En un concierto de Morrissey
«Morrissey vino a Sevilla a recordarme que hay luces que no se apagan nunca y que la tierra que pisamos es nuestra. Volví a casa borracho y sonriente»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Por qué soy tan pequeño. Por qué me dejo arrastrar por aquellos fantasmas. Qué es la memoria sino la jaula donde ladra desesperado nuestro hoy. Estoy cansado de aquella piel y de aquellas luces color caramelo que guiaban mi camino hasta su casa.
Estoy cansado de esa espina en el recuerdo, inaccesible, dolorosa y profunda. Aquellas canciones, aquellas noches, aquellas conversaciones sobre nada; cuando podía beber mucho sin derrumbarme, cuando el móvil no sonaba y los amores eran gozosos y fugaces.
Por eso la nostalgia es el mayor negocio de nuestro tiempo. Porque todos estamos ahí, echando de menos cosas que ni siquiera vivimos. Habitando un lugar que hemos construido con lo mejor de cada pasado, idealizando un mundo tan ingrato como este, pero que, a través del telescopio, parece colorido y vibrante.
No quería ir, pero finalmente fui a ver a Morrissey en el Cartuja Center de Sevilla. Me resistía, porque me aburren sus cancelaciones y caprichos y ya perdí una noche de hotel y un billete de tren para verlo en Madrid hace unos meses. Pero fui. Y salió a escena con flores en el cinto. Viejo y gordo, como diría él de mí si me conociera. Arañando un puñado de melodías con ritmo perezoso, vistiendo unos pantalones infames, cerrando los ojos cuando todos cantábamos los estribillos que él escribió hace mucho.
Quise quedarme allí un poco más. En esos discos que sonaban tarde tras tarde en el discman. O en mis primeros viajes en el coche con mis amigos. O que le pedíamos al pinchadiscos de La Comuna para bailarlos como si la vida nos fuera en ello. Historias de afectación y de melancolía. Con guitarras sin aliento y un bajo grueso, preciso, que intenté imitar en vano muchas veces.
«Qué horror envejecer. Qué gimnasia tan triste la del paso de los años sobre mi espalda. Qué marcha militar. Qué paliza el tiempo»
Qué cansado estoy del chico que fui. De mis camisas y mis movimientos en el centro del pub y mis aspiraciones y mis erecciones fallidas y el Larios vomitado en las mañanas. Qué cansado estoy de la gente con la que me juntaba. Qué cansado de aquellas canciones que aún hoy me pongo y me arrastran del pelo, como un poltergeist, a habitaciones cerradas, a los sótanos de mi vida, a aquellos años que en nada se parecen a estos, que no volverán, afortunadamente. Y, sin embargo.
Y, sin embargo, mandé vídeos a Adolfo y a Antonio Manuel. Recordé noches en blanco en pisos desconocidos mientras sonaba Half a person. Dentro de mí, un corazón lleno, como cantaba Morrissey en su canción. Qué horror envejecer. Qué gimnasia tan triste la del paso de los años sobre mi espalda. Qué marcha militar. Qué paliza el tiempo. Qué púgil incansable y barriobajero. Ya llegó un momento, durante el concierto, en el que solo quería volver a casa. Alejarme de aquel instante de plenitud. Volver a mis quehaceres, a mis miserias, a mis trabajos grises. Como cuando te tienes que tapar los ojos ante una luz inmensa. De repente, quise regresar a la oscura cotidianidad. Olvidar aquellas viejas felicidades.
Sonó I know it’s over e hice eso tan vulgar de llorar, que es como subrayar en fluorescente lo que a uno le ocurre por dentro. Nunca tuve buenos apuntes. Abandoné algunas carreras. Quise vivir y a veces me arrepiento, por la persistencia de mi barriga y mi pereza de los domingos y las mujeres que me amaron. Pero yo me amaba demasiado a mí mismo. Y quizá sea culpa de aquellas canciones sobre la belleza y la brevedad de la vida. Y quería el mundo y lo quería cuanto antes y me costaba mirar atrás, pero ahora, miradme.
«He perdido demasiado tiempo en los bares y no pienso hacer lo propio ahora en las trincheras»
Llorando en un concierto de Morrissey. Cansado. Muy cansado. Ridículamente cansado. Me da miedo que ya todo sea así. Que el futuro desaparezca y el presente se diluya y tenga que mudarme a ese piso con platos sin lavar y a esas canciones que nunca sonaron bien, tan teatrales e impúdicas. Con esos gritos al final de cada estrofa. Con muerdos adolescentes y tener ganas de morir, que es muy diferente a tener ganas de matarse.
Extraño un tiempo desmayado. Es infinito el luto en mis pupilas. Morrissey vino a Sevilla a recordarme que hay luces que no se apagan nunca y que la tierra que pisamos es nuestra. Volví a casa borracho y sonriente. Me costó introducir la llave en la cerradura. «Como en los viejos tiempos», me susurré a mí mismo. Y una sonrisa se asomó a mi rostro como una stripper se asoma al escenario antes de desnudarse, primero por dentro y luego por fuera.
He perdido demasiado tiempo en los bares y no pienso hacer lo propio ahora en las trincheras. Suena un la menor y es suficiente para reconocer una canción. Una canción que habla de las oportunidades perdidas, de los pequeños temores que acaban convertidos en monstruos y del puente de hierro bajo el que nos besamos. Aquel día en el que acabamos con los labios amoratados y donde, aun así, supimos que ya nada sería como antes.