Elena Francis, la estafa maestra
«Las cartas más duras aparecen en la obra en el momento justo, cuando la tensión dramática ya ha preparado al público»

Ilustración generada por la IA.
En una masía abandonada en Cataluña, que perteneció a los dueños de la marca Francis, José Fradera Butsems y Francisca Bes Calvet, apareció hace algunos años un archivo extraordinario: cerca de un millón de cartas enviadas por mujeres españolas durante casi cuatro décadas al consultorio radiofónico de Elena Francis. El estado de conservación era deplorable y solo pudieron salvarse alrededor de cien mil, pero, aun así, ese fragmento constituye un inmenso corpus, una radiografía incomparable de la vida íntima y social de España entre 1950 y 1984, tiempo en que estuvo al aire el programa radiofónico cuya escaleta consistía en la lectura de algunas de esas cartas —preservando el anonimato de la remitente— y las respuestas que la «doctora Francis» ofrecía. El programa fue un acontecimiento semanal durante el franquismo y, lógicamente, no logró adaptarse a la vida democrática.
La radio desempeñaba entonces un papel decisivo. Era el medio de comunicación más influyente de la época: entraba en las casas, punteaba la vida cotidiana y poseía una autoridad casi incuestionable. Se la percibía como un espejo de la realidad. Precisamente por eso resultaba un instrumento formidable de persuasión y manipulación, como comprendieron bien los demagogos del siglo XX. El episodio de la transmisión de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, que Orson Welles convirtió en un supuesto noticiero radiofónico que narraba en vivo la invasión marciana de la Tierra y sembró el pánico en Estados Unidos, ilustra hasta qué punto el público estaba dispuesto a creer lo que salía por un micrófono. El consultorio de Elena Francis se instaló exactamente en ese espacio de confianza.
Armand Balsebre y Rosario Fontova han estudiado las misivas en Las cartas de Elena Francis. Una educación sentimental bajo el franquismo, un libro que funciona como una magnífica puerta de entrada al universo simbólico del régimen. Los autores analizan casi cinco mil cartas y trazan una tipología sociológica: procedencia de las remitentes, edad, trabajo, condición social y abanico de preocupaciones. El conjunto revela una enorme ingenuidad sobre temas sexuales, mucha angustia ante el choque entre la vida real y la moral dominante, y un mundo en el que las mujeres están sometidas a la autoridad masculina: el padre en la familia, el marido en la vida adulta. En las cartas conviven dudas amorosas aparentemente nimias con tragedias verdaderas. En ellas campean la soledad, la pobreza y la marginalidad.
Aunque el epicentro del consultorio estaba en Barcelona, las remitentes procedían de toda España y muchas eran mujeres migrantes que habían llegado a la capital catalana en busca de trabajo y mejores oportunidades, atrapadas en una doble opresión: económica y moral. Las faltas de ortografía reflejan el bajo nivel educativo de la España de aquellos años, especialmente entre las mujeres, relegadas a una vida en la sombra. Un país que vivía en un régimen de silencios, de complicidades forzadas y de apariencias, un clima moral que recuerda inevitablemente al retratado por Luis Martín-Santos en Tiempo de silencio.
Con este material, Rafa Sánchez ha creado Querida amiga: las verdaderas cartas de Elena Francis, una pieza notable que tuve la suerte de ver el viernes en el centro cultural Eduardo Úrculo, en el barrio de Tetuán de Madrid. La obra parte de ese universo, pero no es ni mucho menos una simple ilustración documental. En escena aparecen solo dos actores: el propio Sánchez y Patricia Jacas. El primero interpreta a uno de los guionistas del consultorio; la segunda encarna a una Elena Francis imaginaria que es al mismo tiempo la moralista que habría sido el personaje si hubiera existido y la conciencia atormentada del guionista que pelea con su creación. Jacas resulta particularmente notable en la doble dimensión de su personaje.
La acción se sitúa en el último día de emisión del programa. Ese recurso permite construir un diálogo tenso entre creador y criatura, entre la voz inventada que aleccionaba a millones de mujeres y el hombre que participó en su fabricación. La obra no avanza de manera mecánica ni se limita a glosar algunas. Al contrario: su desarrollo es dinámico y profundamente teatral. Las cartas aparecen, desaparecen, se discuten, se contradicen; el fantasma de Elena Francis interpela al guionista y al público; la escena avanza con inteligencia hasta revelar las zonas más oscuras del fenómeno Francis y tiene una virtud: no condena la guionista, al fin y al cabo un pobre hombre que cumple con su anónimo trabajo, sino al sistema que lo hizo posible. Si el libro es un estudio, la obra es una alegoría del fenómeno de masas que fue el consultorio de la doctora Francis, consejera sentimental de millones de españolas y poderoso altavoz de la ideología nacionalcatólica.
