The Objective
Daniel Capó

La IA en el jardín del Edén

«El hombre muerde de nuevo el fruto del Árbol del Conocimiento: un conocimiento que opera a una escala y a una velocidad que no parecen tener límites»

Opinión
La IA en el jardín del Edén

Ilustración de Alejandra Svriz

El pasado sábado, Pablo de Lora reflexionaba en esta misma página acerca del futuro del hombre en un mundo regido por la inteligencia artificial. No es ciencia ficción, sino una historia antigua que se sitúa de algún modo fuera del tiempo. La idea de una inteligencia artificial general (AGI) evoca el mito del jardín del Edén. En el relato bíblico, el peligro no radica tanto en la adquisición del conocimiento como en las consecuencias morales de su posesión. Adán y Eva, tentados por la serpiente, comen del fruto del árbol prohibido. El conocimiento que adquieren de inmediato —por ejemplo, saber que están desnudos— acaba con su inocencia.

Pero, junto al pecado y a la expulsión del Paraíso, la primera pareja humana asume también la noción de culpa. Su bondad original percibe en las entrañas el dolor de la ruptura, a la vez que anhela su curación. Junto a la Caída y el conocimiento, Adán y Eva asumieron su condición moral. Fue esa conciencia de lo permitido y de lo prohibido lo que abrió, en términos bíblicos, el horizonte de la Redención. La sensibilidad moral es la que evita que nos encerremos en nuestros errores o en el mal que hemos causado, es la que nos recuerda que «yo no soy sólo eso», es la que convierte la esperanza en una posibilidad tangible.

La inteligencia artificial que hoy promociona el discurso imperante refleja en parte el mito de Edén. Aquí también el hombre muerde de nuevo el fruto del Árbol del Conocimiento: un conocimiento que opera a una escala y a una velocidad que no parecen tener límites. Es capaz de traducir textos, identificar patrones, reproducir conversaciones, resumir libros o reconocer imágenes con una eficacia que nos hace pensar en el poder de un demiurgo.

Su capacidad creativa, aunque más pobre, es sorprendente. Transformará el mundo del trabajo a medida que se generalice su uso en la empresa y en la Administración. Pocas instituciones —universidades, hospitales, medios de comunicación, despachos profesionales, etc.— saldrán indemnes de esta revolución. La destrucción de ecosistemas sociales y económicos enteros no es algo que deba sorprendernos (recordemos lo sucedido en Detroit con la industria automovilística y en Finlandia con Nokia), pero sí preocuparnos. Esta desazón, diríamos, es un privilegio de la inteligencia humana.

«Me pregunto qué sucede cuando la inteligencia se expande sin un contrapeso moral»

Si el mito del Jardín del Edén vinculó las consecuencias del conocimiento con la culpabilidad, me pregunto qué sucede cuando la inteligencia se expande sin un contrapeso moral. Esta es la cuestión que nos plantea la AGI en primer lugar. ¿Puede una inteligencia de esta clase romperse interiormente? ¿Ha perdido alguna vez su inocencia? ¿Qué imagen recibe de nosotros cuando acudimos a ella como situándonos ante un espejo? El Génesis califica a la serpiente que tentó a Eva de «astuta» (arum, en hebreo) a la vez que nos dice que nuestros primeros padres descubrieron que estaban «desnudos» (en hebreo, arummim).

El hombre, que quería ser como Dios –nos explica Paul Beauchamp–, ha terminado siendo como la serpiente. La conciencia moral es la que le da un nuevo ropaje en forma de cultura, de leyes, de técnica, de belleza… Los símbolos nos sirven para iluminar desde dentro la realidad. ¿A qué se asemeja entonces la inteligencia artificial? ¿Qué supone que nosotros no existamos para ella (no más, quiero decir, de lo que existe para nosotros un personaje de videojuegos)? Sin cuerpo, sin vida y sin un sentido moral de nuestros actos, lo que queda es sólo una peligrosa abstracción a la que con justicia podemos llamar «inteligencia inhumana».

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