The Objective
Fernando R. Lafuente

Todo el mundo debe saberlo

«En ‘Algo quedará de mí’, de Mercedes Monmany, se conjugan la Historia, la memoria, los testimonios orales y una investigación de años de trabajo»

Opinión
Todo el mundo debe saberlo

Campo de concentración de Ravensbrück. | Wikimedia Commons

Denise Dufournier, en su libro de memorias, La Maison des mortes. Ravensbrück, escribe: «Cuando, por aquí y por allá, oigo hablar de tolerancia hacia nuestros enemigos, mi corazón se encoge, porque me acuerdo de los rostros agonizantes de todas aquellas que no volverán nunca más y que fueron, delante de nuestros mismos ojos impotentes, torturadas hasta su último suspiro». Es uno de los testimonios que recoge Mercedes Monmany en su extraordinario libro Algo quedará de mí (Galaxia Gutenberg, 2026) sobre la historia de diez heroínas de la resistencia en el campo de Ravensbrück. Como describe Monmany, Dufournier no olvidaría, sería incapaz de olvidar a lo largo de lo que restaba de vida, a su compañera Evelyne, quien desde el camión que le conduciría a la cámara de gas, le gritó con la energía que provoca la desesperación: «¡Cuéntalo todo, todo el mundo debe saberlo!».

Cerca de 130.000 mujeres, de 40 naciones, con un número brutal de asesinadas, entre 30.000 y 90.000, polacas, soviéticas, alemanas, francesas. Este libro es la semblanza de diez mujeres que compartieron el horror, el terror. Los nazis no se paraban ante nadie, porque a la detección de las judías sumaron a católicas, comunistas, liberales, religiosas, socialdemócratas, entre aristócratas, profesoras, trabajadoras, periodistas, escritoras. Muchas de ellas ejercieron, heroicamente, la resistencia hasta el final. Unas pudieron contarlo, otras no.

Diversas vidas y perspectivas que confluyen en el terror, la aniquilación sistemática. Esa resistencia recibe el nombre del «Ejército de las sombras»: sobrevivir con dignidad, con valentía, algo tan condenadamente difícil. La clave de los totalitarismos, que se vivió con Stalin en la Unión Soviética, es romper la identidad. Lo recuerda Todorov cuando plantea que se trata de aniquilar la memoria, corromper la identidad; es el objetivo final. En las páginas de Algo quedará de mí se conjugan la Historia, la memoria, los testimonios orales y los documentos, entre un archivo y una ejemplar investigación de años de trabajo, viajes y lecturas.

Aquí, al reconstruir unas vidas, se perfila una narración en la que el lector siente en cada página el abismo al que se enfrentan estas mujeres. Conviene recordar sus nombres: Germaine Tillion (Allègre, Haute-Loire, 1907-Saint-Mandé, Valle del Marne, 2008), la etnóloga; Charlotte Delbo (Vigneu-sur-Seine, 1913-Auschwitz, 1943), la dramaturga; Geneviève de Gaulle (Saint-Jean-de-Valèriscle, 1920-2002), la resistente; Violette Szabo (París, 1921-Ravensbrück, 1945), la espía; Anne de Bauffremont (París, 1919-Ravensbrück, 1945), la aristócrata; Marie Skobtsova (Riga, 1891-Ravensbrück, 1945), la santa; Lise London (Montceau-les-Mines, 1916-París, 2012), la brigadista; Margarete Buber-Neumann (Potsdam, 1901-Fránfort del Meno, 1989), la testigo; Milena Jesenská (Praga, 1896-Ravensbrück, 1944), la periodista; y Grazyna Chostowska (Lublin, 1921-Ravensbrück, 1942), la poeta.

Uno de los elementos que hilan a las protagonistas, recuperadas por Monmany, es más que una ideología común: la convicción de resistir, de combatir por la dignidad y la libertad. Con el gran dilema que la autora recoge de la obra del psiquiatra y filósofo italiano Eugenio Borgna en Sobre la sabiduría, al referirse a otros heroicos resistentes, los jovencísimos estudiantes católicos de Múnich de la Rosa Blanca enfrentados al nazismo: «Condenados a muerte por desobedecer unas leyes que ofendían el sentido de lo humano. Con sus decisiones nos causan todavía hoy angustia y estupor, llanto y dolor infinito, pero ¿seríamos nosotros capaces de seguir sus huellas luminosas llenas de misterio?».

«Monmany nos recuerda cómo, tras finalizar la guerra, la lucha de estas mujeres, en todas las resistencias europeas, quedó marginada»

Se trata de una palabra hoy en desuso, «sacrificio», y algo más, sacrificio por los otros. Gentes que sufrieron por otros; jóvenes que se negaban a vivir en una sociedad que era pura antisociedad. Este es el fondo del libro y de las vidas de esas diez mujeres. Es lo que Gilles Perrault describió como «los combatientes de la Resistencia fueron aquellos que prefirieron una razón para vivir a la propia vida».

Se suceden testimonios terribles, en los que se muestra el profundo anhelo de sobrevivir. Por ejemplo, estas palabras de la citada Geneviève, de su libro La traversée de la nuit: «¿Saben ustedes lo que me hizo aguantar en el campo de Ravenstrück una hora, dos, tres, en medio del frío y de un agotamiento atroz, durante los recuentos que teníamos que sufrir de pie? Lo que me dio la fuerza fue un libro. Un pequeño y humilde librito, fabricado con tres hojas y un lápiz robado por mi amiga Jacqueline d’Alincourt en la oficina de nuestra vigilante. Se trataba de algo vital para ella, había robado y arriesgado su vida para esto: hacer un libro y regalárnoslo por Navidad. Dobló las hojas y les pasó un hilo de lana por los agujeros. Como si fuera un verdadero libro, en la primera página había escrito: Ravensbrück, Noël 1944».

El acierto, el soberano acierto de Mercedes Monmany al escribir estas desgarradoras páginas, es la precisa contextualización de cada semblanza, porque nos recuerda cómo, tras finalizar la guerra, la lucha de estas mujeres, en todas las resistencias europeas, quedó oculta, marginada, apartada. Este libro no es solo un homenaje a todas ellas centrado en las diez citadas, sino una espeluznante metáfora de ese combate y ese olvido, además de un recordatorio, porque, como bien tituló el notable escritor norteamericano James Salter uno de sus libros: Queda lo escrito.

Para Mercedes Monmany, literatura e historia son indesligables, y aquí queda manifiesta constancia de ello. Es un libro ejemplarmente escrito, la elegancia, en medio del horror que se describe, como estilo literario. Directa, cercana, emocionada, crítica. El nombre de su autora merece codearse con los de Magris, Sebald, Calasso, Milosz. Un libro así, de esta envergadura moral, histórica, literaria, exige una narración fluida que mantenga la tensión, el interés, la curiosidad; son vidas, pero vidas expuestas al máximo de la resistencia humana. Claro que hay que contarlo, y no dejar de contarlo. Ayer, hoy, mañana, allí donde la libertad se encuentre sometida por el terror: es decir, por el totalitarismo.

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