'Torrente' y la función crítica del arte
«Sus chistes, igual de divertidos, tienen un efecto catártico que antes no tenían. De pronto con las carcajadas nos quitamos de encima la costra que se ha impuesto»

Ilustración generada mediante IA.
Me relacioné un poco con Santiago Segura al principio de su carrera. Era carismático, inteligente, calculador, de trato entretenido, con gracia. Gustaba estar con él. Lo conocí antes de todo, cuando participaba en El peor programa de la semana y movía su cortometraje Evilio, personaje que deja en bragas, en cuanto a subversión, a Torrente y hoy sería impracticable; como su genial doblaje de Heidi, de una irreverencia mayúscula con la que te partías de risa.
En seguida te sentías en su círculo, gracias a tres trucos que llevaba a rajatabla con todos: se aprendía tu nombre y lo retenía aunque no volvierais a cruzaros hasta meses después («¡Hombre, José Antonio!»); al minuto te llamaba «amiguete»; y te preguntaba cosas («¿Cuál es tu favorita de Woody, amiguete?»). Era a finales de 1993.
En él presencié el espectáculo de la fama, que irrumpe y crece; no sin cultivo por el súbito famoso. Volví a observar el fenómeno en Manuel Jabois. Los dos compartían algo: cuidaban a sus fans de uno en uno, como si cada uno de ellos fuese el fractal de la multitud. Así tenían como base una cadena tejida de agradecidos directos, que contagiaban su fidelidad a otros.
Lo divertido de Segura es que no tenía nada que ver con sus seguidores, salvo en el aspecto. La fama, conseguida con el personaje heavy de El día de la bestia e incrementada con su Torrente, le acarreaba mayormente muchachos frikis y más o menos desubicados. Segura, en cambio, tenía claro lo que quería, era muy educado, iba siempre limpísimo y creo que hasta se echaba perfume. Con el primer dinero gordo que ganó se compró el cofre Gold de Frank Sinatra.
Asistí a la gestación del primer Torrente y aún estuve en el estreno del segundo. Siempre recordaré cuando en la fiesta posterior me acerqué al inolvidable Íñigo de Gran Hermano, que participaba en la película, y le dije que lo admiraba. Su respuesta, con cara de estupor, fue ejemplar: «¿Por qué?».
«La sucesión de ‘gags’ es perfecta, con la brillantez y la precisión de la comedia que funciona»
No recuerdo si llegué a ver el tercer Torrente, y el cuarto y el quinto seguro que no. Pero disfruté los que vi y ahora, como a todo el mundo, me apetecía muchísimo el sexto, que no podía llegar más oportunamente. Entre tanto, Segura se hizo también con el cine familiar con la saga Padre no hay más que uno, logrando, como ha escrito Rafa Latorre, ir «de Papá Noel a Torrente sin inmutarse y siempre forrándose». Tampoco se puede ignorar la coherencia de Segura a la hora de homenajear el cine que ama, efectuando rescates bellísimos como el de Tony Leblanc, que le alegró al legendario actor los últimos años de su vida.
Las ganas de ver Torrente Presidente se explican en parte por lo que ocurrió el mismo fin de semana en que arrasaba en taquilla: mientras el público se lo pasaba teta con las coñas amorales del detective desastroso, en el Festival de Málaga se premiaba películas que, sean buenas o malas (habrá que verlas), tratan de los asuntos dictados por el tedioso catecismo ideológico del momento: el alzhéimer, la identidad trans, la migración, la precariedad de los jóvenes… Tostonazos de antemano frente a los cuales una película como la de Segura es un vendaval fresco y jocoso.
Me he pasado la primera mitad larga de la película retorciéndome en la butaca y llorando: la sucesión de gags era perfecta, con la brillantez y la precisión de la comedia que funciona (algo dificilísimo siempre). El único spoiler que voy a hacer (no argumental), para no privarles a los espectadores del disfrute, es el de que Torrente no ha cambiado en todos estos años: sus chistes son los mismos, no los ha comedido ni refrenado; solo que ahora tienen un efecto catártico que antes, aunque fueran igual de divertidos, no tenían. De pronto las carcajadas son catárticas: con ellas nos quitamos de encima la costra que se ha impuesto.
El resto de la película también entretiene, con estupendas gamberradas violentas, aunque la intensidad cómica pierde intensidad. Descansito que el organismo casi agradece, para volver a la carga de hilaridad compulsiva del último tramo. En resumidas cuentas: me lo he pasado en el cine como hacía mucho que no me lo pasaba. Completado por el hecho de que la sala estuviese casi llena un miércoles a las cinco de la tarde, el efecto a la salida era de pura felicidad.
«También le da duro a la autodenominada izquierda, no menos cuñada y cutre: y de un modo nada ‘forzado’»
La felicidad se prolonga con algunas reacciones. Por ejemplo, la de Jordi Évole: «Es el traje más chungo que se le ha hecho a la ultraderecha». Correcto. Pero no solo. O la inefable crítica de El País: «La acidez de la película se devalúa por su necesidad algo forzada de equilibrar los palos». Y: «Una sátira que nutre su visión de la derecha populista de esa fuente inagotable que son el cuñadismo y la cutrez patria». Es puro intento de exorcismo, porque también le da duro a la autodenominada izquierda, no menos cuñada y cutre; y de un modo nada «forzado», sino con una naturalidad que encaja a la perfección en el realismo satírico de la película.
De modo que una comedia popular cumple con la función crítica del arte que tanto cine de prestigio, pero adocenado, abandona en nuestros días. ¡Bravo por José Luis Torrente y Santiago Segura!