Cuba en la noche
«Durante décadas ha sido estupendo sentirse revolucionario a costa de la pobreza ajena. Además, con la buena conciencia de que la culpa reside en el imperialismo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
A Pablo Iglesias: la política de la miseria.
Hay ocasiones en que la vida intelectual tiene momentos divertidos, y en la mía dos lo fueron especialmente. Uno fue 1999, con ocasión de una polémica con Vázquez Montalbán en El País sobre el subcomandante Marcos, en un momento de exaltación del héroe zapatista, y otro, algo anterior, de 1991, al discutir con uno de los prebostes de la cultura oficial cubana, Roberto Fernández Retamar, en torno al pensamiento de José Martí, durante un congreso celebrado en la Universidad de Cádiz.
En una ponencia, Cintio Vitier había expuesto la versión al uso del régimen de Fidel Castro como reencarnación del pensamiento del Apóstol. Al ponerlo yo en cuestión, dado que José Martí siempre fue demócrata y Fidel era todo lo contrario, Retamar me replicó con prepotencia, creyendo aplastarme al citar las durísimas críticas a la democracia americana que Martí había publicado en un diario de México. Así quedarían de manifiesto mi mala fe y mi ignorancia.
Para su desgracia, iba preparado para el caso, y procedí a leer el texto del mismo artículo donde él lo había cortado. Tras la crítica, Martí advertía que, con todo, el voto era el único método verdaderamente humano de guiar a los hombres, añadiendo más tarde, para marcar distancias, que un pueblo no es un juguete heroico para que un dictador se divierta con él. (Cito de memoria). Desesperado, Fernández Retamar exclamó: «Martí fue un forjador de grandes creencias, como Cristo; todos los creadores tienen su diablo, y usted es el diablo de José Martí, señor Elorza».
Ser diablo siempre tiene su gracia, pero resultar diabolizado por un comunista cubano, desde el infierno de su sectarismo, fue algo estupendo. Hoy, recordando el episodio, ya no me produce satisfacción alguna, porque la falsedad y el sectarismo exhibidos por el galardonado autor de los famosos Versos para-lelos, sobre la guerra de Vietnam, no son residuos de un pasado lejano, sino la seña de identidad de algo demasiado real: un régimen que sobrevive hoy, después de haber sumido al país en la pobreza y en una interminable represión. Frente a ello, solo cabe el grito de «¡Patria y vida!», emblema de la protesta de 2021, y lanzado desde la desesperación, toda vez que la gran movilización popular del 21-J de ese año fue brutalmente aplastada.
Una metáfora preferida de José Martí, Cuba sometida como la noche, vuelve así a la actualidad. No solo para reflejar la oscuridad que impera en la Isla por la penuria energética, sino por el empecinamiento del castrismo en mantener hasta el final su doble tenaza establecida desde 1960: represión política, más ineficacia económica. Mala ha sido la aplicación de la consigna martiana de «con todos y por el bien de todos», si un país que entonces tenía el doble de renta per cápita que España va a parar al actual estado de indigencia.
«Con toda la corrupción y la desigualdad que se quiera, las cosas marcharon relativamente bien para Cuba hasta que vino Fidel a redimirla»
Una vez agotada la euforia inicial, característica de las dinámicas de redistribución, habituales en los movimientos revolucionarios, pasaron a primer plano el empobrecimiento y el fracaso de una economía estancada, absorbida por el Estado, que solo sobrevivía por la enorme ayuda de la URSS. Pero el nuevo espejismo se disipó apenas Gorbachov cerró el grifo de las subvenciones. Luego Chávez vino a sustituirle hasta cierto punto, lo suficiente, pero el resultado fue solo prolongar una larga agonía. Lo malo es que no la pagaban ni la pagan aquellos que se vanagloriaban de mantener «un eterno Baraguá», revolución for ever, sino todo un pueblo.
Tuve la ocasión de exponer mi opinión sobre el fracaso de Cuba a Hugo Chávez, cuando visitó la Complutense hace unas dos décadas: «Muchas gracias por la ayuda a Cuba» -le dije en términos personales, ya que tengo más familia allí que en España, «pero tenga en cuenta el ejemplo cubano, cuánto ha pagado un país al menospreciar por completo la economía». «Hablamos luego, hermano, tras esta reunión», fue su respuesta. Al quedarnos solos, únicamente me dijo una cosa, antes de despedirse: «Yo le vendo el petróleo a Cuba muy barato, y si no quiere pagar, que no pague». Nada mejor para explicar hasta qué punto quedaba abierto el camino del desastre en Venezuela, como antes para la isla.
Solo hace falta visitar las ruinas de La Habana de hoy para entenderlo. Si al observador le gusta la música, ponga de fondo la de Buena Vista Social Club, una institución que, como tantas otras realidades previas a la Revolución, dejó de existir. Con toda la corrupción y la desigualdad que se quiera, las cosas marcharon relativamente bien para Cuba hasta que vino Fidel a redimirla -era la segunda economía latinoamericana después de Venezuela, aunque el marco político fue siempre precario.
En efecto, ya en el 98, el presidente McKinley hubiera querido la anexión, pero se lo impidió su propia justificación de la guerra contra España por la independencia de la isla. Estados Unidos ejerció desde entonces un dominio que en la práctica llevó a una dependencia inestable y a una vida política lastrada por la corrupción. La dictadura de Batista fue el punto de llegada, y para salir de ese callejón sin salida, superado por la guerrilla castrista, Fidel llevará el país hacia una solución dictatorial, nacionalista y enfrentada a ese mal tutor que había sido Washington.
