The Objective
Rosa Cullell

Se acabó la diversión seudoprogre

«Un buen número de españoles ya está en otra onda, bien alejada del nacionalismo y de esos progresistas que se creen los mejores ciudadanos del planeta»

Opinión
Se acabó la diversión seudoprogre

Ilustración de Alejandra Svriz

Era sábado y fuimos a ver Torrente, presidente. Salimos del cine, de la viejuna sesión de tarde, asombrados de nosotros mismos; durante los primeros minutos nadie respiraba en la sala, pero al poco estallaron carcajadas. Eran de alivio. El día siguiente, jornada electoral en Castilla y León, anduvimos, mi marido y yo, entre sondeos, mientras recordábamos los benditos cameos y el humor nada ciego de Santiago Segura. Para mayor alegría volvió el voto útil. La nueva izquierda fue desterrada de la autonomía. Sus papeletas salvaron la cara al PSOE. La comunidad dio la victoria al PP y manifestó a Vox (Nox) la necesidad de pactar de una puñetera vez.

Por un momento, el pasado domingo, hasta pensé que la diversión marxista-leninista se acababa en la Cuba de Fidel-Canel. Pero seguimos sin escuchar una crítica de Pedro Sánchez y sus seudoizquierdas a esos 67 años de dictadura, de hambre. En unos meses, han pasado de enviar flotillas a Gaza a enviar a Yolanda Díaz a Hollywood. Así, queridos, no se ganan votos, se desaparece.

El socialismo anda tocado, a pesar del premio de consolación obtenido por el eficiente Carlos Martínez, exalcalde de Soria. Con su sabiduría hosca, de pocas palabras, los castellanos viejos de la meseta central han dado por terminada la fiesta. En su autonomía han premiado el trabajo y el sentido común. Vendrán más elecciones y quizás lleguemos a pensar, como antes, que el cambio y la alternancia, incluso la disidencia, son posibles. Mal lo tienen los progre-indepes de Gabriel Rufián y la tropa en clara extinción de Sumar/Podemos. El ‘no a la guerra’ no da para todo.

Ha sido un sí como una casa a la batalla electoral, al cambio de ciclo y al pacto imparable del centroderecha. Torrente, qué listo es el tío, predice en su película las luchas y expulsiones en Vox-Nox, incluso el cambio de tercio.   

Durante la Transición se crearon las comunidades autónomas, que sustituyeron a las antiguas regiones. España pasó a ser «un Estado descentralizado». A Castilla la Vieja, cuya composición recitábamos en la clase de geografía de nuestras infancias franquistas, le cambiaron el nombre y las coordenadas. Como a tantas otras. En mis tiempos (al fin, he dicho la frase), si te sabías esa inmensa región (Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid y Palencia), te ponían una banda roja. La de Aplicación.

«El mundo del artisteo empieza a sufrir grietas. Algunos grandes de la escena denuncian ahora la asfixia bienpensante»

José Mari Cullell, mi padre catalanomanchego, era fiel lector de Mariano José de Larra, además de un enamorado de Madrid, a donde salía corriendo en su juventud. Iba a respirar, a descansar de los sensatos y productivos catalanes, familia incluida. También, pero esa es otra historia, a beber a su antojo. A los 14 años, mi romántico progenitor me dio a leer unos cuentos del afrancesado escritor. Entre ellos se encontraba el relato de Los castellanos viejos. Lo releí hace poco y advertí que la literaria comida-merienda, larga y vociferante celebrada en Madrid, no refleja el carácter serio, áspero, patriótico y leal del castellano viejo.  «No te equivoques», repetía José Mari, «los castellanos de verdad son los de Valladolid y Burgos. Los otros somos mancheguitos, madriletas o cántabros disfrazados». Con tanto consejo, cogí cariño a escritores como Zorrilla o Delibes y acumulé respeto por su lengua materna, que también es una de las dos mías. Por mi amor al español y mi tozudez en usarlo, me otorgaron durante el procés el bonito título de botiflera. 

Antes memorizábamos regiones y ahora, como no es inclusivo exigir demasiado, nuestros vástagos, los hijos y nietos de catalanes, solo estudian la historia y la geografía de su autonomía. Las otras no interesan. Pero un buen número de españoles ya está en una onda distinta, bien alejada del nacionalismo, del independentismo y de esos progresistas que se creen los mejores ciudadanos del planeta. El mundo del artisteo empieza a sufrir grietas. Algunos grandes de la escena denuncian ahora la asfixia bienpensante incapaz de reírse de su sombra, pero sobradamente preparada para dar lecciones a todo el que se mueve. 

Y, en esas, llega Torrente, presidente. Santiago Segura se ha cansado de los críticos y periodistas pedantes que, dándoselas de entendidos, critican sus memes y se atreven a piratear su película. Ninguno de ellos, siguiendo el ejemplo del Gobierno español, ha pronunciado una frase a favor de la libertad en Cuba, en Irán, en Venezuela, dictaduras largas y crueles. Son 67 años de la Cuba marxista-leninista de Fidel Castro, 47 del Irán gobernado por la ley de la sharia y 27 del chavismo en Venezuela. 

Yo me quedo con una frase del gran músico argentino Fito Páez sobre el régimen cubano: «Pasaron más de 60 años, caballeros, ya está, ya se terminó, basta de echar culpas. Hay sistemas que fracasan». Así es. Se acabó la diversión de los Díaz Canel de este mundo, de los seudoprogres que se empeñan en callar la realidad de sus ciudadanos.

En esta España, que salió del franquismo hace 50 años sin revolución alguna, parece un chiste que Irene Montero, líder de Podemos y exministra de Igualdad del Gobierno socialista, diga la siguiente frase: «De Cuba quieren el turismo y acabar con una reserva moral de la humanidad». O se le ha ido la olla o busca un cameo en la próxima película de Santiago Segura. Como cantaría Carlos Puebla, se acabó la diversión; llegó Torrente y mandó parar.   

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