Lo que la obra va desvelando poco a poco son varias estafas superpuestas. La primera es la estafa moral. Las mujeres escribían buscando consejo para problemas reales, pero las respuestas estaban diseñadas para reforzar el mismo sistema que producía esos problemas: una buena mujer católica debía obedecer, soportar, callar y mantener las apariencias. Además, muchas veces ni siquiera se leían cartas reales, sino cartas tipo que facilitaban respuestas preconcebidas.
La segunda es la estafa de género. Elena Francis no existía. Su voz era la de una locutora contratada. Detrás de la supuesta doctora había un equipo de guionistas —muchos de ellos hombres— que respondían adoptando la voz de una mujer que, aunque rígida y severa, debía parecer comprensiva y maternal. La tercera es la estafa comercial. El consultorio era, en realidad, una estrategia publicitaria destinada a vender productos cosméticos y parafarmacéuticos de la marca Francis, del famoso Instituto de Belleza Francis: cremas y mejunjes presentados con la misma seguridad que sus certezas morales.
La cuarta es la estafa política y social. La alta burguesía supo adaptarse perfectamente a los códigos del franquismo, utilizándolos para prosperar económicamente mientras reforzaba la moral oficial del régimen. Y, sin embargo, hay un detalle que introduce una paradoja fascinante: la empresa respondía a todas las cartas. No solo las que se leían en la radio bajo la voz ficticia de Elena Francis, sino también las que jamás se radiaban. Un esfuerzo administrativo colosal que revela hasta qué punto aquel consultorio funcionaba como una gigantesca máquina de mercadotecnia.
«La polarización en España se da de arriba abajo y aún no penetra ese oasis de estridente tolerancia»
Las cartas más duras aparecen en la obra en el momento justo, cuando la tensión dramática ya ha preparado al público. Solo entonces se revela la crudeza de lo que algunas mujeres vivieron: humillaciones, abusos, golpes y amenazas que nunca tuvieron respuesta real. Esta es la quinta estafa. La estafa criminal. Todo esto resulta especialmente oportuno en una España donde algunos sectores —desde Vox hasta ancianos con cierta nostalgia juvenil— tienden a idealizar el franquismo reduciéndolo a sus obras públicas, olvidando el entramado represivo, la corrupción estructural y la moral asfixiante que sostenía aquel sistema. Pero también en un momento en que cierto feminismo burocrático, instalado en instituciones y asociaciones subvencionadas, ha convertido la causa en un cómodo ecosistema de chiringuitos, incapaz de reconocer hasta qué punto la España real ha cambiado y se ha convertido hoy en uno de los mejores países para nacer mujer.
La función a la que asistí tuvo además un incidente técnico que terminó convirtiéndose en una lección teatral. La obra comenzó con los actores utilizando micrófonos, pero un desastre de sonido obligó a detener la representación. Con buen criterio decidieron empezar de nuevo, esta vez proyectando la voz a la antigua usanza. El resultado fue espléndido. Sánchez y Jacas demostraron ser lo que realmente son: actores capaces de llenar el espacio con su voz y no solo con su presencia.
Salí de la función con muchos pájaros en la cabeza y, acompañado de mi mujer y del elenco de la obra, nos fuimos a rematar la jornada al bar de la esquina, consciente de que mi amistad con ellos podía condicionar mi impresión. Allí, como mexicano todavía sorprendido por ciertas cosas de España, me encontré con uno de esos pequeños milagros cotidianos de Madrid: la extraña mezcla de brusquedad y cariño de la camarera –un oxímoron castizo– que te planta junto a tu cerveza una generosa tapa gratis. En una mesa cercana, un grupo de mujeres trabajadoras, muchas de ellas migrantes, comparte unos huevos rotos con chistorra y se ríe abiertamente de los hombres ausentes; un jubilado merienda tardíamente un café con leche mientras hojea un decolorado periódico; y una niña llora porque quiere ver a su padre, que ha subido a casa por una rebequita, mientras se limpia el bigote de Cola-Cao. La polarización en España se da de arriba abajo y aún no penetra ese oasis de estridente tolerancia que es un bar madrileño.