Desde su llegada victoriosa a La Habana, en enero de 1959, Fidel Castro practicó un doble juego: esgrimir la democracia para proceder de inmediato a su supresión. En su famoso alegato de autodefensa tras asaltar años antes el cuartel de Moncada, La historia me absolverá, su profesión de fe era inequívoca, al describir la situación anterior al golpe de Batista: «Había una vez una República. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades; Presidente, Congreso, Tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo son discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo». Restaurar la Constitución de 1940 debía ser el objetivo político de su victoria.
«A modo de cobertura ideológica, José Martí fue exhibido como mascarón de proa para una dictadura personal»
Los testimonios dispersos sobre su actitud previa a la victoria del 59 apuntaban ya en otra dirección: había que poner buena cara a los aliados contra la Dictadura, para luego «aplastarlos como cucarachas». Admira a Marx y a Lenin «por lo bien que aplastaban a sus adversarios». Y apenas vence la revolución, y tras visitar los Estados Unidos a modo de chico bueno, ante el monumento a Lincoln, una ley de 7 de febrero de 1959, por sorpresa, concentra todo el poder en un Ejecutivo donde él será primer ministro. Suprime el pluralismo político y sienta las bases para una democracia «de la plaza pública»: las manifestaciones de masas sustituyen a las elecciones. Más la represión como ejemplo y como espectáculo. Para cerrar el círculo, un novedoso golpe de Estado televisivo le permitió meses más tarde eliminar el obstáculo del presidente de la República, asumiendo hasta su muerte todos los poderes.
Un movimiento plural como el del 26 de julio, su base durante la revolución, suponía un riesgo excesivo, de modo que Fidel se apoyará -con una clara intención de dominarlo- sobre el Partido Comunista. Emprendió una socialización radical que arranca de las nacionalizaciones y desemboca en la estatización del pequeño comercio. Establecerá un sistema de control férreo de la sociedad mediante el artilugio peronista de los Comités de Defensa de la Revolución. A modo de cobertura ideológica, el fundador de la patria, José Martí, fue exhibido como mascarón de proa para una dictadura personal, la de Fidel, ejercida sobre una economía estatizada que intenta conjugar una vigilancia y una represión generalizadas con la movilización popular permanente. Esta es la dimensión que el régimen exhibe desde un principio, tratando de aparentar, e inicialmente logrando convencer a muchas gentes, de que en Cuba se encontraba la verdadera revolución socialista, aquello en que el modelo soviético había fracasado.
A partir de octubre de 1917, las frustraciones evidentes del proceso revolucionario ruso, en cuanto a generación de bienestar económico y de consenso social, habían sido conjuradas por Lenin mediante la checa, el terrorismo de Estado, pero también con una política de propaganda. Bajo su sucesor Stalin, con un alcance muy superior, la misma intentará convencer, tanto a los soviéticos como a intelectuales y trabajadores de otros países, de que en la URSS se está edificando un mundo mejor, radicalmente nuevo. La trágica realidad de la URSS de los grandes procesos y del gulag, tuvo como contrapunto la utopía del paraíso en construcción, que en los años 30 adquiere los rasgos de un verdadero sueño de la URSS. Fue una expectativa agotada a mediados del siglo, que la Revolución cubana vendrá a sustituir.
Y cuando relativamente pronto llegue el fracaso, su operatividad no disminuye, reforzando incluso su eficacia en la lucha política. La coartada consistió en que, si Cuba no es el paraíso revolucionario, la culpa recae sobre los Estados Unidos, que la yugulan mediante «el bloqueo» o «el embargo». En dos palabras, todo resuelto. Es más, como, a pesar de todo, las estancias del turista político en Cuba resultaban gozosas, y a veces muy gozosas y baratas, gracias a las «trabajadoras sociales», como las llamó un amigo habanero, durante décadas ha sido estupendo sentirse revolucionario a costa de la pobreza ajena. Además, con la buena conciencia de que la culpa reside en el imperialismo criminal. Vázquez Montalbán dio nombre a la figura al autodefinirse como «simpatizante legitimador» de la Revolución. Un cubano normal y corriente les hubiera puesto el calificativo al uso en la Isla contra los practicantes contumaces del engaño.
«Tras aminorar Venezuela su contribución económica, la sensación de fracaso fue total»
La URSS pagó la factura hasta la última década del siglo. A partir de entonces, y en especial tras aminorar Venezuela su contribución económica, la sensación de fracaso fue total. No servía ya el mito de la exaltación revolucionaria. Los mecanismos de movilización de la primera época revolucionaria perdieron toda eficacia. Quedó la represión. Y también la continuidad en el ejercicio del poder, representado por la figura de Raúl Castro.
Un chiste muy difundido en Cuba durante los primeros años del siglo, presentaba a un grupo de cubanos, sofocados por el calor, que juegan a las cartas en una casucha del centro de la Isla. Uno queda adormilado sobre un catre, entra un moscardón con su zumbido; un jugador lo aplasta y grita: «¡Lo maté!». El dormilón despierta a medias con la palmada, para preguntar: «¿…Y al hermano también?». Pues no, el hermano siguió como garante de permanencia de la dictadura y de la miseria.
El pueblo cubano no pudo más y salió a la calle el 21 de julio de 2021. Lo aplastaron. Hoy Cuba vive en un permanente apagón.