Cock y se seguía en Bocaccio.

Compañeros de la izquierda del caviar o del bocata de calamares, de los poetas del cincuenta, de los periodistas gauchistas reconvertidos en «sindicato del crimen» sin haber matado una mosca. Madrid era puñeteramente divertido. No olvidaré la noche en que, en compañía de Ángel González, nuestro poeta más resistente, propuso Raúl salir en cuestación para ayudar a la pobre viuda de Paquirri, muerto en Pozoblanco. La viuda era la Pantoja, nadie quería aportar y abandonamos la cuestación, pero no el peregrinaje. Ni olvido la noche que salvé a Tertsch de las iras de Del Pozo.

«Tuvimos la fortuna de estar cerca de gente con la capacidad de vivir la vida para nuestro placer antes que para nuestra necesidad»

Por Raúl llegué a Jesús Quintero. Me enchufó en su equipo de guionistas porque me confesó que ya estaba harto de copiar a Shakespeare y el Loco quería nuevas palabras, nuevos lirismos. Dos ingenios que supieron cabalgar juntos y separados. Después llegaron los días y las noches con Lola Flores y el surrealismo hispano habitó entre nosotros. Una ruleta televisiva que nos acercaba a la Duquesa de Alba —bien querida y recordada por Raúl— o Aranguren; a Cabrera Infante o Leopoldo María Panero; a Vázquez Montalbán o Javier Sádaba. Hasta que con el filósofo le estalló a la Faraona su «estar hasta el coño» de filósofos, psicólogos y de nosotros. Cabreos que se olvidaban pronto porque había que seguir haciendo caja para contentar a Boyer y su hacienda socialdemócrata. Cuco Cerecedo había muerto, pero las figuras del ruedo nacional se renovaban.

Una tarde fuimos invitados a una barrera en Las Ventas por los hermanos Lozano. Tarde de gloria torera que fuimos a agradecer al despacho de los empresarios; nos invitaban a cenar, pero tenían que terminar con unas visitas. Me quedé helado al reconocer a un tipo que allí estaba con traje y corbata, con algo de melena estilo macarra, ojos de sapo y mirada turbia. Me puse nervioso al darme cuenta de que aquel invitado era González Pacheco, más conocido como Billy el Niño. No olvidé las hostias que me dio en mi juventud, ni el camino a la DGS al que me invitó. Se lo indiqué a Raúl, le comuniqué mi malestar y mi temblor. Me calmó diciendo: «No pasa nada, ahora está con Mario Conde. Y sabe que ha perdido, que nosotros hemos ganado». No pude seguir tragando ese sapo por más que quisiera ejercer la superación, llegar a la concordia y construir un país sin esos pistoleros. Yo no era un valentón, tampoco quería ser un pordiosero, miré de soslayo, no requerí espada, fuime y no hubo nada.

En su velatorio de la Casa de la Villa encontré compinches de los viejos tiempos. Su amigo de complicidades y hoyos de golf y del periódico que nunca le quiso, Julián Martínez. Carmen Rigalt y Antonio Casado, de tantas cercanías compartidas con Natalia y Raúl. Allí su inseparable José María García, Butanito. Cerca, los compadres Félix Roldán, Trapote y su vecina Ana Rosa Semprún. Vimos a Beatriz Pérez Aranda, Paco García de Diego, MAR y a la presidenta Díaz Ayuso. Al alcalde Almeida, feliz con nuestro Atlético, triste por nuestro Raúl. Sus directores, Pedro J. y Joaquín Manso, cerca de Carlos Alsina, que lo mantuvo vivo y festivo hasta hace poco. A otros de la memoria del Gijón y otras mesas como Pepe Bárcena, Antonio Lucas o Arturo Pérez-Reverte. A jóvenes cercanos, Alfonso Ussía, Jesús Úbeda y Julio Valdeón, que gracias a Raúl se convirtió en mi compadre desde Nueva York hasta este Madrid de todos los demonios. Y Nacho Fernández, hijo de Tito Fernández. Sin Tito, sin su forma de contar, recordar, mentir y vivir, no se entendería Raúl del Pozo. Con Tito, Manuel Vicent y Raúl del Pozo se podrían ir a una isla desierta y saber que la vida seguiría mereciendo la pena. 

Tuvimos la fortuna de estar cerca de esas gentes que tuvieron la capacidad de vivir la vida para nuestro placer antes que para nuestra necesidad. Raúl, periodista hasta la muerte, pero ni un paso más, terminó sus días entre el cariño y la admiración de veteranos y jóvenes colegas. Le gustaba el halago, se dejaba con gusto piropear, aunque su sagacidad nunca se nubló. Hace poco me dijo que estaba contento, que había renacido de la melancolía y la tristeza en parte por esas compañías: «Aunque sé que hay uno que se acerca por interés». Me dio el nombre que ni desvelaré ni olvidaré. Seré fiel a su petición de que cuando hiciera su obituario: «Sé sincero, pero no cuentes todo». Ni es un obituario. Ni he contado todo. Casi nada. Seguiremos odiando tierna y selectivamente.

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