Silencio, se mata
«Ante esta guerra en la que nos quieren meter Israel y EEUU, hasta el más conspicuo charlatán tiene que guardar silencio. ¿Qué decir? ¿Cómo salir de esta ratonera?»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Bajo el título de Irán y los peligros crecientes del uso de la IA en la guerra, el Financial Times explicaba el pasado sábado que la matanza de las niñas de un colegio en el sur de Irán probablemente sea consecuencia «del inadecuado control de los datos que es la corriente sanguínea de todos los sistemas de inteligencia artificial».
Es consolador saber que una acción tan monstruosa no es obra de Dios y su misterioso silencio, ni del diablo, ni tampoco del ser humano. Todos ellos son inocentes en esta catástrofe. Sino de un nuevo agente de las tres entidades en la Tierra, que además es autónomo, ciego y sordo: la estupidez artificial.
Dado que todos somos inocentes ahí, sería excesivo pedir responsabilidades, contrición, ni siquiera que muestre algo de malestar por la matanza, al presidente de los Estados Unidos, un señor con el alma tan grande que el pasado día 15 declaró a la NBC que pensaba en bombardear unas cuantas veces más la isla de Jarg «solo por diversión».
Frasecita que, según algún analista norteamericano, le perseguirá toda la vida y aún en la posteridad. Ese analista puede estar equivocado: ha acuñado el señor Trump tantas frases inolvidables que una más no destaca. No importa.
Pero, la verdad, no se acaba de ver qué hay de tan divertido en ello, pero, por cierto, me recuerda la canción de Jacques Brel Ça va (que se puede traducir como «la cosa marcha» o «vamos bien», o, según el caso y el tono con que se diga, «vamos tirando»): «Ça va, les hommes s’amusent comme des fous/au dangereux jeu de la guerre». O sea: «Los hombres se divierten como locos con el peligroso juego de la guerra». Es el diablo el que canta.
«En los últimos años hemos oído mencionar la posibilidad del recurso a la bomba atómica tres veces»
El lector sensible tiene que compadecerse de mí, porque tengo ideas razonablemente claras sobre el mundo y sus monarquías, y hablo por los codos sobre lo que sea, pero enfrentado a cosas de determinada magnitud, como esta guerra en la que nos quieren meter Israel y Estados Unidos, hasta el más conspicuo charlatán tiene que guardar silencio. ¿Qué decir? ¿Cómo salir de esta ratonera?
Esto me recuerda a cuando yo era periodista en la sección de Cultura de sucesivos periódicos nacionales. Repetidas veces, a lo largo de los años, cuando se fallaba un premio literario o se moría un gran escritor, me tocó telefonear al poeta Pere Gimferrer, para que nos diera su opinión, tan autorizada. Ese hombre es en sí mismo una computadora IBM. Invariablemente, Gimferrer empezaba respondiéndome con estas palabras: «Mire, sobre esto, lo que yo tengo que decir es lo siguiente…» Y a continuación dictaba, con un riguroso orden cartesiano en las ideas y una claridad asombrosa en la expresión de las mismas, lo que pensaba de la figura y la obra del premiado o del difunto.
Tal cual Gimferrer improvisaba sin vacilaciones su perfecta respuesta, yo solo tenía que irla tecleando en el ordenador. Pasados cinco minutos de su monólogo, él solía preguntarme: «¿Con lo que le acabo de decir tiene usted ya bastante?» Si le respondía que, si no lo consideraba un abuso, aún agradecería unas frases más para completar un último párrafo, él decía: «Bien, pues añada todavía lo siguiente…». Y así. Una mente asombrosa.
Claro que siempre eran temas culturales, que tienen una importancia relativa. Vete a saber si, ante los acontecimientos de la guerra en el Golfo Pérsico, como san Juan de la Cruz ante lo inefable, «un no sé qué se queda balbuciendo».
«Miseria de la palabra que ante los acontecimientos realmente decisivos no le queda otra que enmudecer»
De todos los charlatanes que en el mundo han sido, uno de los más locuaces fue Karl Kraus, que, como se sabe, empezó su revista Die Fackel (lit.: La Antorcha) con un equipo de colaboradores, pero acabó echándolos a todos; tenía tanto que decir sobre cualquier cosa que se bastaba y se sobraba con su propia pluma para llenar todas las páginas.
Solo se quedó mudo, que yo sepa (se lo leí a Valverde en su libro sobre Viena, fin del imperio), cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Adan Kovacsis, que es traductor de Kraus y un erudito, me confirma que desde julio de 1914 hasta diciembre del mismo año Kraus suspendió la publicación de La Antorcha.
La segunda vez que calló fue con la ascensión de Hitler al poder: «Mir fällt zu Hitler nichts ein». «Sobre Hitler no se me ocurre nada». La cosa era demasiado gorda.
En los últimos años hemos oído mencionar la posibilidad del recurso a la bomba atómica tres veces. La primera, al asesino del Kremlin, para disuadir a los países occidentales de que enviasen tropas a la guerra de Ucrania. La segunda, al presidente francés, Emmanuel Macron, mencionando el poder nuclear de su país como elemento clave de la seguridad de Europa. La tercera, este mes, al influyente y bien informado columnista Gerald Baker, en The Wall Street Journal, en un artículo que ha levantado notable polvareda, donde sugiere, si no se quieren enviar soldados americanos a Irán, el recurso a las armas nucleares «tácticas».
¿Qué decir? Según el arte de la novela, si en los primeros capítulos se menciona una pistola, tarde o temprano esa pistola tiene que dispararse. Bueno, eso pasa en las novelas…
Más allá de eso, miseria de la palabra que ante los acontecimientos realmente decisivos no le queda otra que enmudecer.