The Objective
Miguel Ángel Benedicto

Comunismo de importación

«La prueba de fuego de una ideología es si quien la defiende estaría dispuesto a vivir bajo ella. La izquierda que peregrina a Cuba suspende ese examen por unanimidad»

Opinión
Comunismo de importación

Imagen generada por IA.

Cuba ha abrazado al capitalismo. Ante la escasez de la adhesión al comunismo en el mercado interior, ha comenzado a importarlo del exterior. El cubano medio que hace colas, que cocina cuando hay luz, que duerme con el calor porque el apagón lleva 12 horas, que va a la farmacia y encuentra los estantes vacíos, que ve cómo sus hijos se van y no vuelven; perdió la fe en la revolución hace tiempo. Para él no es una utopía, sino una condena sin fecha de excarcelación. El régimen lo sabe y ha resuelto el problema a su manera. Como los de dentro ya no creen, que vengan peregrinos de fuera. Estos acuden encantados a escuchar el sacrosanto relato revolucionario que no van a vivir.

Cuba es una de las últimas reservas morales del comunismo. Un territorio congelado en el tiempo porque el modelo que lo gobierna no ha sido capaz de hacerlo avanzar. La Habana se desmorona bloque a bloque, con palacios coloniales en ruinas, que ningún presupuesto alcanza a restaurar, coches de los años sesenta que ya no son nostalgia sino estancamiento, jineteras que malviven del turismo porque no hay otra economía accesible, apagones interminables y cartillas de racionamiento que no han cambiado desde que Castro era joven. Y la culpa siempre es del embargo americano o del loco del pelo rojo; nunca de los barbudos, ahora afeitados, que prefirieron su orgullo revolucionario al bienestar de su pueblo, que exportaron guerrilleros a Angola y médicos o espías a Venezuela antes que mejorar el país y que convirtieron la soberanía en coartada permanente para no rendir cuentas ante nadie.

Solo creen en la revolución quienes no la sufren. Como ya no persuade a los cubanos, el régimen importa, como dice Maite Rico, la «Corte de los Milagros»: flotillas de solidaridad, delegaciones de partido, intelectuales en busca de material para el próximo ensayo o activistas que necesitan una foto con el Malecón de fondo para las redes sociales. Llegan en vuelos chárter, se alojan en el Meliá o el Iberostar, hoteles con generador propio, aire acondicionado,wifi y buffet libre, recorren la ciudad en descapotables para turistas, pronuncian discursos sobre la dignidad del pueblo cubano y regresan a casa con la conciencia reconfortada y el equipaje lleno de ron y habanos. La pregunta que nadie les hace es sencilla: ¿estarían dispuestos a quedarse? No en el Meliá, sino en un apartamento en el Centro de La Habana, con la libreta de racionamiento, oscuridad, sin medicamentos y con un salario medio que ronda los 30 dólares al mes.

La prueba de fuego de cualquier ideología es si quien la defiende estaría dispuesto a vivir bajo ella. La izquierda que peregrina a Cuba suspende ese examen por unanimidad. Los corbynistas firman manifiestos en defensa del régimen cubano desde sus pisos en Islington, los podemitas variados que regresan de La Habana hablan de los logros sanitarios sin criticar el sueldo que reciben los médicos cubanos. Esos activistas europeos ven en Cuba el modelo de un futuro mejor, pero ninguno de ellos ha solicitado permiso de residencia. Podrían, por cierto, ocupar alguno de los muchos palacios en ruinas del Vedado y convertirlo en el nuevo laboratorio de la izquierda. Las paredes están disponibles, la miseria y el miedo también.

La izquierda pija con Pablo Iglesias a la cabeza se pasea por La Habana haciéndose selfies y hablando de las bondades de la dictadura. Iglesias ha construido su carrera política sobre la denuncia del capitalismo y vive de él con una comodidad envidiable. Casa en Galapagar comprada en el mercado inmobiliario, hipoteca en banco privado, supermercados llenos a diez minutos, luz que no se va. Si las convicciones fueran tan firmes como la retórica, podría montar Canal Red en La Habana, sin VPN, sin generador, emitiendo bajo la supervisión del Departamento Ideológico del Partido, con el ancho de banda que tiene cualquier cubano de a pie. O en lugar de su taberna de Lavapiés, podría montar un paladar en El Vedado, con los ingredientes de la bodega estatal, los precios que fije el Gobierno y la licencia que otorgue el funcionario de turno. Pero en lugar de «resolver», como hacen los cubanos, el capitalismo ya le ha resuelto la vida.

«El régimen cubano necesita la legitimación exterior de intelectuales que equiparen el embargo con la causa de los males de la isla»

Otra vieja gloria de la cultura cubana, Silvio Rodríguez, renueva uno de sus grandes éxitos con su «Ojalá me regalen un Kaláshnikov» para defender su comunismo de salón frente a Trump. El deseo fue escuchado con una rapidez que ni el servicio de atención al cliente de Amazon. El 20 de marzo, el dictador Miguel Díaz-Canel presidió en persona la ceremonia en la que el Ministerio de las Fuerzas Armadas le entregó un fusil de combate «en justo reconocimiento a su patriótica disposición de empuñar las armas». El trovador de 79 años posó con el arma ante las cámaras. En Cuba, los poetas piden fusiles y los dictadores se los conceden. Nada nuevo para el juglar, que lleva décadas componiendo canciones sobre la dignidad del pueblo desde la comodidad de sus giras internacionales y desde su mansión de tres plantas en Jibacoa, situada en la cima de una loma con vistas al mar, construida hace 15 años por el Consejo de Estado, según Cubanet, con estudios de grabación de última tecnología en el piso superior, muebles importados y todo lo que el capitalismo puede ofrecer cuando el régimen te lo paga.

El régimen cubano lleva décadas sin convencer a sus ciudadanos, pues los resultados están a la vista. Lo que necesita es la legitimación exterior de intelectuales que equiparen el embargo con la causa de todos los males de la isla, activistas que llamen imperialismo a cualquier crítica, o políticos que regresen de La Habana con el argumento de que el modelo tiene virtudes que Occidente no quiere ver. Esa legitimación es gratuita y no cuesta nada a quien la proporciona. Cada selfie en el Malecón, cada flotilla de solidaridad, cada artículo sobre los logros de la sanidad cubana es oxígeno para un sistema que, sin ella, tendría que rendir cuentas.

El cubano que se queda hace cola, aguanta el apagón, busca en la farmacia vacía y sabe perfectamente que la culpa no es de Estados Unidos ni de Trump, pero no puede decirlo. La ironía final es que el régimen que lleva sesenta años exportando revolución al mundo se ha quedado sin revolucionarios en casa y tiene que importarlos de fuera. Pero esa izquierda peregrina cumple con la liturgia de los rezos al santoral comunista, y en cuanto termina el tour, coge el avión de vuelta. Nadie se queda ni quiere vivir en la reserva espiritual del comunismo.

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