Gobernar es distraer
«Si la estrategia sale bien, las filias serán mayores que las fobias»

Ilustración generada por la IA
Decía Montaigne, hace ya mucho tiempo, que todas las políticas imaginadas artificialmente resultan ridículas e impropias para ponerlas en práctica. Hoy podríamos decir algo parecido. Todas las políticas improvisadas al son del algoritmo, de los vientos que soplan o de las encuestas que hacen los chamanes gubernamentales, no se manufacturan para ser ejecutadas. Se lanzan a la opinión pública para mantenerla ocupada debatiendo sobre asuntos artificiales, como si fueran bocanadas de humo que intoxican momentáneamente y que luego se disipan sin dejar rastro en la realidad. Con menos elegancia que Montaigne, Steve Bannon describió esta estrategia como «inundar la zona de mierda». Se refería a la hiperactividad de las cañerías gubernamentales que excretan sistemáticamente iniciativas, anuncios, agendas, campañas, golpes de efecto, frentes de ataque, constituyentes, reformas grandilocuentes, referendos o amenazas de guerra, cuya única función es enloquecer a las instituciones que, como la prensa, fiscalizan el poder.
Gobernar no es poner en marcha un programa, sino distraer. Recurrir a la vieja estrategia del pan y circo, pero en plan siniestro: no para que la gente se divierta y evada y no piense en política, sino para obligarla a posicionarse en debates intrascendentes. La clave es que el repertorio cambie rápidamente para que un anuncio se olvide cuando llegue el otro y que una garrotera quede sepultada bajo la siguiente. Si los Gobiernos populistas y autoritarios del siglo XX crearon oficinas de prensa y propaganda que determinaban las informaciones que llegaban a la opinión pública, los del siglo XXI, al no poder controlar la agenda informativa, la desquician. Sus anuncios y medidas no se fabrican con una finalidad práctica, como diría Montaigne. Son huesos que se lanzan a los cuatro puntos cardinales para que se hable de todo y de nada; para que el alboroto y la hiperventilación extravíen la pista a la realidad y de los problemas —infraestructuras, salud, vivienda, educación— que sí afectan la vida de los ciudadanos.
Esa es la estrategia del caudillo posmoderno: dominar la información, el símbolo y el gesto para crear alianzas y oposiciones afectivas. Inventa o sobredimensiona problemas y amenazas, señala a sus enemigos o ceba enemistades, se convierte en vocero de la moral y del bien o defiende en el campo internacional todos los principios que ha traicionado en el papel de mandamás nacional. Para eso son extremadamente útiles los influencers que reproducen en las pantallas, con más exaltación y vulgaridad, los mensajes a colocar en el mercado de la atención. Epifenómenos de las pantallas y de las redes, estos personajes que solían vender productos comerciales, ahora también promocionan las políticas imaginadas artificialmente de las que hablaba Montaigne.
Tal vez siempre ha sido un poco así; tal vez siempre ha entrado en juego la retórica y el carisma, el poder de seducción del político; y tal vez siempre se ha elegido o adorado lo que representa o simboliza el gobernante, más que sus ideas o acciones concretas. La diferencia es que hoy la política se despliega en medio de batallas culturales y de enemistades enquistadas que en muchas ocasiones conducen al bloqueo. No hay capacidad de maniobra. Es imposible aprobar presupuestos, no se sacan adelante leyes, a veces ni siquiera se pueden formar coaliciones viables y, como no se puede gobernar, la alternativa es distraer. Que pase el tiempo y que no pase nada, solo el envilecimiento programado de la sociedad y la natural degradación de las cosas reales. Si la estrategia sale bien, las filias serán mayores que las fobias y entonces vendrán otros cuatro años fingiendo que se gobierna mientras se maquinan nuevas estrategias de distracción.